Trump: ¿cómo hemos llegado a esto?

"Open the fuckin' strait, you crazy bastards, or you'll be living in hell!" (¡Abrid el jodido estrecho, bastardos locos, o viviréis el infierno!). Esta delicada, diplomática frase la escribió el presidente Trump el domingo en su red, Truth Social, seguramente con la intención de desescalar el conflicto y llegar a un acuerdo cordial y pacífico. Broma aparte, ¿cómo hemos llegado a esto? Aunque la pregunta parece sencilla, en realidad es engañosa, debido al carácter evidente de la respuesta: hemos llegado hasta aquí porque una mayoría bien clara de los norteamericanos votaron a Trump sabiendo a la perfección qué estaban haciendo. En consecuencia, la cuestión es otra, y resulta un poco incómoda: ¿por qué muchos votaron a un personaje que, como en el caso de numerosos latinoamericanos, iba en contra de sus intereses de una manera clara, explícita, sin ambigüedades? En política, los grupos sociales no votan solo en función de sus intereses materiales, sino d’un entramado más amplio de factores identitarios, emocionales o simbólicos. Esto explica por qué determinados segmentos —como los mencionados latinoamericanos, los trabajadores blancos empobrecidos del Rust Belt o ciertas minorías religiosas— podían apoyar opciones que, desde una perspectiva externa —quiero decir, europea—, parecían poco o nada coherentes con sus necesidades objetivas. Aquí y en Estados Unidos, en todas partes, la identidad puede pesar más que la economía en determinadas circunstancias. Muchos votantes toman una decisión en función de quién creen que son (no de quién son en realidad), o de qué amenazas (subjetivas) perciben. Un caso habitual es la adscripción totalmente ilusoria a la clase media. Hay otros factores, sin embargo. Para algunos norteamericanos de origen cubano, venezolano o nicaragüense, por ejemplo, cualquier discurso que evoque el fantasma del socialismo que los foragite de su país tenía, y tiene, un impacto emocional inmediato, independientemente de las políticas concretas que lleve asociadas. Cuando el voto se convierte en catarsis, la coherencia programática deja, en definitiva, de ser determinante. A esto se le suma un —digamos— aspiracionalismo: muchos ciudadanos no votan por su situación actual, sino por la que imaginan que podrían alcanzar.

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¿Cómo hemos llegado a las salvajes salidas de tono de Trump? En un ecosistema mediático polarizado y primario, el estilo comunicativo puede pesar tanto como el contenido, o más incluso. Un líder que habla sin filtros, que incluso dice palabrotas en público, puede ser percibido como más auténtico que un político tradicional, y esta (pseudo)autenticidad genera adhesiones en grupos que se sienten ignorados o menospreciados por las élites culturales. La desinformación y las modas de las redes, además, refuerzan miedos, mitos y percepciones distorsionadas mientras van consolidando opciones políticas muy concretas. En el seno de este panorama, el discurso anti-género, que es una de las claves más importantes en la rotunda victoria de Trump, ha tenido un papel relevante como vector de movilización. Para determinados sectores —incluyendo una parte creciente de votantes latinoamericanos evangélicos o pentecostales—, las cuestiones de género no se perciben como debates técnicos, sino como símbolos de una batalla cultural sobre la familia. En un clima de polarización, estos temas se convierten en marcadores de identidad: “nosotros” contra “ellos”. Para algunos votantes, posicionarse de manera contundente en temas de género es también una prueba de autenticidad: un rechazo a la corrección política y una afirmación del hablar claro. Tal como también pasa en Europa, los temas de género son percibidos por algunos como una mera ideología, una amenaza identitaria y un conjunto de imposiciones educativas, cosa que amplifica la sensación de urgencia y refuerza el apoyo a candidatos que prometen atajar estos cambios.La pregunta del título, pues, tiene una respuesta bastante clara. Ahora bien: "¿Hasta cuándo le reirán las gracias sus allegados?", se preguntaba el otro día Ignasi Aragay. Por definición, un voto reactivo pierde su sentido cuando las sensaciones que lo motivan parecen aflojar. Todo ello es muy subjetivo, evidentemente. El otro límite a la hora de reírle las gracias al emperador es el bolsillo. Si las aventuras de Trump, ya sean bélicas o arancelarias, provocan un descalabro significativo en la economía norteamericana, las cosas pueden cambiar con rapidez. Quedará un legado tóxico, sin embargo: el de la normalización de un estilo que hasta hace poco resultaba inconcebible en una democracia consolidada. Quiero decir que, después de un presidente como este, puede venir otro igual, o peor.