Fachada del Palacio de Justicia de Barcelona, sede del TSJC. PERE VIRGILI
01/04/2026
Profesor de historia contemporánea (UAB)
4 min

No hacía mucho tiempo de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatuto, cuando el profesor Marc Carrillo, catedrático de derecho constitucional en la UPF y gran experto en la historia jurídica contemporánea de España, nos avisó, en una reunión de trabajo del Grupo de Investigación sobre las Épocas Franquista y Democrática (GREFD-UAB; actualmente, Grupo de Investigación sobre las Dictaduras y las Democracias, GReDD-UAB), que todo aquello que hacía referencia a la lengua catalana en el ámbito público salía profundamente tocado. Dicho en términos no jurídicos, en este ámbito de la sentencia del TC se había impuesto el nacionalismo español más radical y retrógrado, aquel que siempre ha mantenido, desde los tiempos imperiales (volvidos a la actualidad y por los cuales el rey Felipe VI no tiene que pedir perdón porque, como escribía una novelista muy querida en España, sus antecesores les trajeron el urbanismo, las alcantarillas y alguna otra cosa) hasta nuestros días (¡más de 500 años!), que la nación se fundamenta en la lengua y la religión; es decir, la lengua castellana y el catolicismo más rancio. Caído en desgracia el catolicismo, quedaba (y queda) la lengua. El resultado final estaba cantado.

El 26 de enero de 1939, el general Eliseo Álvarez Arenas recordó a todos los barceloneses (y, de paso, a los ciudadanos del país ya conquistados y sometidos, y a los que aún no habían sufrido la llegada de las tropas franquistas) que la lengua propia y mayoritaria del país en aquella fecha, el catalán, no sería perseguida en el ámbito privado; otra cosa, naturalmente, era el uso social de la lengua en el ámbito público. Conocemos una parte notable de esta historia; pero conocerla no quiere decir darla por amortizada. Siempre vale la pena volver a 1939 (y las décadas posteriores) y reflexionar con la experiencia del presente desde una cierta perspectiva. Con muchas dificultades, en abril de aquel año se celebró un simulacro de Fiesta del Libro (lo que ahora conocemos como Sant Jordi). Aparte de que prácticamente no había novedades editoriales (hacía quince días que la guerra había acabado, con la caída de Madrid), si no eran libros provenientes de la llamada "zona franquista", producidos durante los años de la guerra, la gran noticia venía de otro lado: no había ni un libro en lengua catalana; habían desaparecido del mapa social, del ámbito público, de los diarios franquistas que circulaban aquellos días. El grado cero de la lengua escrita, hablada, difundida, consumida, utilizada por la sociedad catalana de forma mayoritaria hasta entonces.

Quizás valdría la pena tenerlo en cuenta cada vez que el TSJC, siguiendo la doctrina establecida por el TC en la sentencia contra (no sobre, contra) el Estatut, nos castiga un poco más con las restricciones a la lengua catalana en el ámbito educativo. Quizás deberían tenerlo en cuenta todos los mandatarios políticos que se pelean entre ellos para ver quién tiene la espada más grande para matar al dragón judicial; o también podrían tenerlo en cuenta los burócratas de los sindicatos de los "trabajadores de la enseñanza", que ayer llamaban a la huelga contra los mandatarios políticos y hoy les exigen que salven los muebles del incendio. No nos han aclarado qué harán ellos, los "trabajadores de la enseñanza", para batallar por el catalán en las aulas: ¿volveremos a aquellos años en que se leían libros en catalán en voz alta, para cuidar la dicción, el ritmo de la lectura, estudiar el vocabulario? ¿Se harán hacer redacciones sobre un texto narrativo, o histórico, en catalán? ¿Se les hará recitar de memoria La vaca cega y se les pedirá, a los alumnos, que expliquen el significado y quién era el autor? Probablemente, no. El catalán será defendido en las trincheras de los proyectos y las competencias, donde lo más importante es "comprender el mundo", no saber la geografía del país.

Pero nuestros "trabajadores de la enseñanza" no pueden ser los únicos responsables de intentar delimitar los daños de estas sentencias. Lo hemos de ser todos; como lo fueron en el año 1939 los miles de catalanes que continuaron hablando en catalán (en el ámbito privado, naturalmente, pero no siempre), que reconstruyeron unas mínimas redes de sociabilidad, sobre todo en el ámbito cultural y cívico, al margen y a pesar del franquismo, mientras en la escuela cantaban el Cara al sol, les presidía el dictador desde la pared y escuchaban a su maestro de toda la vida (si había tenido la suerte de sobrevivir a la depuración) explicar en castellano todo aquello que, un año atrás, les había explicado en catalán.

¿Cómo sobrevivimos, en el año 1939, con todo, absolutamente todo, en contra? Sobrevivimos porque lo que se dice la sociedad civil resistió, sobrevivió, asumió su responsabilidad, colectiva e individual; y porque el franquismo fracasó en este ámbito (esta es otra historia, más complicada).

Quizás, a casi noventa años del desastre de 1939, valdría la pena volver a pensarlo y no descargar todas las responsabilidades sobre unos gobernantes que, sean de Junts, ERC o socialistas, tienen las manos atadas por una jurisprudencia que nos juega en contra. Menos llorar y más batallar, todos juntos.

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