En memoria

Muere Jordi Borja: un gran legado de democracia y ciudadanía

Uno de los grandes urbanistas modernos de Barcelona nos ha dejado a los 85 años

10/07/2026

SociólogaHablar de Jordi Borja pocas horas después de su muerte, se me hace difícil. Es una figura tan polifacética, ha hecho tantas cosas que dejan huella en las personas, en las ciudades, en la política, en la sociedad, que resumir el esfuerzo de toda una vida en pocas palabras es, de entrada, una tarea destinada al fracaso. Pero no quiero dejar pasar la ocasión de dar a conocer, sobre todo a las generaciones jóvenes, la trayectoria de un hombre comprometido con su tiempo hasta las últimas consecuencias, de una coherencia total a lo largo de toda una vida.

Nacido en Barcelona en el año 1941, muy pronto inició la lucha contra el franquismo, contra aquella dictadura que oprimía España, que oprimía Cataluña, que no nos dejaba ser quienes éramos. Buscado muy pronto por la policía, tuvo que emigrar a París, donde estuvo en contacto con el PCE, hasta su expulsión en el año 1963, y con diversos grupos de la izquierda francesa, al mismo tiempo que estudiaba geografía, sociología, urbanismo, y todo aquello de interesantísimo que entonces ofrecía la capital francesa a los pobres ignorantes que éramos nosotros, jóvenes catalanes y españoles crecidos en un desierto intelectual. Participó en el Mayo Francés del 68, pero regresó enseguida a Barcelona. Y, muy pronto, con Jordi Solé Tura y Alfonso Comín, crea un grupo de militantes de izquierdas, Bandera Roja, que, en muchos aspectos, fue una escuela para muchos de nosotros y una nueva forma de trabajar políticamente en los barrios, en las escuelas, en muchas empresas, incluso. Un grupo que, ya en vísperas de la Transición, se deshace para entrar a militar en el PSUC; clarividentes, los dos Jordis comprendieron que el tiempo de los grupúsculos había pasado y que se necesitaba una izquierda potente en la que pudiera confluir todo el mundo.

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¡Cuánto esfuerzo en la Transición, en la formación de cuadros para los barrios, para las primeras elecciones municipales, los primeros parlamentos...! Toda una sociedad tenía que nacer, y se necesitaba, en cierto modo, inventarla. Jordi se concentró en el urbanismo, su campo de trabajo de siempre, junto con la universidad. De 1983 a 1995 fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Barcelona. A él, entre muchas otras cosas, le debemos la organización de la ciudad en distritos –lo bastante sólida y pensada para que se haya mantenido más de 40 años– y mucho del trabajo que se hizo en el Área Metropolitana de Barcelona, de la cual fue vicepresidente.

Todo esto combinado siempre con una intensa vida intelectual, con contactos por todo el mundo, tanto profesionales como políticos, especialmente en América Latina: estuvo en Chile durante el gobierno de Allende, escapó de milagro de aquella situación, ayudó a la hija del presidente desaparecido a crear una fundación para su memoria; fue a menudo a Argentina, a Brasil, a tantos países, trabajando en proyectos urbanísticos, o intentando ayudar a gobiernos de izquierdas que iniciaban sus mandatos, colaboró con urbanistas europeos de todas partes, de Francia e Italia muy especialmente. Y estuvo siempre en contacto con líderes políticos de la izquierda, cada vez más distante, sin embargo, del sectarismo y de las doctrinas autoritarias. Doctrinas que, a estas alturas, quedaban ya muy lejos, que la vida nos hace razonables y negociadores aunque sea a trompicones.

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Más allá de todo el trabajo hecho nos quedan sus libros y sus artículos, centrados sobre todo en el urbanismo, sobre todo en el desarrollo de un modelo de ciudad democrática abierta a todos. Una ciudad que ayudó a construir, pero que es todavía, en gran parte, un proyecto de futuro. Y nos queda, a los que hemos tenido la suerte de conocerle y de colaborar con él, su magisterio y su estilo. Siempre creativo, siempre directo y sincero, siempre dispuesto a ayudar. Recuerdo todavía la etapa en que todos sus amigos y conocidos acogieron en casa a fugitivos de Chile, que encontraban en Jordi unos brazos abiertos. Siempre dispuesto a luchar por una sociedad mejor. Hace unos tres meses, cuando difícilmente podía hablar, nos reunía a grupos de amigos para tratar de plantar cara a la extrema derecha que nos acosa, porque su lema era no dar ninguna batalla por perdida.

Ahora, acorralado por una enfermedad que ya no le dejaba ser él, Jordi Borja se ha marchado como él quería, una vez se le ha aplicado la eutanasia. Nos queda un gran recuerdo, un gran legado y, sobre todo, una manera de hacer y de no rendirse nunca.