¿Por qué Cataluña sigue atrapada en el “valle de la muerte” de la innovación?
En Cataluña nos gusta contar que somos un país de talento. Y lo somos. Tenemos científicos brillantes, centros punteros, hospitales de referencia, redes como ICREA y los iCERCA que han situado al país en el mapa europeo. Las cifras de publicaciones, de consecución de financiación competitiva del Consejo Europeo de Investigación –las ERC– y de impacto nos avalan. Hasta aquí, orgullo legítimo.
Pero existe una verdad incómoda que raramente verbalizamos en público: no nos falta investigación, nos falta convertir esta investigación en economía. Cada año se generan cientos de patentes, pero sólo alrededor de un 15% se licencian. Las spin-offs nacen con entusiasmo, pero muchas de ellas viven con respiración asistida. Los ingresos por propiedad industrial son escasos si los comparamos con el volumen de conocimiento producido. Mientras, universidades como la belga KU Leuven transforman la investigación en cientos de millones de euros anuales en licencias y colaboraciones industriales.
No es un problema de inteligencia científica. Es un problema de canal, incentivos y escalera. Y ahí está la paradoja: investigamos mucho, industrializamos poco. Crear empresas no es necesariamente crear industria.
Los países que nos pasan por delante comparten una característica estructural: el sector privado lidera la inversión en I+D. En Bélgica o Suecia, más del 60% del gasto en investigación proviene de empresas. En España nos movemos en la franja baja europea. Si las empresas no compran innovación, la innovación no se produce en forma de producto. Y si no hay producto, no existe PIB tecnológico. Nuestro tejido empresarial es mayoritariamente pyme, a menudo con recursos limitados y poca capacidad para asumir profundo riesgo tecnológico. La universidad genera conocimiento, pero el mercado no siempre está preparado para absorberlo. El resultado es un ecosistema dependiente de convocatorias anuales, pensado en la lógica de la función pública, no en la del mercado global.
Todo esto nos lleva al famoso "valle de la muerte": aquel espacio entre el laboratorio y el mercado donde las buenas ideas se agotan, no por falta de calidad, sino por falta de travesía.
¿Qué necesita la innovación real? Pruebas de concepto sólidas, prototipos funcionales, validaciones regulatorias, plantas piloto, proyectos plurianuales que no acaben justo cuando empiezan a madurar. Equipos profesionales que entiendan tanto el lenguaje del laboratorio como el de la industria. Y sí, dinero. Pero sobre todo compromiso político sostenido más allá de un ciclo electoral. Y aquí es donde a menudo tropezamos: demasiados programas pequeños. Demasiadas convocatorias de uno o dos años. Demasiada burocracia. Demasiados recortes intermitentes. Demasiada inestabilidad. La innovación no florece en un ecosistema diseñado para minimizar el riesgo.
Los países que han dado el salto no han creado un proyecto piloto más. Han convertido la transferencia en infraestructura de país. Han profesionalizado el proceso: técnicos de las oficinas de transferencia potentes, product managers tecnológicos, entrepreneurs-in-residence. Han legislado para acelerar, no para frenar: sandboxes regulatorios, compra pública innovadora real, flexibilidad contractual. Han concentrado demasiada crítica en clusters especializados. Y, sobre todo, han creado mercado. Sin demanda, la investigación no sale del laboratorio.
Recientemente celebrábamos los 25 años de ICREA, un éxito colectivo indiscutible. Hemos sabido atraer talento. Hemos construido excelencia científica. Lo que no hemos hecho con la misma determinación es convertir esa excelencia en economía productiva.
¿Qué implicaría un verdadero pacto de país? Programas de cinco o diez años para prototipado y validación. Flexibilidad ágil en la contratación tecnológica. Evaluaciones académicas que valoren en serio la transferencia, no sólo los papeles. Instrumentos para que las pymes puedan comprar tecnología sin arruinarse. Fiscalidad que incentive la colaboración real. Compra pública que genere mercado y referencias internacionales.
Y quizás también un cambio cultural: medir menos cantidad y mayor calidad. Menos contar spin-offs y más preguntarnos si facturan, si exportan, si crean empleo cualificado y si compiten globalmente.
Cataluña siempre necesitará excelencia científica. Pero también necesita convertirla en industria. Sin este paso, seguiremos siendo el país que investiga mucho pero poco transforma. El país que acumula patentes pero sólo licencia a una minoría. El país de las grandes ideas que nunca llegan al mercado.
La buena noticia es que no es necesario un milagro tecnológico. Es necesaria una decisión. Una decisión política sostenida. Una decisión de país. Y, esta vez, no podemos permitirnos aplazarla.