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Mito y realidad en la leyenda del Lobo

Una investigación cuestiona el relato oficial sobre Mikel Lejarza, el infiltrado de ETA más famoso

Barcelona[Este texto es el producto de la investigación periodística de Antoni Batista, periodista especializado en el conflicto vasco, y que contrasta el relato oficial en torno a la figura de Mikel Lejarza, conocido como Lobo, un agente español infiltrado en ETA en los años 70 sobre cuya identidad real todavía hay muchas dudas. El relato oficial afirma que el Lobo permitió desarticular la cúpula de ETA político-militar y detener a más de 150 miembros. Y que después tuvo que hacerse la cirugía plástica y desaparecer del mapa porque ETA puso precio a su jefe. Los libros y películas que se han realizado, algunos presuntamente autobiográficos, lo han presentado siempre como un héroe español, pero la investigación de Batista apunta en otra dirección].

Después de años de logística complicada por su largo exilio, el 25 de octubre de 2022 me encontraba en abierto en Barcelona con Joseba Sarrionandia, Sarri, uno de los mejores escritores de la literatura vasca. Comimos cerca del chaflán de las calles Girona y Casp, donde se encontraba la sucursal número 3 del Banco Santander en la que, el 6 de junio de 1975, se produjo el tiroteo que costó la vida a un policía y el posterior fusilamiento, solo tres meses después, del militante de ETA Juan Paredes, Txiki, acusado del crimen. Había dos inspectores de la Brigada Social en el bar Fausto, por delante, y activaron una dotación de refuerzo del 091 con cuatro grises armados. Claro, le dije, que los policías experimentados del cuerpo de torturadores franquistas estaban esperando por las informaciones del Lobo, el célebre espía infiltrado en el comando.

Pero Sarri me dijo que no, que eso era la leyenda de Lobo. Y me contó su versión, mayoritaria entre la izquierda aberzale, a partir de las búsquedas de Xabier Makazaga, que yo ya tenía y valoraba. Pero me costaba tanto creer, porque era la visión de una parte, que nunca había escrito ni una raya. Sin embargo, con el aval de un intelectual del renombre de Sarrionandia, era cuestión de revisarlo y rehacerlo, al menos para dar otro punto de vista y ejercer la deontología periodística del contraste. La versión oficial dice que el Lobo es el sobrenombre de Mikel Lejarza. La leyenda del Lobo, en cambio, sostiene que Lejarza desapareció y que la marca Lobo es una franquicia de los servicios de inteligencia españoles.

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El origen

El caserío de Aretxabalaga

Mikel Lejarza Eguía nació en el caserío que antiguamente se llamaba Aretxabalaga (roble ancho, en euskera), del siglo XVIII, en Areatza-Villaro. Él dice que han talado los dos árboles milenarios, un error de localización inaudito en un agente de inteligencia: se conserva uno, muy cuidado, de 4,40 metros de circunferencia. Hubiera nacido entre 1947 y 1951, primera duda ab origine, que él mismo alimenta en la última entrega de sus memorias, Secretos de confesión, escrita a cuatro manos con Fernando Rueda (Roca Editorial, 2022), donde explica de entrada que le inscribieron en el Registro Civil con el año equivocado. Nació en el seno de una familia euskaldún y era primo segundo de Argala (José Miguel Beñaran), uno de los ideólogos más importantes de ETA y seguramente el militante que activó la bomba que mató al almirante Carrero Blanco: el magnicidio que trastocó los planes de continuidad del franquismo. En el pueblo, en los años 50, Mikel era Miguelito, el hijo del acomodador del cine.

Según la versión aberzale, Lejarza se hizo de ETA muy joven y, a pesar de formar parte de comandos operativos, tenía relaciones con la dirección, como me confirmó Yulen de Madariaga en primera persona y dándome detalles. La última vez que se tuvo noticia del militante fue un tiroteo en Madrid el 31 de julio de 1975. La mayoría de fuentes de la izquierda aberzale –la primera, de Patxi Zabaleta, abogado y parlamentario fiabilísimo, fundador de Aralar, la escisión de Herri Batasuna crítica con la violencia– aseguran que la policía le había captado poco antes y, a base de presiones, amenazas contra su familia y palizas, había cantado por completo. En un tiroteo similar, un día antes del de Madrid, de película del Oeste por las calles del barrio barcelonés del Verdun, la Social pillaba a Txiki y al jefe del operativo de aquel primer comando Barcelona, Iñaki Pérez Beotegi, Wilson, en busca y captura por su participación en el atentado de Carrero Blanco. Pero la serie que han empezado a rodar solo está hilvanada y necesitan tiempo, por lo que la policía filtra a la prensa que los detenidos son dos chorizos, “delincuentes habituales contra la propiedad”, bautizados torpemente con los alias Lele y Pirómano.

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Tiroteo en Madrid

La versión abertzale dice que, tras una cantada que en ningún caso le habrían reprochado los suyos –porque no penalizan las delaciones por tortura– o de un breve papel de chivato en el comando, a Mikel Lejarza “le levantaron el forro”, que en su jerga significa que se lo cargaron o ahí se quedó. No sería el primer cadáver en una comisaría franquista. Y donde habría terminado la hipótesis vasca es donde comienza la teoría oficial. Por cierto, una historia oficial que también hace verosímil que se deshicieran como un espía que, hecho el trabajo y sabiendo lo que sabía, se convirtió en “el estorbo número uno para los que creías los tuyos”, dicho por él mismo o quien sea que ostenta su marca, y reiterado en varias ocasiones, tras explicar que los servicios de inteligencia valoraron eliminarlo. Esta aseveración de quienes sustentan la teoría oficial, de hecho, hace posible por contraste la hipótesis de quienes avalan la leyenda.

La historia oficial no deja de contradecirse y acaba siendo tan sorprendente como la tesis opuesta. El propio Lobo alimenta la duda: “A lo mejor esperaban que Lobo cayera en la refriega” o “en el Servicio creo que se pensó en matar a Mikel”, según un exmiembro del “Servicio”. Para empezar, en el tiroteo de Madrid en el que intervino el Lobo, la policía no le identificó y se escondió en una casa, encañonando a sus propietarios y llamando al número de “extracciones” del servicio de inteligencia por el que trabajaría, el Seced (Servicio Central de Documentación, creado por Carrero Blanco). Pero ese número que se supondría que es de máxima prioridad y operativo las 24 horas de los 365 días del año no respondía y saltó el contestador automático... El inspector Clouseau.

Dos meses después, en el momento en que desaparece definitivamente el Lejarza indiscutible, el 18 de septiembre de 1975 (entre el 31 de julio y el 18 de septiembre seguía infiltrado), nueve días antes de la ejecución de Txiki en Cerdanyola, la leyenda del Lobo comienza a construirse cuando la policía endosa a Wilson la “cantada” para tratar de tapar la realidad y minar el prestigio que tenía entre los suyos uno de los autores de la voladura de Carrero. Traté poco a Wilson y no me dio la impresión de ser un hombre dotado para “cantar”, pero en todo caso él mantenía que las caídas de Barcelona –entre ellas la del periodista Huertas Clavería– no eran “obra” suya, porque procuró enredar a los agentes de la Social que le torturaban con pistas sin importancia y dar tiempo, así, para “limpiar” las que eran ciertas. Los primeros interesados en sembrar dudas de que el magnicidio fuera obra de ETA eran los hombres del Seced, que había organizado el almirante, y al que ETA burló con el máximo escarnio posible matando a Carrero Blanco; de ahí surge la otra leyenda de implicar a la CIA, que naturalmente el Lobo avala, porque así, al menos, la derrota de la inteligencia española no vendría de separatistas vascos inexpertos y salvajes sino de los números uno del espionaje mundial. Este tema lo he verificado directamente, reconstruyendo el atentado con algunos de sus protagonistas.

Lobo y Catalunya

La desarticulación del Frente de Liberación de Catalunya

Otra de las desarticulaciones que el Lobo se atribuye es la del FAC (Frente de Liberación de Catalunya), que habría colaborado con ETA en pasos de frontera e infraestructura. Mi búsqueda en los archivos de la Brigada Social, sensu contrario, me hace pensar que en el FAC empezó a seguirle el comisario Vicente Juan Creix, con un primer atestado de mayo de 1972, con los agentes implicados con nombres y apellidos: David Peña, Luis García y Alfonso Simón. Y su misión de mayor calado político no es un operativo terrorista mínimo y siempre sin pretender hacer víctimas, sino vincular a Jordi Pujol como fuente de financiación cuando empieza a “hacer país” con estructuras de estado en el ámbito de la cultura y la banca. Clarísima intoxicación que el propio president Pujol me ha desmentido tajantemente, destinada a contaminar con la violencia los nacionalismos democráticos, todo un clásico. En 1972, Lobo aún no se había inventado.

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La verdadera causa de la leyenda del Lobo no sería tanto tapar el asesinato policial o de los servicios secretos de Lejarza, que en aquella época literalmente tanto les resbalaba, sino inventarse una franquicia a la que pudieran adjudicar actividades poco edificantes y de legalidad discutible o de alegalidad, como ir de Rambo “por las montañas hispanofrancesas a la caza de terroristas”. O una actuación por libre para ayudar a un extorsionado, una investigación que le llevó a la cárcel. Pero con la marca Lobo, todo quedaba automáticamente limpiado por un “héroe español” –tal y como decía su entrada en Wikipedia hasta que fue modificada el pasado 2 de enero–, responsable de 158 detenciones de miembros de ETA que habrían evitado muchos atentados y que había tenido que realizarse la cirugía estética para escapar de las amenazas de ETA.

Ya al principio de la hagiografía, se atribuyen a ETA pasquines por todo el País Vasco con una diana sobre su foto real. Las fuentes de ETA de ese momento me han negado que fueran suyos y afirman, en cambio, que en ningún caso presionaron a su familia. También me lo negó el servicio camuflado de inteligencia del PNV que, con tecnología y apoyo del Mossad israelí y que fue el fundamento de la primera Ertzaintza, les seguía. No necesita desmentido porque cae por su propio peso que en la portada de la última entrega de sus memorias figure la bala que “todos los etarras aseguraban quitar encima para asesinar a su hijo [citación referida a la madre de Lobo]”, pese a que no sabían ni qué cara hacía por la operación –en singular o plural– de cirugía plástica... De hecho, él piensa que no va a morir por una bala, a partir de las facultades paranormales que se otorga.

¿Quién puso los carteles?

Lobo fue creíble sobre todo a partir del libro de Xavier Vinader Operación Lobo. Memorias de un infiltrado en ETA (Temas de Hoy, 1999), aquella vez con la diana en la portada sobre su ojo, alimentando el leitmotiv empático del guion que es buscar la compasión por el hombre eternamente en peligro de muerte. Vinader ha sido uno de los grandes periodistas de nuestro tiempo, pero ese libro no le hace justicia. Puedo permitirme decirlo, aunque él está muerto, porque se lo dije con la franqueza que nos teníamos: y no lo desmerece, todos los que escribimos tenemos páginas que nos podíamos haber ahorrado. La prueba del nueve de la leyenda del Lobo es que la firme un hombre de izquierdas, vinculado al PSUC, que es procesado, condenado a siete años, encarcelado y exiliado en una causa injusta y que tiene la simpatía y la solidaridad de todo el gremio, que convoca una insólita manifestación de los periodistas a favor de su liberación y lo hace justamente símbolo de la libertad de expresión.

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Pero el Lobo del libro podría ser él como cualquier analista de la inteligencia española. Tanto, que a veces pienso que el propio Vinader, que dominaba todos los recursos del oficio y era muy pícaro, lo soltó subliminarmente entre líneas y con un lenguaje que no era su habitual. De entrada, el copyright lo comparte con “Miguel Ruiz Martínez”, el sobrenombre habitual del Lobo; el prólogo lo firma el general Santiago Bastos, ex jefe de división de inteligencia interior del Cesid; el propio Vinader suelta en el primer párrafo la expresión “novela de espías”, y detalla que llegó al personaje a través de un compañero de estudios de periodismo, militar de carrera y también oficial del Cesid. Me dijo quién era, pero le mantengo el off the record.

Las pistas de Vinader

Inverosimilitudes impropias de su talante

Un periodista como Vinader no habría sacado a Cesid tanto como lo saca y de una manera tan explícita como “los analistas del Cesid”, haciendo correr los primeros rumores sobre la leyenda del Lobo o apuntando explícitamente la expresión “fabricarle al Lobo un currículum de héroe: detención, paliza, balas, prisión”, que es exactamente lo que la versión abertzale cree que ocurrió. Ni habría escrito sin segundas intenciones pequeñas chapuzas como que los vascos toman “chatos” o “chatean”, expresiones castellanas para ir de tascas en Burgos y Logroño, pero no de “pinchos” en la parte vieja de San Sebastián, donde se toman "patas" o, simplemente, "un blanco" o "un tinto" de La Rioja Alavesa. Tampoco habría pronunciado ni mucho menos habría puesto en boca de independentistas terminologías tan españolistas como “frontera vasco-francesa”, “sur de Francia”, “refugiados españoles”, “San Juan de Luz”, “Villafranca de Ordicia”, “organización terrorista”...

La lista de inverosímiles es más larga, como identificar a un militante de ETA para que el coche del Lobo se le cruza casualmente en otro coche, o que el hermano de un mugalario –pasador de fronteras— hable del Lobo al mismo Lobo y este último le cachee la casa y encuentre el mapa de pasos de frontera en un cajón. O que en la barra de un bar le dé un codazo involuntario y se disculpe nada menos que Iñaki Mujika Arregi, Ezkerra, uno de los autores de la muerte de Carrero, al que habría conocido en su militancia y que fue detenido gracias a él. Ningún problema que también se hubiera cruzado casualmente con Ezkerra en la plaza Catalunya de Barcelona cuando aún no le habían cambiado la cara. Pero bueno, el Lobo es plusmarquista de casualidades: también asegura que se encontró con Mohammed Atta dos meses antes de que estrellara un avión contra una de las Torres Gemelas de Nueva York.

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Vinader tuvo fuentes en ETA anteriores a Operación Lobo, una de ellas muy buena, Javier Aia Zulaika, Trepa, según me había dicho él mismo el día que precisamente me preguntó si podía rehacerle los contactos que había perdido. Pero mi sorpresa fue que no quería verlo ni siquiera la fuente legal más cercana a los refugiados en Euskadi Norte, Jon Idigoras, porque defendía la teoría de la leyenda del Lobo y pensaba que Vinader la había blanqueado y tenía contactos con los servicios de inteligencia, a pesar de mis esfuerzos por demostrarle lo contrario a partir de su trayectoria y de una vieja amistad que alimentamos hasta el final.

El espionaje en 'La Vanguardia'

Una red de espías con base en el diario

La acción más marca Lobo franquicia fue la del espionaje en La Vanguardia. El 16 de noviembre de 1993, la policía de Barcelona desmanteló una red de espías que trabajaban en el Grupo Godó como servicio de seguridad. “En uno de los informes de la Brigada de Información se indicaba que el Cesid daba cobertura al Lobo en acciones ilegales”, aparte del cometido que “Miguel Ruiz Martínez”, el sobrenombre que aparecía en nómina, hiciera según contrato y sin que la parte contratante supiera todo lo que hacía en su casa. Miguel Ruiz llegó a ser juzgado ya entrar en prisión, pero la leyenda del Lobo contribuyó a su defensa: “El Estado debe ser generoso con el que ha realizado importantes servicios”, dijo en diciembre de 1993 el ministro García Vargas a la comisión de defensa del Congreso. En este asunto, Lobo suelta sin despeinarse la peluca que el conde de Godó le dijo que no tenía contactos con la Moncloa y que a ver si podía conseguirla. Y él, a través de sus jefes, le propició un encuentro con Narcís Serra... que Godó ya conocía desde que había sido alcalde de Barcelona y con el que había tratado especialmente a partir de la preparación de la candidatura de los Juegos Olímpicos. Y, de hecho, si el conde de Godó quiere hablar con la presidencia del gobierno que sea, solo necesita descolgar el teléfono...

Las últimas pesquisas del Lobo fueron en el mundo de las altas finanzas y la ingeniería informática, que cuenta con gran pericia y que validarían perfectamente la hipótesis de la franquicia: ¿Tanto sabe de los entramados económicos Lejarza, sin ningún tipo de estudios? ¿O ese Lobo, que se mueve entre brokers y multimillonarios por paraísos fiscales y que necesariamente domina el inglés, es otro agente cuentapartícipe de la marca? La aparición más reciente del Lobo ha sido para la última entrega del serial de sus memorias, el citado libro Secretos de confesión, con el periodista Fernando Rueda. La presentación fue una escenificación de toda la leyenda: en un hotel de Madrid, epifanía con la barba postiza y gafas oscuras y policías en las cuatro esquinas de la mesa en una disposición nada verosímil, por ostentosa, en contradictio in terminis de todas las policías secretas del mundo. El mensaje, aparte del de vender libros, era bastante claro de sintonía con la derecha de la que necesariamente procede un agente captado por el espionaje franquista, en contacto con la Brigada Social y con el cuartel de Intxaurrondo en los tiempos oscuros de Rodríguez Galindo: el fantasma de ETA que "se está preparando para volver", que "ha conseguido crear un partido político potente", y que saca a pasear incluso al PP para erosionar al PSOE que pacta con la izquierda independentista. Ha sido, por el momento, el último servicio de la supuesta, o no, franquicia Lobo.

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La próxima entrega, dijeron, será directamente una novela... que ya tendrán casi terminada: “Mikel, capaz de ir conduciendo el coche y disparar al mismo tiempo con mucha puntería, se había colocado su pistola entre las piernas”. La persecución de aviones marroquíes que les echaban napalm... Incluso podrán desarrollar los capítulos esotéricos de apariciones, brujas, curaciones milagrosas, cuerpo incorrupto del tío, presencias, objetos que quieren, güija, ovnis, visiones y premoniciones de los atentados de las Torres Gemelas y otros temas paranormales, como que él mismo resucitó cuando era pequeño gracias a las plegarias de unas monjas y de su madre, que le colocaron muerto en el altar de la Madre de Dios de la Piedad. “Me da menos por un etarra que lo que desconozco de lo sobrenatural”. Por no creerse nada de la versión oficial del Lobo, el testimonio de estas páginas de Secretos de confesión es demoledor... Y la comparación entre la psicología del agente secreto y el torero, antológica: o, como dirían ellos, de "salida a hombros por la puerta grande".

Cuando, el pasado otoño, ya habíamos visto que de la historia de 1975 al chaflán entre Girona y Casp quedaba la planta baja que había sido la sucursal número 3 del Banco Santander tapiada y el bar Fausto reciclado en kebab, días después del encuentro con Sarri me cité allí mismo para seguir indagando con un antiguo alto dirigente de ETA. Me pidió reservar la fuente, pero por supuesto puedo demostrar la cita. Verificaba la leyenda del Lobo: que demuestren que es Mikel Lejarza con una prueba de ADN con notarios y garantías. Él, el oficial o el de la leyenda, pasa de hacérsela.

Todas las ficciones

Tras el 'Xacal' de Forsyth

Es inevitable relacionar el Lobo con el Chacal de Frederick Forsyth, de 1971, aquel mercenario enigmático del que nadie conocía el nombre real, llevado al cine por Fred Zinnemann dos años después... justo antes de cuando la versión oficial dice bautizar a Lejarza con el sobrenombre que le ha hecho famoso. En el background de la ficción imprescindible en realidades líquidas, El hombre que nunca existió, de 1955: la operación Mincemeat (carne picada) del MI5 británico de inventarse un agente que aportara información falsa a los nazis a base de hacer creíble el personaje realmente inexistente, dotándole de todo tipo de documentos... Buscaron un cadáver (de ahí el humor negro del nombre), le dotaron de biografía y referencias y lo hicieron náufrago en la costa de Huelva, con esquela en el Times incluso, para que la policía franquista trasladara a la inteligencia del Tercer Reich una cartera con documentación clasificada de planes falsos sobre la apertura aliada del frente mediterráneo.

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La película está a su alcance, incluso un remake del 2021, Operation Mincemeat, protagonizado por Colin Firth. Pero a mí todavía me dio más detalles uno de los agentes del MI5 destacados en Gibraltar, Bernard Rowe, call me Benny, que pasó los últimos años de su vida plácidamente en un piso luminoso de General Mitre, haciendo un Johnnie Walker etiqueta negra en el Bocaccio antes de cenar y yendo cada mes a Londres para realizar las compras importantes en Harrods.

El final de la conexión con la ficción será la empresa de seguridad de Lobo, bautizada en inglés Wolf Group, como Mr. Wolf de Pulp fiction, lo que “soluciona problemas”... interpretado por el siempre convincente Harvey Keitel. Él mismo admite aquí una personalidad plural: “Mi gran obra, el nuevo Lobo, con su grupo de Lobos perfectamente preparados para el futuro, los mejores en cibernética y ciberseguridad”.

Al Lobo, en cambio, según él mismo en su última reencarnación, ni le empadronaron en ningún sitio con un nuevo nombre y, por tanto, no podía votar: “Por no tener, no tengo ni un número claro”, había escrito ya en la clausura que firma él del libro de Vinader. ¡Pero si resulta que lo primero que hacen cuando crean una identidad falsa es empadronarla y darle un DNI auténtico con una dirección comprobable! Esta operación, la he visto ante mí cuando un inspector jefe de la Brigada de Información me dio una clase magistral de cómo crear una identidad ficticia para un agente encubierto, un testigo protegido o una persona amenazada. La versión del alto mando del Cesid en su momento –la tengo de primera mano– era que sí le dieron una identidad nueva en México y mucho dinero para abrirse camino, pero se les pulió y volvió.

La frase literaria más adecuada es la de Plauto: “Homo homini lupus”. Y aún más la recreación de Erasmo de Rotterdam a sus adagios: “No confiamos en una persona desconocida, más vale tener cuidado como si fuera un lobo”.