Filosofía

Juan Evaristo Valls: "El trabajo no dignifica"

Profesor de Filosofía de la Cultura

25/05/2026
6 min

No perderse una cena. Llenar las vacaciones de cosas. Luchar por tener entradas para todos los conciertos. Hace tiempo que esta acumulación de experiencias recibió el nombre de FOMO, miedo a perderse algo, según las siglas en inglés. Una forma de vivir que también ha encontrado reacción en aquellos que defienden ahora la necesidad de hacer menos cosas y dar espacio al descanso. Han cambiado la efe por la jota: JOMO (joy of missing out), es decir, el gozo de perderse algo. El profesor de filosofía de la cultura en la Universidad Complutense de Madrid Juan Evaristo Valls lo analiza en el libro JOMO. El gusto de perder (Quaderns Anagrama). 

¿De dónde nos viene el FOMO?

— El FOMO señala muy bien cómo el capitalismo contemporáneo funciona gobernando nuestro deseo. La forma en que participamos en la sociedad no es tanto desde la disciplina o la represión como en otras épocas, sino precisamente excitando el deseo. Tanto en el trabajo como en el consumo la obligación es aprovechar lo que hacemos. Y el FOMO siempre nos reintroduce al mercado e impide que paremos. ¿Cómo lo hace? A través del miedo: a perder, a dejar escapar una oportunidad, a superarse… 

¿Qué son los zombis hedonistas?

— Los incapaces de hacer cualquier otra cosa que no sea consumir placer. La imagen del hedonista depresivo es alguien en la cama, mirando Netflix, haciendo matches y que ha pedido un Glovo. Esto genera una pérdida de conciencia crítica, genera la incapacidad de detenernos y pensar en alternativas. 

Son una ganga para el sistema? 

— Entendido así, sí. Hay una cierta lucidez en la depresión, porque nos señala que todos los placeres capitalistas son trampas. Pero la retórica del sistema para hacer soportable la depresión es estar enganchado a recibir estímulos, y eso genera una connivencia perfecta con el sistema. Porque aquello que nos hace enfermar es lo que nos propone al mismo tiempo una pretensa cura. Y aquí es donde llega el enganche y la adicción.

¿Por qué todos los estímulos y planes para la felicidad no nos hacen felices?

— El problema es cuando se convierte en una obligación, y tiene que ver con el valor que nos reconocemos a nosotros mismos. O sea, todos estos gozos son oportunidades para crecer, superarnos, dar nuestra mejor versión, y eso tiene que ver con un deseo excitado. ¿Qué pasa? Que es agotador. No hay alternativas a la carrera continua y el cuerpo tiene límites. Necesita parar y descansar. 

¿Cómo pasamos del FOMO al JOMO? 

— El libro no da claves maravillosas para abandonar la ansiedad. Es la apreciación de un cambio social que se ve especialmente después de la pandemia con la generación Z, que accede al espacio laboral. Suben los niveles de depresión, de burnout, de desafección por el trabajo con fenómenos como la Gran Dimisión. El imaginario de los 2000, que estaba vinculado a ser flexible, trabajar de lo que queramos, viajar y acumular experiencias, cambia por otro. Y este cambio de sensibilidad puede pensarse como el paso del FOMO al JOMO. Y a mí me interesa porque el verdadero cambio social llegará no cuando estemos satisfechos con nuestros deseos, sino cuando cambiemos nuestra forma de desear, cuando entendamos que nuestra vida no coincide con el capital. Entonces, este cambio del FOMO –ser empresario de uno mismo, el éxito y el narcisismo– hacia el JOMO –tener espacios de tranquilidad, poder descansar, habitar la ciudad– me parece una oportunidad muy buena para rearticular el vínculo político y desarrollar un programa de vida buena que sea inclusivo para todos y todas.

¿Estamos en la era de la antiambición?

— Quiero pensar que sí. Hay una desidentificación de nuestra identidad a través del trabajo. Ya no pensamos que el trabajo es un medio para tener una vida feliz, porque también vemos que no podemos pagar los alquileres. 

¿Pero el problema no es la vivienda? ¿Habría cambiado el significado de nuestro trabajo si ahora no nos encontráramos que con los sueldos no pagamos una vivienda digna?

— Esta cuestión es clave. España articuló como eslogan de progreso pasar de una sociedad de proletarios a una sociedad de propietarios. Y así, progresivamente, ha disminuido la demanda de derechos sociales. Pero sin este escenario de la vivienda, el trabajo en sí mismo, como un espacio de exploración del deseo, como un espacio de realización personal y de libertad, es muy nocivo. Porque trabajamos para la empresa como si lo hiciéramos para nosotros mismos: no hay límites, crítica ni protesta. Esta concepción del trabajo donde no solo trabajamos con el cerebro y el cuerpo sino también con el corazón y estamos obligados a mostrarnos entusiastas es también muy perniciosa y en sí mismo requiere ser cuestionada. Para recordar que el trabajo no dignifica, el trabajo siempre es sobre todo una forma de gobierno. 

Debe haber una relación entre esto que dices y los jóvenes saliendo menos de fiesta y bebiendo menos alcohol.

— El placer de la renuncia se expresa en muchas actitudes, y también se ve en el espacio afectivo, que ha devenido un espacio de capital sexual. Claro, si tienes la obligación de darlo todo en la fiesta, quizás prefieres quedarte en casa. La felicidad no pasa por una performance perfecta. 

¿Por qué es importante saber perder?

— Lo primero es poder perder. Y para eso hace falta un programa político para reivindicar estas condiciones materiales de vida digna y de descanso. Porque alguien puede decir: ya me gustaría a mí perder, pero si no hago este encargo quizás no me vuelvan a llamar. 

Pero para los que pueden, ¿por qué es importante?

— Porque saber perder es siempre la oportunidad de una alternativa. Y también es la forma más excelsa de dar, a fondo perdido y sin condiciones. Es solo renunciando a nosotros mismos, olvidándonos de nosotros mismos por un momento, cuando podemos, de verdad, abrir un espacio de experiencia y de escucha para que se produzca algo. Entonces, saber perder es indispensable para saber vivir y para saber amar.

¿Pero qué significa dejar de hacer? Podemos dejar de estar disponibles, de hacer scroll, de ir a todas las fiestas. ¿Pero entonces qué hacemos, quedarnos en casa y mirar la pared?

— No. Significa organizarse, inventarse otra forma de convivir con tiempo para descansar. La forma de vida neoliberal nos había prometido que si trabajábamos mucho podríamos tener dos casas, el coche, el perro… Que el trabajo sería el espacio donde desarrollarnos y ser nosotros mismos y viajar por el mundo de manera barata. Todas estas promesas las hemos perdido. Pero lo más importante es que no las queremos. No queremos ser felices viajando por todos los lugares y gentrificando ciudades y reventando el medio ambiente. O teniendo grandes residencias mientras otros no tienen piso. Queremos perderlas porque sabemos que bajo esta imagen entusiasta de vida ultra-realizada hay miseria, exclusión, desigualdad, pobreza, insomnio, estrés y gente sin casa. ¿Qué queda? La posibilidad de pensar de otra forma. Y una forma nueva que vindique el descanso como una forma de justicia social.

¿Qué relación hay entre pérdida y melancolía?

— Lo hablaba Mark Fisher. La melancolía ha sido clásicamente uno de los grandes efectos de resistencia de la izquierda. Se define como la pérdida de un objeto que no conocemos. Hemos perdido algo, pero no sabemos qué es. Cuando esto se politiza, ¿por qué tenemos melancolía? Por las promesas de pluralismo y democratización que no se han realizado. Entonces, el melancólico es aquel que no quiere perder. Quiere mantener abierto el pasado como un archivo de posibilidades para explorar. Pero la posición de Fisher está marcada por su experiencia de finales de los 60, cuando nació, hasta los 2000. Yo creo que los que crecimos con Bisbal y Backstreet Boys lo que vemos es el corte radical del capitalismo que se digitaliza. Y la impresión de que no hay marcha atrás. 

¿Este deseo de desconectar es millennial y Z o lo tienen todas las generaciones?

— Algunos estudios, hay pocos, dicen que es un efecto que alimenta particularmente a la gente joven, que es quien tiene más presión para participar, explotar la juventud, practicar sexo y experimentar con drogas. El FOMO laboral es una cuestión que nos afecta a todos.

La camaradería ha de empezar por la cama. ¿Qué quiere decir esto?

— Normalmente la cama es un espacio de experiencia íntima. Pero los camaradas eran los soldados que dormían en la misma habitación. Y más tarde, los obreros que dormían en la misma habitación. Es decir, aquellos que tienen el mismo cansancio, o que organizan política y colectivamente su descanso. Y esto es una experiencia que no tiene que ver con el espacio privado, sino que es colectiva, y rompe esta distinción burguesa entre espacio público, espacio privado, la casa y la calle. Una vez el trabajo entra en nuestras vidas, la única respuesta posible es sacar la cama a la calle. Es decir, entender que la verdad del hábito, de nuestra capacidad y posibilidad de habitar las ciudades, se revela siempre en el descanso. Y si en una ciudad no podemos dormir, es que no podemos vivir en ella. Politizar la cama es reconocer que tenemos algo en común: todas nos cansamos.

Tú también estás agotado?

— Siempre pienso que la filosofía no habla desde la autoridad para dar consejos, eso lo hace la autoayuda. Yo hablo desde la condición del enfermo, pero que reconoce que este estrés, a pesar de ser singular, tiene algo de transversal, y se pone a escucharlo.

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