Día nacional

¿Hay alguien en Europa que se manifieste más que los catalanes?

Del obrerismo histórico al independentismo cívico: analizamos con expertos de dónde nace la pulsión por tomar las calles

12/09/2026 - 14:27 h.

BarcelonaDe las pocas veces que ha salido la ciudad de Barcelona de la boca de un presidente norteamericano fue en febrero de 2003, con George H. W. Bush, en plena Guerra de Irak. "La política de seguridad de los Estados Unidos no puede depender de si sale mucha o poca gente a las calles de Barcelona", afirmó el entonces ya expresidente estadounidense, en alusión a la capital de Cataluña inundada de personas, símbolos de la paz y carteles de "No a la guerra". Aquella imagen de una ciudad desbordada que captó la atención del mundo entero no era un espejismo ni un hecho aislado, sino el reflejo de un ADN movilizador arraigado en nuestra casa que tiene, en cada Once de Septiembre, uno de sus referentes.

La explicación a esta inercia movilizadora hay que buscarla en la misma historia y estructura social. Salvador Martí, profesor de ciencias políticas de la Universidad Pompeu Fabra, señala que hay una "relación bastante importante entre lo que podríamos llamar capital social, es decir, redes interpersonales y densidad asociativa, y la movilización". En este sentido, Cataluña ha sido históricamente un territorio con "una notable densidad asociativa, a través de muchos movimientos, desde el ámbito parroquial, el tradicionalmente anarquista, el libertario, y también, posteriormente, el obrerista", afirma Martí.

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Esta base industrial fue totalmente determinante. Según Jordi Mir, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), "los lugares que acostumbran a tener una base industrial o una industrialización también suelen tener una movilización importante que tiene que ver con las condiciones de trabajo y de vida". El activismo, de hecho, se alimenta a sí mismo: "La cultura de la movilización genera movilizaciones", afirma Mir, que pone de manifiesto que el hecho de tener un movimiento obrero y nacional potente favorece por inercia que en el futuro aparezcan nuevas luchas.

El camino hacia el pacifismo y las clases medias

Tras la Transición, la energía de las calles catalanas se canalizó hacia nuevos horizontes. Martí destaca que en los años ochenta surgen movimientos fundamentales como el pacifista, el anti-OTAN, el ecologista, el feminista y el de liberación gay. Ahora bien, la imagen puramente cívica y pacífica de las manifestaciones de hoy en día no siempre ha sido así. Mir recuerda que "el pacifismo no ha sido a lo largo de la historia una causa que haya tenido capacidad de movilizar". Históricamente, desde las tradiciones libertarias, se llegaba a pensar que "en determinados escenarios la violencia armada puede tener una función a la hora de transformar la sociedad", afirma el experto, especialmente cuando los ciudadanos no tenían derechos políticos garantizados. No es hasta las marchas contra la Guerra de Irak del año 2003 que el antimilitarismo se convierte en un fenómeno verdaderamente hegemónico.

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Este cariz cívico nos distancia enormemente del contexto europeo, especialmente del país vecino. Martí subraya que "Francia tiene una cultura política de la protesta muy robusta y sobre todo muy confrontativa". El experto asegura que "cosas que pasan en Francia serían impensables que pasaran en el estado español", ya que allí las jornadas de movilización pueden acabar "con 50 coches quemados" y con unos niveles de violencia contra el mobiliario urbano mucho más duros.

Toda esta densidad social culminó, durante la última década, en el proceso independentista, en el que la movilización "ha sido muy robusta, muy alta, y durante un periodo con mucha capacidad y con mucho músculo". Para Martí, el factor diferencial de este movimiento respecto a anteriores oleadas obreristas es que "entró posiblemente otro sector que históricamente no se movilizaba tanto, que eran las clases medias".

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Pero, ¿cómo se explica este atractivo hacia ciudadanos poco acostumbrados a la protesta de calle? Mir apunta al poder de la socialización: "Las ideas políticas también se ponen de moda". Según el profesor de la UAB, "en un determinado momento aquello que era visto de una manera pasa a ser visto de otra", facilitando que grandes masas de población modifiquen su percepción, encuentren nuevos argumentos y se sumen de lleno a una corriente movilizadora.

La ballena sumergida

La etapa actual, en la que el ciclo soberanista vive un marcado reflujo, no equivale al fin del activismo. Mir lo ilustra con una imagen: "Las movilizaciones son como una ballena. Hay momentos en los que emerge la ballena y son muy espectaculares. Y después desaparece y es como si la ballena se sumergiera". La gente todavía está ahí, pero la energía se traslada hacia otras urgencias, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), el Sindicato de Inquilinas o las recientes movilizaciones educativas.

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Finalmente, hay que matizar la excepcionalidad de Cataluña hoy en día. Como advierte Martí, "hoy Cataluña, en temas de movilización, no es tan diferente que en otros lugares del Estado". Fenómenos como el estallido del 15-M o la defensa de la educación han demostrado que "el madrileño de vez en cuando se moviliza, sobre todo por temas de políticas públicas". Sea como sea, la Diada de este viernes nos demuestra que la protesta es nuestro latido más antiguo. La calle continúa siendo aquella gran ballena que nunca deja de nadar desde la profundidad.