El mes pasado este diario publicó una entrevista en Nicolas Levrat, el relator especial de la ONU sobre cuestiones de minorías, que acaba de realizar una visita de estudio a la Unión Europea. A la pregunta de si el catalán está en peligro, Levrat respondió sin ambages: "No, mi opinión es que no; en la Unión Europea hay muchas otras lenguas que están en mucho más peligro que el catalán".
No, el catalán no está en peligro. En cambio, desde hace cierto tiempo la percepción de la sociedad catalana sobre el futuro del catalán ha entrado en una espiral pesimista. La última Encuesta Longitudinal del CEO, dada a conocer el 5 de marzo, permite captar la rapidez con la que ha empeorado esta percepción. Ahora mismo, el 52% de los entrevistados cree que en el futuro inmediato el catalán se usará menos que hoy, cuando en el 2024 eran el 48% y en el 2023, el 42%. Que la percepción ha empeorado por supuesto; la pregunta que debería hacerse es si la realidad también lo ha hecho tanto.
La misma Encuesta Longitudinal contiene otros datos que nos ayudan a ponernos en guardia sobre la correspondencia entre las percepciones de la gente y la realidad. En una de las preguntas, los encuestados debían estimar el porcentaje de residentes en Cataluña que han nacido fuera de España. En 2025 cuatro de cada diez entrevistados dijeron que el porcentaje es superior al 50%, mientras que el año anterior esta estimación tan exagerada sólo la habían realizado dos de cada diez entrevistados. En conjunto, los entrevistados de 2025 encuentran que la media de nacidos en el extranjero es del 36%, una cifra que contrasta notablemente con el 25% real.
Un ejemplo concreto de distancia entre las percepciones y la realidad tiene que ver con los llamados "hijos interruptores". En una entrevista en el diario Vilaweb del pasado noviembre, significativamente titulada "Vivimos un proceso de sustitución lingüística", la sociolingüista Ester Baiget hizo mucho énfasis en este supuesto "fenómeno". En un proceso de sustitución clásico, son los padres que deciden no transmitir la lengua a los hijos. Así fue como fue a la Cataluña Norte durante el siglo XX, por poner un ejemplo indiscutible de sustitución en nuestro ámbito lingüístico. El caso de los hijos interruptores va al revés: son los hijos, a los que sí se les ha transmitido la lengua, que deciden no utilizarla. En este caso, los hijos interruptores serían los hijos de familias catalanohablantes que deciden pasarse al castellano y que supuestamente no tienen previsto transmitir el catalán a sus hijos.
La verdad es que no hay ningún estudio sociolingüístico empírico que haya detectado este fenómeno en Cataluña o que permita considerarlo significativo. Ni siquiera en la ciudad de Barcelona, donde las cifras del catalán siempre se quedan más cortas, es posible identificar ese fenómeno. Es inútil buscarlo, por ejemplo, en la Encuesta en la Juventud de Barcelona 2025 dada a conocer el 11 de marzo: los posibles interruptores menores de 15 años no forman parte de la muestra y los de 15-19 no tienen hijos a los que no estén transmitiendo la lengua. (Un resultado interesante del EJOB, que no se ha ponderado lo suficiente, es que, entre los jóvenes de 15 a 24 años, la proporción de usuarios habituales del catalán es claramente superior a la de los jóvenes de 25 a 34.)
Respecto a este supuesto fenómeno, el reportaje sobre la lengua de los jóvenes de Laura Serra publicado en este diario el 7 de marzo es ambivalente. Serra decía lo que hay que decir: "Las cifras no avalan que [los hijos interruptores] existan en Cataluña". Pero también hacía planear el fantasma de los hijos interruptores sobre el artículo, con condicionales y futuribles hipotéticos: "si" la tendencia de los jóvenes a identificarse con el castellano llegara "al extremo", "podría" tener impacto "en las generaciones que aún deben nacer". Menos mal que la periodista remachó el clavo con las palabras del experto Esteve Valls: la historia de los hijos interruptores "es un aviso, no una constatación".
La mayor paradoja de todo es que la espiral pesimista se acentúa en un momento de máximo apoyo institucional al catalán. El catalán tiene un departamento de Política Lingüística entero, que como explicó el conseller en el Parlament en el 2026 tendrá el mejor presupuesto de la historia (si ERC pone cordura, claro), y el catalán tiene un Pacto Nacional por la Lengua que no tiene igual en ninguna otra lengua minoritaria europea. Habrá que ver si el departamento, con sus 85 millones de euros, revierte la espiral pesimista, o si las narrativas interesadas siguen mistificando la realidad.