En 1974 la periodista Mercedes Milá presentaba Polideportivo en TVE. De esto han pasado cincuenta y dos años y ahora acaba de estrenar, en la misma televisión pública, Me meto en un jardín (La 2), un programa de entrevistas que la cadena ha bautizado como una road movie. Milá viaja con una autocaravana con los invitados y se los lleva a jardines célebres de la geografía española, buscando un entorno que propicie una conversación distendida e íntima. La serie la ha empezado con el escritor David Uclés, y después de visitarlo en su pueblo de Quesada, en Jaén, y conocer a su familia, se van hasta el jardín botánico de Torre del Vinagre, en la sierra de Cazorla. El programa será más o menos exitoso en función del invitado. Y David Uclés no era, probablemente, el mejor para arrancar la temporada. Las lecciones sobre la Guerra Civil casi como si la hubiera vivida acabaron provocando un cierto tedio reiterativo.
La devoción por el jardín es insulsa, pero sorprendentemente provechosa. Justifica un título del programa que crea expectativas. Metafóricamente, Milá se ha metido en jardines mucho peores, pero es cierto que tiene tendencia a ello. La ruta con autocaravana por los jardines célebres de la geografía le permite tener algo que hacer con el entrevistado. Compartir vehículo es de los recursos más prácticos para fomentar la confianza y ahorra el coste de un plató y un decorado. Y el jardín proporciona un entorno bucólico y tranquilo para mantener una conversación. Es una manera de promocionar el territorio desde la televisión pública. Ahora bien, hay un problema de coherencia un poco inquietante. El programa empieza con Milá conduciendo la autocaravana, dando la apariencia de un trayecto en solitario. Pero una vez incorpora al entrevistado al viaje, se acomodan ambos y el vehículo empieza a moverse como si la autocaravana hubiera arrancado sola. Y este detalle aporta artificialidad al formato. Solo es un juguete. Se pierde la idea de road movie para convertirse en una simple puesta en escena fugaz. Quizá no haría falta convertir al conductor en invisible. El programa tampoco sabe gestionar la sensación de paso del tiempo y la idea de trayecto. No hay evolución narrativa. Me meto en un jardín también tiene esa inercia fatídica para empezar, en que el entrevistado se hace el encontrado y sorprende al presentador, que estaba distraído con alguna otra cosa.
Milá es la de siempre. El entorno natural la ayuda a bajar revoluciones, pero es el personaje intenso que hemos visto toda la vida. Desprende la inquietud de quien necesita ocuparse profesionalmente para estar bien, la motivación de la aristocracia que no se quiere aburrir. Es como si hacer televisión fuera terapéutico para su existencia. Tiene setenta y cinco años y hace unos días, en La revuelta, confesaba: “Soy la presentadora más vieja de todas las cadenas de España”. Tiene razón y, además, no parece muy dispuesta a retirarse. Cuando conversa tiene esa arrebato del exceso de confianza y siempre desprende un punto frívolo, pero sabe hacer que el interlocutor se sienta importante. Con todo, Milá tiene un hándicap: su efusividad crea una cierta apariencia de profundidad, pero a menudo acaba llevando la entrevista a ámbitos muy predecibles.