Tejero: ¿el gran mut del 23-F?
La muerte de Antonio Tejero Molina a los 93 años, coincidiendo con la desclasificación de partes de los documentos secretos en torno a la trama, ha dado un doble protagonismo al teniente coronel de la Guardia Civil que ejecutó el último golpe de Estado militar capaz de triunfar. Fue la tarde del 23 de febrero de 1981 (23-F), cuando el Congreso de los Diputados votaba la investidura como jefe de gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo. Tejero irrumpió al grito de “¡Todo el mundo al suelo!” al frente de 265 miembros de la Benemérita que dispararon tiros intimidatorios y secuestraron a los parlamentarios. Se sumó al golpe Jaime Milans del Bosch en Valencia, donde era capitán general y donde sacó los tanques a la calle. Sin embargo, el líder del golpe era el general Alfonso Armada, que incentivó el asalto de Tejero al Congreso y después se erigió en el salvador de los diputados: se ofreció a negociar con Tejero la formación de un gobierno de amplio espectro que el general presidiría si los parlamentarios lo votaban. Pero cuando Tejero oyó que el ejecutivo de Armada incluía socialistas y comunistas, lo juzgó una “chapuza”. Dijo que no había hecho aquella “campanada” para acabar así y abortó la maniobra. Cuando en la madrugada del día 24 el rey Juan Carlos I condenó el golpe en la televisión, este quedó desmantelado. Los militares implicados fueron juzgados en un consejo de guerra y Tejero fue condenado a 30 años de prisión, pero quedó en libertad en 1996. Después del juicio, se sumió en el silencio público y se dejó homenajear en la cárcel por la legión de civiles que lo visitaban (acudían autocares) y le compraban sus cuadros. Y, aunque le habrían planteado huir, no lo consideró. Tampoco publicó su testimonio, a pesar de que la editorial Planeta en el año 2000 le ofreció un cheque en blanco. Se convirtió en el “gran mudo” del 23-F. En febrero de 2016 el diario El Mundo señaló que Tejero había escrito unas memorias en la cárcel y el militar explicó que un hijo suyo quería hacer un libro sobre él. No sería extraño, pues, que apareciera la visión “tejerista” del golpe. Pero parece improbable que revierta lo que sabemos de los hechos, bien documentados por el historiador Roberto Muñoz Bolaños (El 23-F y los otros golpes de estado de la Transición, 2021). De hecho, este señala que, sobre todo, hay que clarificar la trama civil de la llamada “solución Armada”: el plan que Armada pergeñó para liderar una moción de censura en el Congreso contra Adolfo Suárez que lo llevara a presidir un gobierno de amplio espectro. Cuando la elección de Calvo-Sotelo como presidente lo derrumbó, Armada activó el golpe del 23-F. Así, para Muñoz, lo más importante de los archivos sobre tramas golpistas aún inaccesibles por la ley de secretos oficiales seguramente son los datos de reuniones de “secores económicos y políticos desde 1977 con el objetivo de sustituir a Suárez” y dar “un giro conservador” al cambio político, reuniones que engendraron la mencionada “solución Armada”. De esto, ayer, no se desclasificó nada.Aun así, si el testimonio de Tejero saliera a la luz, se podría desentrañar la trama que él lideró entre militares de menor rango y civiles. Esta podría incluir el Frente de la Juventud, para que fueran miembros suyos los que ocuparan el Congreso. Igualmente, podría iluminar un plan de golpe de Estado previo que Tejero urdió con el también militar Ricardo Sáenz de Ynestrillas: la llamada operación Galaxia, que pretendía ocupar la Moncloa en noviembre de 1978. Una vez descubiertos, se restó importancia a la trama para no crear inquietud y los implicados fueron condenados a unos meses de prisión.
Cuál es la importancia histórica de Tejero, pues? En esencia, marcó el fin de una tradición golpista iniciada en el siglo XIX. Su foto en el Congreso con uniforme, tricornio y pistola en mano fue el cliché. Pero la imagen ha hecho olvidar que el 23-F podría haber hecho triunfar la “solución Armada” y dar un giro autoritario a la Transición. ¿O alguien piensa que un gobierno de Armada votado aquel día se habría cambiado fácilmente? Con un ejército irritado con los políticos y un terrorismo que hizo de 1980 el año más sangriento de la Transición (con un muerto cada 60 horas), parece improbable. De hecho, Tejero plasmó el fin del golpismo tradicional, que veía la solución a los problemas en una junta militar. Estaba imbuido de un españolismo acérrimo cercano al falangismo y tamizado por su paso por el País Vasco, donde le marcaron los crímenes de ETA contra sus hombres, cuyos cadáveres besaba. Pero también saltó a la política en los comicios de 1982 al liderar el partido Solidaridad Española con el lema “¡Entra con Tejero en el Parlamento!” Se ignora la razón por la que lo hizo (¿buscaba inmunidad parlamentaria?) y que le reportó 28.451 votos. La experiencia rubricó el rechazo del viejo pretorianismo y vislumbró la necesidad de oponerse a la democracia en las urnas. Tejero difícilmente podía explorarlo y explotarlo porque fue un militar golpista entre dos épocas.