Una ventana peligrosa
Poco después del ciclo electoral 2023-24, que otorgó el poder autonómico y municipal al PSC, escribí en este diario que los socialistas ocuparían el centro del tablero político catalán durante un montón de tiempo, y que sus rivales deberían concentrarse en sustituir la dispersión por el reagrupamiento, al menos desde un punto de vista táctico. Incluso me preguntaba si el soberanismo catalán ya había llegado a su El Álamo,es decir, en el punto en que sólo vale cerrar filas y atrincherarse para hacer frente a un enemigo más fuerte. En ese momento, me parecía que esta solución a la desesperada era prematura, porque significaba renunciar a décadas de catalanismo integrador y con voluntad de hegemonía.
¿Dónde estamos ahora mismo? No más cerca de El Álamo.A pesar de algunas alarmas evidentes: sociológicamente, Cataluña es aún más diversa –y, por tanto, el elemento autóctono y el idioma propio son más débiles– y la capacidad de seducción del catalanismo está en entredicho porque el país, si bien se mantiene fuerte en algunos aspectos primordiales de su talante, como el espíritu comunitario y la capacidad emprendedora, en otros acuerdos que permitan garantizar el bienestar y el progreso de la mayoría de la población. No hay consenso ni para incrementar el nivel de autogobierno, ni para reformular la relación bilateral con el Estado ni para obtener una financiación más justa (a pesar de los avances parciales habidos a causa de los acuerdos entre el PSOE en minoría y el independentismo).
Hace diez años, un estado de cosas similar llevó a la propuesta del nuevo Estatut y la eclosión del soberanismo como fuerza electoral mayoritaria, pero el triste desenlace del Proceso (que Albert Sánchez Piñol acaba de novelar de forma alegórica en Después del naufragio) ha hecho que, en el presente, la respuesta al callejón sin salida sea bien diferente. El independentismo decepcionado se ha encumbrado, se ha hecho menos poroso y, en parte, ha sucumbido al argumentario fácil de la ultraderecha. Y el españolismo también se ha radicalizado en torno a Vox, lo que hace que los socialistas, todavía en medio del tablero, se muevan en un equilibrio inestable, suspicaces con las esteladas y enfrentados al neofranquismo, y aten su futuro al de Pedro Sánchez, en una especie de azote cada vez más, porque el PSOE es cada vez más, porque el PSOE es sin más abrazo doble.
La crisis de gestión de los servicios públicos (que está estropeando el relato de Salvador Illa, y más que lo hará si no hay presupuestos) y la agresividad de la derecha española abren una ventana de oportunidad para el independentismo, para incrementar su incidencia y su cuota de poder... siempre que su relato deje de arrepentirse en los axis. Lo que, claro, será más difícil si sus jefes de filas repiten los mismos eslóganes de 2017, que hoy en día suenan, fatalmente, en engaño. Un nuevo relato soberanista debería marcar la soberanía pactada como horizonte, cierto. Pero mientras no se alcance la mayoría necesaria, mientras el PSC domine el centro del tablero, es necesario utilizar la fuerza democrática para arrastrarlo hacia un nuevo consenso, con estas metas: enmendar el modelo productivo de Catalunya, repensar Barcelona, construir una hacienda propia, defender el catalán a cualquier precio y mejorar la gestión de los servicios públicos. El PSC puede negarse, si quiere; pero el independentismo no puede dejar de proponerlo. Si todo se deja para el día siguiente de una hipotética DUI, Junts, ERC y la CUP habrán fracasado de entrada. El sentido del tiempo, en política, es el que separa la vida y la muerte, y una ventana de oportunidad también puede ser una invitación al suicidio.