Las voces azules y el Rey marcial

Hay dos maneras de aprender política. Una es estudiar la política como “ciencia” y otra pelear en la política entendida como terreno de combate. Normalmente los politólogos se dedican a lo primero, los dirigentes y los militantes de las organizaciones a lo segundo y los periodistas deberían estar a medio camino entre esas dos maneras.

Un politólogo que no haya practicado la política podrá escribir buenos libros y ganar muchos premios pero, por mucho que esté de moda la consultoría, yo jamás recomendaría a un dirigente contratar los servicios de quien no haya practicado la política de combate (sería como poner a un cura –de los pocos rigurosos con el celibato– de terapeuta sexual).

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Un dirigente o un militante, aunque no estudie, puede ser un gran político, si su experiencia y su laboriosidad le han formado un buen instinto. De hecho, hay figuras políticas notables que no leían libros (Adolfo Suárez es una de las más conocidas en ese patrón). Pero ese tipo de dirigentes, aunque sean hábiles, suelen carecer de recursos para entender el sentido histórico de ciertos procesos políticos. Alguien me dijo una vez que lo suyo no era esa “alta política” que me interesaba a mí, sino “las cosas del comer”. Aquello que me dijeron pretendía ser la lección de política de clase que le da el sindicalista al profesor. Hay muchos políticos profesionales progresistas que acaban siendo tecnócratas progresistas especializados en políticas públicas.

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Después están los periodistas que, obviamente, hacen política dentro de los límites de su conciencia y de su empresa. Ya decía Napoleón que cuatro periódicos hostiles son más temibles que mil bayonetas. Hay periodistas que solo leen y replican lo que escriben otros periodistas pero hay algunos, que además estudian. Fíense más de estos.

Todo este rollo que les cuento es para justificar que me quiero apoyar en las reflexiones de un periodista que lee y en las de un militante que también lee para esbozar un razonamiento sobre la situación política tras el 23-J.

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El periodista es Enric Juliana y escribió esto hace dos días en La Vanguardia: "La cultura política dominante es otra. Es la cultura de la embestida, y de ella surgen las voces azules que comienzan a cuestionar a Feijóo por su insuficiente victoria. Ayer se lanzó la primera bengala de aviso. La disparó Esperanza Aguirre. La continuidad o no de Núñez Feijóo es asunto clave, puesto que no es fácil que Sánchez obtenga la investidura y puede haber nuevas elecciones antes de que acabe el año."

El militante es Rafa Mayoral y escribía hoy en El Salto esto otro: "La monarquía sigue siendo el freno de mano de la oligarquía ante cualquier avance democrático. El rey es el representante de los que mandan sin presentarse a las elecciones, pasaba con el anterior, el campechano, y sigue pasando con el actual, el marcial. El rey ha perdido las elecciones."

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Juliana, como digo, es un periodista de los que leen y eso se nota. Y además fue militante; del PSUC nada menos. Mayoral lleva militando desde los 14 años; desde las juventudes del PC punto de Ignacio Gallego, pasando por la PAH y hasta Podemos. Y Mayoral es de los militantes con responsabilidades que estudian. Y eso se nota en la profundidad de lo que dicen y que contiene las claves fundamentales del momento en el que estamos.

Lo importante, en realidad, no es si Pedro Sánchez sacará la investidura tras llegar a un acuerdo con Puigdemont o si, por el contrario, habrá otra vez elecciones en diciembre. Lo importante es si la frágil mayoría plurinacional emprende una hoja de ruta de reforma del Estado en una dirección republicana. Eso sería lo único que, en el medio y largo plazo, serviría para ganarle a las voces azules.