¡Ser vandalizado! ¡Qué honor!

Leemos en el ARA que el mural de la calle Obradors dedicado al seleccionador español Luis de la Fuente en el Barrio Gótico de Barcelona “ha aparecido vandalizado menos de 24 horas después de que lo pintaran”. La pintura, que es obra del artista Alberto León, enseña –o más bien, enseñaba– al entrenador con la Copa del Mundo después de la victoria de España en el Mundial de fútbol.

Ahora parecerá que me comparo con el entrenador, porque hace unos meses en el Ayuntamiento de Sant Andreu de la Barca me dedicaron un “banco literario” delante de la biblioteca. Estuve muy contenta, me pareció increíble. Había un fragmento de novela mía en el respaldo, y el dibujo... Lo mejor es que el “mi” banco compartía protagonismo con otros dos: uno dedicado a Federico García Lorca y otro dedicado a Antoine de Saint-Exupéry. Al ser yo la única autora viva –de momento– del trío, me pidieron si podía ir a inaugurarlo. Yo les dije que sí, que encantada, pero que iría cuando ya estuviera “vandalizado”. Mi banco será un banco de verdad, un banco vivo, un banco del todo literario, cuando encima de alguna frase mía que quizá estuve pensando toda una mañana haya un genuino “Paga la droga” escrito con spray, y el no menos genuino dibujo de una titola, de aquellas que tienen cuatro pelos en la zona testicular y una gotita en la zona prepucial.

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Me senté allí un día, en solitario, y pensé que, finalmente, yo misma podía decir que aquello que escribo está hecho con el culo. Y estoy segura de que el entrenador de la selección también está contentísimo con su mural (pero no tanto como Cristiano Ronaldo con su estatua, claro). Quiero decir, con esto, que las obras de calle están ahí para ser “completadas”. Y el hecho de que alguien las complete nos recuerda –porque es algo que se olvida muy a menudo– que nada de lo que hacemos es muy importante.