Los Kennedy y el lujo de no tener que demostrar nada
Quienes tenemos unos años en la espalda recordaremos a una de las parejas icónicas de los noventa: la formada por Carolyn Bessette y John F. Kennedy Jr. Una relación que estos días recupera, con una marcada hiperglucemia, la serie de Disney+ Love Story. Ella trabajaba en Calvin Klein, la marca que mejor condensaba el espíritu minimalista de finales del siglo XX, en sintonía con la moderación e introspección que imponía la crisis económica del momento. Él era el heredero de uno de los apellidos más pesados de la política norteamericana, con un atractivo casi mitológico que le abría puertas, pero también le obligaba a demostrar constantemente su digno.
Jóvenes, privilegiados y canónicamente bellos, se convirtieron en la pareja de moda, en auténticos generadores de imaginarios. Y, sin embargo, su estilo no tenía nada espectacular en el sentido convencional del término. Él podía aparecer con un traje impecable combinado con zapatillas y un gorro del revés; ella, con prendas de una sencillez casi ascética. ¿Cómo es posible que esta aparente normalidad acabara definiendo el gusto de una época?
De hecho, ésta fue su gran aportación: convertir la soltura en código de elegancia. Veníamos del abarrocamiento de los ochenta -colores saturados, bisutería versallesca, sexualización explícita, volumetrías excesivas- en plena sintonía con el hiperconsumo neoliberal. Ellos, en cambio, con una contención de aire intelectual, marcaron estilo por la serenidad con la que salían a la calle con ropa deportiva combinada con un abrigo cuando iban hacia el gimnasio, en un momento en que el deporte aún no había colonizado la indumentaria cotidiana. Anticiparon, sin ser conscientes de ello, lo que hoy llamamos athleisure: el desplazamiento de la ropa deportiva hacia espacios no pensados para esta práctica.
Fue precisamente esa aparente carencia de esfuerzo estético la que acabó estableciendo un nuevo régimen de representación del privilegio. Impacta quien ostenta su poder adquisitivo a través de una indumentaria lujosa; pero aún es más elocuente quien no parece haber trabajado en nada su apariencia, porque la sola presencia ya connota estatus. El privilegio más consolidado no necesita demostrarse: se presupone.
El gusto no es natural
La idea, en realidad, no era nueva. Sus orígenes se remontan al siglo XIX, con la consolidación de la burguesía como clase dominante. Si, en teoría, cualquiera podía acceder a los bienes de consumo siempre que dispusiera de capital, ¿cómo se distinguían las fortunas antiguas de las de nueva llegada? Precisamente a través de la naturalización del gusto. La elegancia que no requería esfuerzo -por ser innata y no adquirida- se convirtió en la forma más refinada de distinción. Tal como afirmaba Pierre Bourdieu en La distinción, el gusto no es natural, sino una forma de capital cultural. Y lo más poderoso es aquel que parece no esforzarse.
Uno de los momentos culminantes del estilo de Bessette fue su vestido de boda: absolutamente sobrio, sin ornamentaciones, resuelto con la sencillez de un vestido deslizante de seda que evocaba la lencería. El contraste con novias anteriores como Lady Di o Sarah Ferguson –engullidas por trajes monumentales, más cercanos a un merengue que a una prenda de indumentaria– no podía ser más evidente. Bessette no necesitó adorno para legitimarse.
La pareja Bessette-Kennedy despierta una tensión emocional que oscila entre la admiración y la irritación. Una irritación que no radica en el alarde, sino en que, mientras se nos repite que vivimos en una sociedad que premia el esfuerzo y el mérito, quienes están en la cima parecen haber llegado sin esfuerzo visible, convirtiendo el privilegio en un estado de la naturaleza. Por eso, cuando hoy se reivindica el lujo silencioso, no asistimos a ninguna revolución estética, sino a la reedición de una vieja astucia de clase: transformar el privilegio en gusto y el poder en aparente normalidad. No es discreción: es una forma de desactivar la crítica.