Vivienda e intereses de clase

El reaccionarismo español y el catalán rechazaron la semana pasada los decretos de urgencia sobre vivienda que podían paliar, que no resolver, la situación de emergencia residencial que sufre una parte importante de la población. Había un clamor social para que se afrontase. Junts ha asumido el relato de los grandes tenedores y especuladores inmobiliarios, como también el de los rentistas pequeños y medianos que han contribuido a tensionar, y de qué manera, este mercado. Con su posición, no han defendido los intereses de sus votantes ni de los que son propietarios de su vivienda, sino los de los especuladores con apartamentos turísticos y grandes tenedores de pisos. Lo plantean como una mera cuestión técnica, pero el tema es radicalmente político. O defendemos intereses particulares o bien generales, esto es indiscutible. Cuando alguien puso en duda la existencia de la lucha de clases, el gran financiero Georges Soros dijo: “Sí que hay lucha de clases, y la que va ganando es la mía”. Soros es un especulador que era lo suficientemente sensato para decir que no entiende que a él se le aplique un tipo impositivo por debajo del de su secretaria. Hay quien está en política para defender lobis, fondos buitre y a las minorías extractivas. No lo disimula que se envuelvan en banderas o discursos falsamente técnicos. Afirman los entendidos que el acuerdo para validar uno de los decretos estaba hecho, y que fueron Puigdemont y su antipática representante en Madrid quienes lo echaron atrás.

Con todo, esto va más allá de la vivienda y formaba parte de una amplia estrategia para hacer caer al gobierno de Pedro Sánchez, objetivo por el cual la derecha catalana, la hispánica y la de más allá están dispuestas a todo. Es aquí donde ha jugado Junts. La patronal y los grandes sectores económicos, también los mediáticos, hace meses que claman por ello, y reclamaron a los exconvergentes que se alinearan convenientemente. Lo han hecho. Puigdemont también quería esta situación de aparente caos y de confrontación con el PSOE para regresar a Cataluña, donde cree que todavía se le espera con los brazos abiertos. Aquellos que reclamaban una vuelta a la moderación y al pujolismo por parte de Junts pueden ir esperando. Parece que son los 'juntaires' los primeros convencidos de que este espacio político ya no existe, que el catalanismo político ha sido fagocitado por la frustración independentista. Se opta por alinearse con el reaccionarismo a ultranza y por surfear en el trumpismo que triunfa en el mundo, intentando que Alianza Catalana no les coma el pastel electoral y la representación de los intereses más espurios de una burguesía catalana que hace tiempo que perdió la grandeza que había tenido en el siglo XIX.

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En la apresurada convocatoria de elecciones por parte de Pedro Sánchez, la mejor opción que tenía, existe un cierto reconocimiento de que el pacto forzado de 2023 con Junts fue un error. Resultaba evidente que el coste sería muy alto y que los beneficios políticos serían muy escasos. Los que en Cataluña conocíamos de qué va el asunto sabíamos que no habría ningún tipo de lealtad al pacto y que las exigencias resultarían un desgaste inasumible, como así ha sido. El gobierno español cumplió con la ley de amnistía, no entendida por todos y que ha marcado negativamente la legislatura. Se ha mordido reiteradamente la mano de quien pagaba un alto precio por esta condonación de las condenas penales. Además, han obtenido cargos bien remunerados en empresas públicas e, incluso, en Cataluña se les han entregado espacios de la radio pública y un canal de televisión para que pudieran mantener los mantras del Procés, entregándoles incomprensiblemente la hegemonía cultural. No ha sido suficiente porque llevan el supremacismo y la deslealtad en el ADN político. Serviría aquí la fábula sobre la rana y el escorpión, aunque, a diferencia del cuento de Esopo, aquí el escorpión no se ahoga.

El clima de movilización del mundo progresista en torno a la vivienda da posibilidades de una nueva victoria a las izquierdas españolas. A pesar de la tendencia global en favor de la carcundia, si el votante progresista se moviliza no hay nada escrito, aunque las derechas, ya todas extremas, partan con ventaja. Lo que es evidente es que cualquier mayoría de progreso debe ser real, y que no se puede contar con Junts, partido que, de paso, parece que perderá una buena parte de su electorado, que puesto a optar por derechas extremas preferirá los originales y no las malas copias. Se tendrá que hacer sin ellos y contra ellos, porque no representan ninguna solución ni ningún cambio, solo regresión e intereses.