La tecnología puede salvar el mundo o destruirlo

En los últimos 300 años, la tecnología ha incrementado la productividad de manera exponencial. En 2020, una hora de trabajo producía 24 veces más bienes y servicios que en 1870. La razón es la innovación: convertir, a través de la tecnología, el conocimiento en soluciones. Como dice el economista Paul Romer, la materia oscura del crecimiento son las ideas.En los estados de la OCDE, el crecimiento –medido en PIB por habitante– fue del 4% anual de 1950 a 1973, del 2% de 1976 a 2007, y del 1% de 2010 a 2021. Esta ralentización puede deberse a una falta de ideas disruptivas e innovadoras por razones diversas: la pérdida de la aceleración del crecimiento de la tecnología producida por la Segunda Guerra Mundial, la retirada del sector privado de la ciencia básica, el envejecimiento de la fuerza laboral científica, la transformación a una sociedad más acomodada y opuesta al riesgo…Juan Antonio Zufiria, exdirectivo de IBM, ha escrito un informe excelente sobre la cuestión, en el que se basa este artículo. Zufiria, como Daniel Susskind, es optimista y cree que es posible recuperar el ritmo de crecimiento con la innovación y la tecnología. Tanto Zufiria como Susskind piensan que el cambio tecnológico debe ser dirigido y priorizado. El inconveniente más grande para conseguirlo es el desacoplamiento de las rentas de capital y de trabajo: un crecimiento más bajo de las rentas del trabajo en las naciones desarrolladas –UE y EE. UU.– ha hecho crecer la desigualdad, medida por el índice Gini. Es en estas sociedades donde se concentran la innovación y la tecnología, y la desigualdad interna es un freno a la mejora de su productividad. Hay una relación entre eficiencia y desigualdad.En el siglo XX, la producción estaba ligada a una fuerza laboral. Cuando General Motors tenía una capitalización bursátil de 300.000 M$, tenía 300.000 empleados. Hoy, Google o Microsoft, con el doble de capitalización, tienen 30.000. La fuerza laboral ha perdido fuerza empresarialmente y solo la mantiene como calidad, con pocos obreros muy cualificados. La batalla entre capital y trabajo que la Revolución Industrial trajo –y que el marxismo teorizó a partir del principio de tesis, antítesis y síntesis de Hegel– hoy no existe: empieza a ser testimonial, excepto en la función pública. Al mismo tiempo, la capacidad de externalizar actividades de las empresas ha contribuido a incrementar el desacoplamiento entre trabajo y capital.La igualdad entre países pobres y ricos ha aumentado gracias a la globalización. La igualdad absoluta reduce la eficiencia económica, pero una desigualdad superior a un índice Gini 0.4-0.5 también, y es esto lo que acabará pasando en el seno de los países desarrollados si la tendencia actual no es corregida. Diez personas concentran hoy el 0,52% de la riqueza mundial.El desarrollo se produce en el mundo, y el mundo tiene recursos limitados. El crecimiento económico es entrópico, es decir, reduce la calidad de la energía en un sentido que el segundo principio de la termodinámica hace irreversible: quemar madera y hacer funcionar la maquinaria del tren hace imposible retornar al origen y recuperar la madera quemada. En el fondo, se puede sintetizar esta realidad en el calentamiento del mundo y la destrucción progresiva de sus reservas.

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Las tecnologías que pueden mejorar la productividad invirtiendo parcialmente esta tendencia son tres: la inteligencia artificial (IA), la fusión y la biología. Las hay de otras, como la cuántica, la computación, la proteína vegetal, etc., pero ninguna de ellas es disruptiva. Hacer las cosas mejor no es suficiente. Lo que sí es cierto, a partir de la experiencia de los últimos 70 años, es que hacemos las cosas mejor, pero cada vez con menos velocidad de mejora, y las distribuimos peor entre la humanidad. La riqueza y el poder tienden a concentrarse.La IA –combinación de algoritmos, datos y capacidad de computación– es todavía muy desconocida. Daron Acemoglu considera que la IA aumentará un 0,6% la productividad en EE. UU. y hará perder el 20% del empleo, pero las estimaciones aún son bastante dispersas. El paro afectará a los white collars y, por tanto, el choque económico puede ser mayor que en contextos anteriores debidos al avance tecnológico. El consumo de energía de los centros de datos es elevado, y esto puede generar una oposición social importante; de hecho, ya está pasando. En el segundo trimestre de 2025, se paralizaron proyectos por 98.000 M$ de centros de datos en EE. UU.La fusión –simular las condiciones de temperatura y presión que hay en el sol para generar átomos pesados a partir de átomos ligeros y energía por la masa perdida, e=mc2– tiene la ventaja de ser un proceso limpio, sin residuos, pero también la dificultad de actuar sobre un magma a 100 millones de grados. La reacción se hace en un laboratorio y se mantiene durante décimas de segundo. Actualmente se está más en el ámbito de la tecnología que en el de la ciencia. Es el momento de los ingenieros. Hay quien opina que tendremos energía de fusión en la red eléctrica en 2040... Se ve el final de la investigación.La tecnología también transformará la biología. Alargar la vida de las personas y curar más enfermedades, sin embargo, puede tener efectos sociales profundos si, como es posible, solo los ricos se lo pueden pagar y, por tanto, viven más tiempo que los pobres. Entre 2001 y 2014, los americanos más ricos aumentaron su esperanza de vida en tres años, mientras que el resto se mantuvo. Pero ¿qué pasaría si la diferencia fuera de veinte años?Queda claro que la transformación de la medicina y la expulsión del mercado de trabajo de personas formadas de rentas medias a consecuencia de la IA pueden suponer un peligro social. Es por estas razones que la tecnología puede salvar el mundo o destruirlo.