La vida y la ciudad
Justo el miércoles conversaba en el Pabellón Mies van der Rohe con Pol Esteve y Marina Povedano, ambos arquitectos y pensadores, reunidos alrededor del proyecto ¿Llueve suficiente?, una activación del conocidísimo edificio que recoge y reutiliza agua de lluvia para transformarlo en una fuente habitable de Montjuïc: un lugar para entrar, permanecer, compartir y generar comunidad. La instalación, concebida por Cierto Estudio, H3o y Metrònom, quiere abrir preguntas sobre el origen del agua, las infraestructuras escondidas que la hacen llegar hasta nosotros y sobre la necesidad de repensar su gestión más allá de su uso inmediato y de la comodidad cotidiana: la cosa consiste en hacer visible el volumen de agua que se evapora de la balsa del pabellón —en la cual, lo recordarán, metieron los pies los candidatos a la alcaldía en la campaña de 2019— mediante unos depósitos que van rellenando el agua desaparecida con volumen hídrico del freático. Conversando con Pol y Marina, más allá de divagar sobre la poeticidad del gesto y de la cosa performativa del arte contemporáneo, descubrí que, cuando fue concebida, la balsa del Mies podía estar llena de vida (microbios, nenúfares), pero que la arquitectura moderna, hacia finales de la década de los cincuenta, la convirtió en el monumento más significativo de la época y en un icono visual, según Povedano, desvinculada de "sus condiciones materiales, ambientales y temporales", y "convertida en un objeto puro, autónomo e inmutable". Hoy todavía es esta clase de momia museográfica, y la balsa, un espejo en el que se puede ver reflejada: una superficie que redobla su belleza, pero que niega la vida. Se ve que en 2021, explicaban los arquitectos, Andrés Jaque propuso una intervención, Phantom: Mies as Rendered Society, en la que mostraba al público los materiales ocultos que permitían mantener el pabellón en aquellas condiciones de conservación y control: el arquitecto desmanteló el sótano del edificio y desveló el fantasma que mantiene, por ejemplo, el agua cristalina y sin ni una sola alga. De alguna manera revelaba que la forma había ganado al fondo. Después de la conversación, un poco desorientado (un escritor entre arquitectos intentando salvar el tipo hablándoles de los poemas de lluvia y agua de Verdaguer y Carner), pensé en todos los lugares de la ciudad que, como el pabellón, tienen esta cosa cosmética que aleja la vida: la plaza de los Ángeles, las Ramblas, la plaza Universidad... y cada uno podría ir enumerando lugares según sus recorridos cotidianos. Hay quien hablará de la plaza de los Países Catalanes, en Sants, o de la plaza de Lesseps, en Gracia; y podríamos escribir una lista bien larga, pero ahora no se trata de eso, sino de entender que lo que tienen en común, estos lugares, es que se han convertido en espacios que, como la balsa del Mies, reflejan su propia imagen y poco más. Y que, poco a poco, o con más prisa, en algunos casos, han desplazado la vida de lugares donde, de entrada, la idea era que hubiera vida. Quizás por eso se han convertido en meras zonas de tránsito, en el mejor de los casos, o en monumentos relicarios donde uno solo va a peregrinar. Lo que da más miedo, sin embargo, es cómo se seguirán transformando estos lugares con nuevos desafíos como, lo vemos ahora, los veranos impracticables: personas mayores que ya no se sientan al fresco en los bancos, niños que ya no juegan a pelota bajo el sol abrasador, vecinos que ya no se encuentran. ¿Dónde se acompañarán los ancianos? ¿Dónde jugarán los niños, qué forma tendrán sus veranos? ¿Y con quién acabaremos hablando al volver de la compra, o de camino al mercado, si la compra nos la traerá alguien a casa, evitando las calles? Son preguntas ingenuas, lo sé, pero no por ello menos urgentes. Quizás haría falta que alguien como Andrés Jaque exhibiera los mecanismos ocultos, subterráneos, que hacen que la ciudad se configure así, y que la vida se desahucie de los espacios donde se la esperaba. O, bien mirado, ya lo tenemos todo ante nuestras narices y somos nosotros quienes no lo queremos mirar.