La extrema derecha toma posiciones para llenar el vacío del posproceso

BarcelonaLa última encuesta publicada por el ARA pronostica un aumento de las dos extremas derechas, la españolista y la catalanista. Mientras Vox obtendría entre 14 y 17 diputados, Aliança Catalana multiplicaría por diez (o más) la representación, y obtendría una horquilla de entre 20 y 22 diputados. Si hacemos caso del sondeo, en la franja alta de la horquilla habría más de un cuarto de parlamentarios de extrema derecha en la cámara. Son datos graves que, antes de que devengan una realidad política y social, requieren una reacción rápida por parte del país.

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Hasta ahora, se había apuntado la tesis de “la equiparación europea” como una especie de consuelo ante la llegada del fenómeno extremista a casa nuestra. Al fin y al cabo, como cualquier sociedad (des)industrializada compartimos los elementos que se acostumbran a citar para explicar su auge global: las desigualdades crecientes, los movimientos migratorios, la segregación, las políticas verdes, las burbujas mediáticas o la angustia ante la globalización. Y es cierto.Sin embargo, si repasamos las proyecciones demoscópicas, llaman la atención como mínimo dos elementos diferenciales. Por un lado, la convivencia, y crecimiento más o menos separado, de dos extremas derechas de signo nacional opuesto (aunque podría haber votantes que transitan entre ellas). Por otro, que la fragmentación independentista mutaría rápidamente hacia una apuesta por el repliegue identitario que propone Aliança Catalana, inédito dentro del nacionalismo catalán democrático, pero sin llegar a alcanzar la mayoría dentro del movimiento. Di Cesare, Lefort o Rancière han argumentado que el mal de las democracias europeas es en realidad una especie de vacío generado por la misma lógica liberal. Según ellos, las democracias fallan porque los mitos fundadores de los grandes estados europeos y de sus propios ideales políticos se han ido extinguiendo. Es una tesis con lagunas, como todas, que sitúa el auge de la nueva extrema derecha en la voluntad política de llenar el vacío democrático de nuevos marcos simbólicos.Si bien puede resultar atrevido trasladar esta teoría a nuestra casa, también parece que puede ayudar a comprender algo. El vacío propio de la Cataluña post-procés es quizás bastante más profundo que el de cualquier otra democracia. Las características de la economía catalana y su demografía seguro que son enormemente relevantes, sobre todo por la falta de capacidad institucional propia para afrontar los retos; pero a la vez el elefante en la habitación es el vaciamiento de proyectos de país en el paisaje post-procés. Ni el Estatuto de 2006, recortado posteriormente, ni por supuesto la independencia, pero tampoco el unionismo aferrado o el autonomismo, han conseguido imponerse como marcos políticos estables desde hace más de dos décadas. La falta de horizontes abre la puerta a una antipolítica nostrada, pero también a un tipo de instinto de supervivencia entre el nacionalismo catalán.La catalanidad "pura"

La "normalización" política propuesta por el PSC no parecería hacerlo crecer hacia una hegemonía, no es un proyecto claro de país. Además, a pesar de todo, tampoco es capaz de domesticar el españolismo desbocado. Y este vacío es aún más sentido en el campo independentista. Escapado desde 2017 por la vía de la represión, ahora ya sin estrategias claras y ni siquiera el liderazgo de la oposición parlamentaria, tiene campo para correr el deseo "de llenar el vacío" apelando a la simbología de la catalanidad "pura" como hace Aliança Catalana. Es una estrategia que paradójicamente consiste en la renuncia al país, porque significa la reducción del pueblo a la definición nacional partidista.Afortunadamente, las encuestas son una fotografía de un solo momento, a menudo distorsionada por proyecciones imprecisas. Sea como sea, si esta es la tendencia demoscópica, tal como muestran otros indicadores, convendría tomar nota. El vacío político, como en la física, no existe.