04/04/2022

Ucrania y los límites de negociar

3 min
Una persona atraviesa una calle dañada durante el conflicto entre Ucrania y Rusia en la ciudad portuaria de Mariúpol

Antes de que empezara la ocupación de Ucrania, cuando Rusia tenía una gran cantidad de tropas en la frontera, desde centros de varios países empezaron a surgir unas primeras propuestas para que, a través de una negociación, se evitara lo que después pasó. Eran propuestas que recogían aspectos que estaban en el centro del conflicto, cuando todavía no tenía naturaleza bélica, y que, por lo tanto, consideraban demandas antiguas y repetidas, olvidos que acaban teniendo repercusiones, e incumplimientos de cosas ya acordadas, como el Acuerdo de Minsk de 2015. No cumplir los compromisos ya adquiridos puede ser el origen de nuevos episodios altamente conflictivos.

En este sentido, creo que es importante tener en cuenta dos cosas que aparentemente pueden chocar entre sí: el auge de la cultura de la negociación, y, por otro lado, los límites implícitos en cualquier negociación sobre un conflicto armado. Sobre lo primero, hay un hecho estadístico que invita a la esperanza, o al menos a intentar aquello que en un principio puede parecer imposible. Me refiero al hecho de que, a medida que transcurren los años, cada vez se negocia más y antes. He estado haciendo unas estadísticas sobre 71 conflictos armados que han sucedido desde el 1960, de los cuales más de dos tercios ya han finalizado. Entre 1960 y 1990, hubo 24 conflictos armados en el mundo, y con una característica muy particular: de media, tuvieron que pasar 16 años antes de que se iniciara un proceso o un intento de negociación, fuera cual fuera el resultado final. Por desgracia, mucha espera y, por lo tanto, muchas víctimas por el camino. En cambio, en el periodo 1990-2010, la media de espera para empezar a negociar bajó a 3,2 años, cinco veces menos que en el periodo anterior. La cultura de la negociación se iba imponiendo en el mundo, y al menos intentaba salir del conflicto cuanto antes mejor.

Ya más recientemente, entre el 2010 y la actualidad, los 17 conflictos armados analizados se empezaron a negociar, de media, al cabo de 1,2 años, es decir, al cabo de pocos meses de empezar o después de un año. Estos datos son más relevantes de lo que pueda parecer, puesto que indica que hay instituciones y diplomacias mucho más activas que antes, y una opinión pública más exigente ante el estallido de una guerra.

La segunda parte de la reflexión no es tan optimista, puesto que hay que explicar que entrar en un proceso de negociación no implica tener asegurado el éxito. Siempre ha sido, y será, un asunto de gran complejidad, que requiere unas habilidades y apoyos que no siempre se encuentran. Supone ir construyendo un verdadero esqueleto compuesto por muchas partes articuladas entre si, no antagónicas. Al mismo tiempo que se es realista y se tiene mucho en cuenta un equilibrio de fuerzas, el diseño de las propuestas tiene que dar respuestas a las principales demandas de las partes o a sus objeciones, y estas respuestas normalmente acaban siendo iniciativas intermedias o nunca pensadas por adelantado, cosa que implica un notable esfuerzo de imaginación, puesto que el resultado final puede ser un acuerdo diferente del previsto. Durante estas últimas semanas, vamos viendo estos primeros tanteos en la mesa de negociación sobre Ucrania, con algunas propuestas que no tienen precedentes. Una, por ejemplo, que el acuerdo final tenga unos países garantes que den seguridad a Ucrania para el próximo futuro, incluido el aspecto militar, y con propuestas que implican los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Es solo uno de los ejemplos, pero que tiene una dificultad enorme para concretarse de manera realista.

La paradoja de este asunto, mirando las estadísticas iniciales, es que, a pesar de haber empezado a negociar de forma temprana, cada día que pasa hay más elementos que obstaculizan aquello que se ha propuesto o pensado el día anterior. Por lo tanto, siempre tendrá que compaginarse la urgencia con el realismo, puesto que no hay nada peor que firmar un acuerdo sabiendo que no se cumplirá. Un acuerdo de paz tiene que ser una cosa sagrada, y solo lo será si las dos partes están plenamente convencidas de su validez y hay el apoyo internacional para hacer cumplir lo que se ha acordado.

Vicenç Fisas es analista sobre paz y conflictos
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