El handicap de ser un presidente no demonizado

BarcelonaUno de los objetivos de Pere Aragonès cuando asumió la presidencia de la Generalitat fue recuperar la institucionalidad después de la etapa de Quim Torra para ser "presidente de todos los catalanes", eso sí, desde una perspectiva republicana. No hay duda de que hoy en día la figura de la presidencia no polariza tanto a la sociedad catalana como a la época Torra, Puigdemont o incluso el último Mas. Aragonés se cuida mucho de moverse siempre en el ámbito de los grandes consensos (referéndum, autogobierno, lengua) y no pisar ojos de piojo, porque el riesgo a evitar siempre ha sido que la mitad de población que no comulga con el proyecto independentista no viera la Generalitat como una institución ajena o incluso hostil, como había llegado a ocurrir.

Pero eso, que es su principal logro como presidente, evitar la ruptura de una parte del país con su institucionalidad, resulta ser también su principal handicap como candidato a la reelección. ¿Por qué? Pues porque Aragonès es el primer presidente de todos los citados que no es demonizado por los medios conservadores españoles, al menos no al nivel de los demás y que hizo que ocuparan muchas horas de pantalla en las televisiones y de tertulia en las radios. Y la realidad es que en el mundo político actual, como saben personajes como Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, lo que funciona es la polarización máxima. Muchos independentistas votan, por decirlo lisa y llanamente, "aquel que más joda en España", algo que en el 2004 propulsó ERC en el Congreso con la candidatura de Josep Lluís Carod-Rovira, el pionero de la demonización, y en el 2019 explica el gran resultado de Carles Puigdemont en las europeas.

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Pero Aragonés no puede jugar esta carta sin traicionar a sí mismo. Aunque sus asesores busquen desesperadamente la forma de que el presidente polarice directamente con personajes como Ayuso o Mazón, el PP ya ha elegido su palabra fetiche para atacar a Sánchez, que no sino el gran demonizado "Puidemon". El presidente tiene sólo una carta por jugar: el tiempo. El tiempo es lo único que puede hacer que baje el suflé de las demonizaciones y entren en juego otras variables como la acción de gobierno. El tiempo puede hacer que los catalanes valoren tener un "presidente normal", al estilo de François Hollande, después de una etapa marcada por un exceso de épica. Aunque, en este caso, algunos dirán que Salvador Illa sería aún más "normal" que Aragonés.