Contra las trampas de la polarización

Es innegable que la polarización es algo de nuestra realidad sociopolítica. La polarización describe la existencia de posiciones políticamente contrapuestas. En los últimos tiempos, hemos visto cómo algunas burbujas ideológicas y mediáticas nutridas con narrativas excluyentes, que eran irrisorias en nuestras comunidades, han traspasado las fronteras del mundo digital para invadir nuestros barrios, donde encuentran refugio entre personas y entornos sociales desilusionados por la falta de soluciones políticas a sus problemas más cotidianos. En efecto, en el campo de las disputas políticas siempre han existido las tesis propositivas, de garantía de derechos, frente a las cuales emergen antítesis reaccionarias, dirigidas contra la igualdad y la convivencia. Sin embargo, si es inherente a la discusión política, ¿qué hay de nuevo en la actual situación de polarización?

La primera gran diferencia la encontramos en los medios en los que afloran las discusiones políticas. Las redes sociales se han convertido en un punto de encuentro de posiciones excluyentes, a menudo alimentadas por discursos de odio que los algoritmos amplifican para sacar rédito económico. La segunda diferencia se encuentra en cómo se encara la disyunción sobre la gestión pública de los derechos. Y es que, para encontrar el encaje de algunas propuestas políticas, los límites de lo que puede asumir un sistema que se quiere democrático se han ensanchado hasta el punto de tolerar los discursos intolerantes. Las proclamas antidemocráticas contra la garantía de derechos son cada vez menos ajenas.

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¿Qué explica el triunfo de narrativas que alimentan la polarización? En un contexto de emergencia habitacional y de estancamiento de los salarios –que se traducen en pérdida de poder adquisitivo y desamparo de la clase trabajadora–, la desigualdad económica toma fuerza en nuestro país: en 2024 el sueldo medio de los dirigentes de las empresas del Ibex era 55 veces el de sus empleados. Dde acuerdo con lasdatos del Consejo Nacional del Mercado de Valores, el sueldo de los directivos ha experimentado un incremento del 172% en los últimos 20 años, frente al 49% del salario medio.

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En este contexto, son propuestas excluyentes aquellas que buscan proteger al rentista que vive de la especulación inmobiliaria o las que defienden lalibertadde quien se la puede pagar, desde el menosprecio de las luchas de los grupos sociales no hegemónicos –las mujeres, la comunidad LGBTIQ+, las personas empobrecidas o de origen extranjero–. La diana principal de estos discursos son las personas en una situación socioeconómica más vulnerable, que son interpeladas en las redes –y, cada vez más, también a pie de calle– desde unas narrativas persuasivas que buscan hacerles cómplices de unos principios basados ​​en la meritocracia y la ley del más (económicamente) poderoso. Y lo logran, presentando soluciones mágicas y disruptivas a los problemas económicos y conflictos identitarios desde una narrativa simplista, basada en la construcción de un enemigo común minoritario, que suele coincidir con el perfil del recién llegado.

La pregunta de fondo es: ¿qué factores explican la coexistencia de posiciones extremadamente opuestas respecto a la garantía de derechos? El interés hacia estos discursos antidemocráticos bebe de una frustración social nacida de que no ha habido respuestas políticas resolutivas ante las sucesivas crisis socioeconómicas de las últimas décadas, sino una acumulación de acciones equidistantes entre los intereses de las élites económicas y los de la clase trabajadora. Un equilibrismo imposible que está convirtiendo a gobernar en una mera gestión de daños centrada en la comunicación política. La sobreprotección de la propiedad privada por encima del derecho a la vida ha convertido a las personas más vulnerabilizadas en sujetos huérfanos, carentes de opciones políticas que hablen directamente de sus problemas diarios desde una óptica cercana e ilusionante, un horizonte de esperanza y un impacto transformador.

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En ese escenario de estancamiento social, afloran discursos como el del miedo a los partidos ultras o el del "mal menor". Son discursos que, a menudo, no buscan más que arrancar votos, y que no van acompañados de medidas capaces de transformar la realidad agrietada, que es el origen del creciente apoyo a las propuestas reaccionarias. Culpar de todo la "polarización" significa en la práctica renunciar a la discusión política, favorecer el inmovilismo social y dar por buena una falsa equidistancia entre las propuestas políticas que garantizan los derechos y las que los excluyen.