Catalangate: una crisis que ha envenenado la relación PSOE-ERC

El cierre de filas socialista alrededor de Robles deja a los republicanos con muy poco margen

Delegado En MadridEl domingo 24 de abril por la noche, la ministra de Defensa, Margarita Robles, llama a una dirigente de ERC a quien conoce de hace tiempo. La reunión entre Félix Bolaños y Laura Vilagrà en Barcelona ha caído como una bomba en su ministerio y ella pretende saber de primera mano cómo respiran los republicanos. “Tú dime de verdad qué piensas”, le dice a su interlocutora. La conversación, sin embargo, va mal. Robles anticipa cuál será su línea de defensa durante toda la semana: que el CNI no ha hecho nada mal. Y que no piensa ceder.

Así pues, en ERC ya saben el lunes que hay que prepararse para una defensa numantina de Robles. Precisamente por eso, van con mucho cuidado a la hora de pedir responsabilidades y no ponen nombres sobre la mesa. No quieren, de momento, ponerse, una soga al cuello. En ERC tienen muy presente el escándalo del Cesid de 1995 que provocó la caída del vicepresidente Narcís Serra, el ministro de Defensa y el director del CNI. Y no entienden por qué ahora no se actúa con la misma diligencia. Aquí se produce una especie de disociación cognitiva entre unos y otros: los hechos son los mismos, pero la visión que tiene cada uno es radicalmente diferente.

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En ERC creen que pueden presionar para obtener algún resultado aprovechando que el jueves hay una votación clave en el Congreso. “El único lenguaje que entiende el PSOE es tocar su agenda legislativa”, dice Gabriel Rufián el martes por la mañana. ERC arrastra a Bildu, que también pone en el congelador su apoyo al decreto. Las alarmas se encienden en el PSOE. Sin Bildu no salen los números.

Robles contra el ‘New Yorker’

A pesar de esto, dentro del Gobierno español la posibilidad de dimisiones ni se plantea y el debate está entre desmentir y desacreditar de entrada la información del New Yorker, la vía que el CNI le exige a Robles, o bien ganar tiempo con un discurso más contemporizador, la vía Bolaños y también la de Sánchez. Esta dualidad se hace evidente el martes. Después del consejo de ministros, el ministro de Presidencia es muy prudente. Bolaños conoce el prestigio del New Yorker y no quiere patinar. A la ministra de Defensa, en cambio, esto le da igual. “¿El New Yorker? No conozco este medio”, dirá con desprecio en una respuesta en el Senado. Los independentistas se indignan y el autor del reportaje, el periodista Ronan Farrow, hijo de Mia Farrow y Woody Allen y ganador del Pulitzer en 2017 por el reportaje sobre los abusos sexuales de Harvey Weinstein que provocó el movimiento Me Too, hace un tuit para recordarle a la ministra el currículum de la revista. En cualquier país del mundo este ridículo monumental habría tenido consecuencias, pero en España la prensa conservadora todavía practica la anglofobia fruto de la leyenda negra y acusan a los medios anglosajones de ser proseparatistas y antiespañoles. “¿El Washington Post? ¡Bah!” Un diputado de ERC empieza a ver que las cosas no están saliendo cómo quieren. “Son unos irresponsables”, comenta en privado.

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El CNI, mientras tanto, utiliza El Mundo para lanzar un mensaje muy claro: Robles es intocable. El diario hace editoriales donde denuncia que el PSOE está dejando sola a la ministra. Es un aviso para navegantes. El PSOE está cada vez más atrapado y solo tiene una carta: constituir la comisión de secretos oficiales para que comparezca la directora de los servicios secretos, Paz Esteban.

Es en esta atmósfera envenenada que se llega al día clave: el miércoles. A preguntas de Rufián, Sánchez no sale del guion y promete que su gobierno quiere aclarar los hechos. Pero entonces llegan las preguntas a Margarita Robles, que está visiblemente alterada. La primera en preguntar es Miríam Nogueras, de Junts, y Robles mantiene su tono amenazante del día anterior (“Espero que en esta comisión salga todo e igual muchos de los que ahora dan lecciones tendrán que callar”), pero frena a tiempo. La segunda pregunta es de Inés Arrimadas, que la pincha, pero no la llega a desestabilizar. “¡Orgullo de CNI y sus servidores públicos!”, clama Robles ya fuera de sí. Y el tercero es Aitor Esteban, del PNV, que sí que lo consigue. ¿Cómo? Con una frase que va directa al orgullo más íntimo de Robles: “¿Qué ha sido de aquella juez progresista que era usted?” Y así llega el turno de Mireia Vehí (CUP). Pasan pocos minutos de las 10 de la mañana y Robles ya no puede más y estalla: “¿Qué tiene que hacer un Estado, qué tiene que hacer un Gobierno, cuando alguien viola la Constitución, cuando alguien declara la independencia?” A su lado, María Jesús Montero y Pilar Llop están serios, intuyen que aquello es un error porque está justificando el espionaje. Su escaño Albert Botran, de la CUP, ríe. Sabe que han hecho diana.

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Aragonès reacciona

Curiosamente, en aquel momento, Gabriel Rufián no está en el hemiciclo. Pero las palabras de Robles viajan a Barcelona y aterrizan en plena sesión de control al presidente. En ERC concluyen que aquellas palabras dinamitan la legislatura. A las once y media, Aragonés, visiblemente incordiado, pone precio a la reanudación de relaciones con el PSOE: la cabeza de Robles. Ya no hay marcha atrás. El día siguiente ERC vota en contra del decreto, pero deja las manos libres a Bildu, lo que es una invitación a salvarlo. Una voladura controlada. Los abertzales, sin embargo, no están especialmente contentos con el papel de salvadores del PSOE. Su mal no quiere ruido y prefieren trabajar en un segundo plano.

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Finalmente, volvemos a la disociación cognitiva. El PSOE insiste en que todo ello es un malentendido y que se acabará solucionando. “Ya hemos pasado otras veces por crisis parecidas”, afirma una ministra. “Siempre nos quedará Bildu”, comenta de forma socarrona un compañero de gabinete. El portavoz socialista en el Congreso, Héctor Gómez, visita el ARA el viernes para arreciar el apoyo del PSOE a Robles. Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. Hay preocupación porque ven que la comisión de secretos no resolverá nada. También temen el efecto de un posible descuelgue de ERC sobre los otros socios y UP, que también ha entrado en ebullición.

El PSOE sigue sin plantearse hacer caer a Robles, que es su nexo con el deep state. Y menos antes de las elecciones andaluzas. ¿Cómo se puede reconducir la crisis? “Con prudencia”, dice un veterano diputado socialista. Sin embargo, ni unos ni otros tienen mucho margen para ceder.