Cómo debe ser el pacto de "país ferroviario"
Para empezar, hablo de pacto de "país ferroviario", no simplemente de pacto ferroviario de país. Más adelante quedará claro por qué. Hago referencia, claro está, al ofrecimiento del consejero de Presidencia, Albert Dalmau, a la sesión del Parlamento del 28 de enero de este año ante el desaguisado ferroviario. El panorama es grave y afecta mucho más allá del Gobierno, porque es una profunda crisis social y política. Este pacto debería contener a la sociedad civil, no exclusivamente a los partidos.
Si entramos en los detalles, creo que debería ser una mesa con la presencia de todas las entidades y personas que han aportado en las últimas décadas, porque llevamos un cuarto de siglo de poco escuchar dentro de Cataluña y menos aún por parte del Estado.
Se debería trabajar con aportaciones documentadas, condición para poder estar presente. Debería ser con prioridad civil, porque la política ya tiene como marco propio el Parlamento, y debería trabajarse con el fin de emitir un dictamen sólido a seis meses vista. Sería más limpio y creíble si fuese con una presidencia civil independiente.
La primera parte del encargo debería ser realizar balance. Balance de las inversiones y de la equidad en el Estado, a lo largo de las últimas décadas. De cifras económicas generales, así como de la Generalidad. En el balance local necesitamos una auditoría, encabezada por la L9, por obligación de transparencia y salud democrática de país, en una obra que ha superado todos los costes imaginables y ha bloqueado la acción inversora del Gobierno.
Habría que repasar la planificación vigente, del Estado y de Cataluña, y de sus insuficiencias. Ciertamente, debemos reconocer que ambos modelos han caducado plenamente. Por ejemplo, las Cercanías nunca se resolverán con la línea del Ferrocarril Orbital (la que uniría Mataró con el Vallès, el Penedès y el Baix Llobregat sin pasar por Barcelona). Es totalmente un mito que demasiados políticos nos venden, por no decir una simple falacia. Y esta planificación y ejecución, en la realidad catalana, proviene de los gobiernos del último cuarto de siglo, con cuatro partidos que han ostentado el Govern y con una responsabilidad proporcional al tiempo que lo han ocupado, constituyendo, por suma, una inercia muy compartida. La tecnoestructura ha reinado por encima de la política.
Una mesa de pacto debería partir de formular el objetivo de que el gobierno de la red viaria y ferroviaria debe ser tan descentralizada como lo son la salud y la educación. Obviamente, no en 17 regiones funcionales, pero sí en Cataluña, como ámbito específico que es, y respecto a otras que se puedan reconocer, como podrían ser Andalucía, Castilla, Cantábrico, etc. Descentralización significa optar por una mutación de la gobernanza. Si la covid no significó un desgobierno, como sí lo es ahora el ámbito ferroviario, fue gracias a la descentralización, no sólo regional, sino también a la escala operativa de los hospitales. Sin embargo, nuestras estaciones no son unidades de servicio y negocio, como en Europa. Sin embargo, el Estado se quitó de encima la sanidad pero mantiene centralizadas las redes viarias (no en las comunidades forales) y, sobre todo, las ferroviarias, como uno de los tópicos de la unidad española, aunque sea al precio del desorden generalizado.
Una mesa de país podría expresar una aspiración integral de Cercanías, Regionales y Mercancías (Corredor Mediterráneo) con ambición de país. Con mirada de infraestructura pero también de servicios. El resultado de todo ello iría en la línea de formular las bases del nuevo Plan Territorial de Cataluña, que necesariamente tendrá que ser de base ferroviaria (y por eso hablo de país ferroviario), para sustentar una nueva relación urbana de Barcelona con el conjunto: la Cataluña metrópoli.
La actual crisis ferroviaria tiene lugar sobre un fondo político de debilidad de la representación política respecto a la sociedad. Por eso, el pacto del que hablamos debe incluir la voz social: sólo así la legitimidad de los partidos y del Gobierno podrá aumentar, que es de lo que se trata si realmente se quiere superar la polarización demagógica. En cambio, iremos atrás, país y partidos, si sólo contamos con las propuestas técnicas de funcionario y si sólo se habla desde los ámbitos del Gobierno y de la oposición, sea dicho con todo respeto. El consenso necesario debe construirse con base social y no sólo política. El liderazgo político necesario pasa por un acuerdo social realmente amplio, es decir, pasa por la apertura, porque el desorden sobre el que se va a trabajar es una profunda crisis de modelo y de confianza. Y tampoco se nos debe menos.