En Barcelona han sido dos días intensos. El pobre Papa, después de la excursión canaria con el fracaso final del avión estropeado (¡qué ridículo, la compañía Iberia!), hacía cara de cansado, y me pareció como si cojease un poco. Pero el oficio de papa comporta estas cosas. En España, que era la excusa para que la visita papal no fuera únicamente catalana y gaudiniana, hicieron todo lo que pudieron para quedar bien. Los reyes –la reina con el privilegio blanco– y todo el atrezo de obispos y cardenales. En Cataluña fue un poco diferente, porque aquí tenemos un poco más de buen gusto y sabemos hacer las cosas un poco mejor. De hecho, la visita catalana tuvo dos escenarios principales: Montserrat y la Sagrada Familia. Lo que me sorprendió fue que el acto montserratino consistiera en rezar el rosario. ¡Un rezo tan poco litúrgico! Pero Montserrat ya no es lo que era, aunque el coro ofreciera un espectáculo digno de los mejores tiempos de la abadía, los tiempos gloriosos del abad Escarré. El coro aparecía lleno: obispos y cardenales y cantores, en lugar de monjes; que, de monjes, cada día hay menos…
En Montserrat el Papa tenía que ir por fuerza. Sobre todo por su sentido simbólico. Pero la visita del Papa a Barcelona era para todos el show gaudiniano. La basílica no está terminada, pero la torre más alta sí. Y esta fue la excusa para montar una bendición precisamente el día del centenario de la muerte del arquitecto. Yo, cuando era joven, era partidario de dejar la obra de Gaudí tal como estaba. De hecho, confiaba en que no se acabaría nunca, y eso me tranquilizaba. Pero, chico, aparecieron los japoneses y empezaron a dejar sus yenes y la mole (baluerna) gaudiniana empezó a crecer sin parar. Y ahora ya se ve cómo será todo cuando se acabe de verdad, cuando la fachada de la Gloria ponga el punto final. Yo espero que se lo encarguen a Miquel Barceló: al menos habrá una cosa interesante en todo el conjunto. Ha llegado el momento de decir que la Sagrada Familia no me gusta nada, que la considero el monumento más feo de Barcelona y que esta torre tan alta, rematada por la cruz más horrible posible, esta torre que ha provocado la visita del Papa, es la más alta del mundo (¡en una iglesia!), pero también la más fea. Pero, en fin, aquí la tenemos. Subirán los turistas al interior de la cruz (pagando entrada) y verán Barcelona a sus pies, como ven París los que suben a la Torre Eiffel.
En Cataluña se habla el catalán (cada día menos) y cuando se organiza un show de estos siempre aparece la molesta lengua catalana para estorbar a los organizadores. Las primeras noticias fueron que todo se haría en castellano, la lengua de España, que por algo el viaje papal era a España y no a Cataluña. Después dijeron que habría trozos, trocitos, en catalán. El pobre Papa tuvo que aprender a decir "Buenos días"y a pronunciar como pudo fragmentos que le habían elegido para que los leyera en catalán. Y así fue. Saltando de una lengua a otra, del catalán al peruano, se fueron desarrollando las ceremonias y las celebraciones.
La visita del Papa fue un despliegue de seguridad impresionante. Policía, Mossos y, además, la Guardia Suiza, vestida de paisano (qué pena, qué bonito habría quedado aquel uniforme de rayas azules, amarillas y rojas bajo los plátanos del Eixample…). Vi que entre estos suizos de paisano había un par de especialistas en alzar bebés hasta el Papa para que los bendijera. Siempre eran los mismos, sobre todo uno, alto, bien plantado, impecablemente peinado.
Esta seguridad tuvo un papel, parece, represivo, sobre todo al final del acto de la Sagrada Familia. Fueron saliendo los niños cantores, con unas luces en las manos. Los cantores adultos debían salir después y, así, cantar todos juntos. Pero los niños tuvieron que cantar solitos. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban los mayores? Pues los mayores estaban retenidos por la seguridad. ¿Por quién? ¿Por la Policía? ¿Por los Mossos? Como en el concierto de Sant Esteve, en el Palau, al final los cantores despliegan senyeras y esteladas y cantan Elssegadors, alguien tuvo miedo de que pasara algo parecido. Les obligaron a salir fuera y los retuvieron. El cardenal Omella respiró hondo. El presidente Illa respiró hondo. El alcalde Collboni respiró hondo. Y todos los que lo sabían, también.
Y así se acabó la visita papal, sin inquietudes, sin contratiempos, sin tener que dar explicaciones. Cataluña está pacificada. De todo aquello del Procés no queda nada.