PP y Junts: una cuestión de tradición política

Carles Puigdemont entrando en su casa, en Waterloo, en julio del 2023
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La contestación de Junts a la propuesta del PP (tener su apoyo para sacar adelante una moción de censura presidencial, con convocatoria de elecciones en breve y sin Vox de por medio y bla, bla), fue pedirles que fueran a plantearla ante Carles Puigdemont en Waterloo. Esto ha generado bromas de todo tipo, y con razón, porque la respuesta es ocurrente. Los políticos han aprendido a imitar a sus imitadores, y la idea de que Feijóo —o Miguel Tellado, o Cuca Gamarra— fueran a Bruselas a suplicar el apoyo de Puigdemont genera en la cabeza de muchos un posible gag del Polònia. Sobre todo, después de haber pasado ocho años señalando a Puigdemont como el peor criminal de la historia de España (algún escritor inflado ha llegado a decir no hace mucho que el Procés fue todavía más peligroso, “en cierto sentido”, que el fascismo. Esta clase de despropósitos son productos de un estado de opinión generado muy principalmente desde el PP y sus confluencias judiciales, policiales, mediáticas y digitales). Sería una escena divertida, ciertamente. Pero sobre todo es una escena inviable, que no veremos.¿Por qué? Principalmente a causa de la trayectoria del mismo PP en estos últimos ocho años, que le han llevado a atar su futuro con el de Vox, y con nadie más. No tienen más interlocutores, ni siquiera entre partidos como Junts o el PNB, tradicionalmente llamados “nacionalistas” (se ve que el PP no debe serlo, de nacionalista) pero con los cuales comparten, supuestamente, la ideología liberal, conservadora o de centroderecha. El problema, sin embargo, es que el PP nunca ha formado parte propiamente de la tradición liberal, y la deriva actual no hace más que confirmarlo. La tradición a la que pertenece el PP es la de la derecha autoritaria españolista ancestral, la de los señores, los caciques, los pronunciamientos militares y los golpes de estado. Vienen de aquí, no de leer a Adam Smith y John Locke.Sea como sea, aquello que impide a Feijóo ir a Waterloo no es el 155: el PSOE también apoyó, y aun así Santos Cerdán, y también Zapatero, fueron correctamente recibidos, se llegó a acuerdos políticos, etc. El problema, por lo tanto, no es que Puigdemont cierre la puerta de Waterloo, sino que el PP no tiene manera de llamar sin parecer el lobo feroz ante la casa de los tres cerditos. Algo equivalente le pasa con el PNB. El motivo es que todo el mundo sabe que el PP no puede prescindir de Vox para hacer presidente a Feijóo (o a cualquier otro candidato o candidata que presentase), y todo el mundo sabe también qué retroceso supondría eso en todos los ámbitos de una democracia ya de por sí demasiado frágil y corrompida. Por otra parte, hay un motivo que hizo explícito hace unos días el periodista Carlos Alsina —un periodista de línea editorial también conservadora y unionista, pero honesta— al despedirse como presentador del tramo informativo del programa matinal de Onda Cero: “No ayudar a hacer llegar al gobierno a quien no ha sido capaz de llegar por sí mismo”. Otro comportamiento muy antiguo de la tradición política de la que procede el PP es ganar por la fuerza, o haciendo trampas.

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