ANÁLISIS

Una victoria de la Iglesia sobre la aconfesionalidad del Estado

Los reyes Felipe VI y Letizia saludan al papa León XIV en la plaza de la Armería del Palacio Real de Madrid.
13/06/2026
Subdirector y delegado en Madrid
2 min

BarcelonaLa visita papal ha dejado un montón de titulares e imágenes impactantes, y en una lectura superficial se puede decir que ha venido a ser un bálsamo para Pedro Sánchez. Pero el verdadero titular que deja esta visita es que, una vez más, se ha puesto de manifiesto que la pretendida aconfesionalidad del Estado es más aparente que real, y que el peso y la influencia de la Iglesia católica son de tal magnitud que incluso los poderes civiles se pliegan ante ella.

No se trata aquí tanto de los recursos públicos gastados en la visita, ya que desde un punto de vista puramente económico se podría argumentar que han tenido un retorno mayor, como de los gestos políticos que han acompañado al pontífice. Los siete minutos de ovación unánime en el Congreso por un discurso que, por muy interesante y bien construido que estuviera, no era precisamente de consenso, resultaron reveladores. Si Santiago Abascal hubiera hecho un discurso similar sobre el aborto o la eutanasia, a buen seguro que habría habido una bronca en el pleno. En cambio, los diputados de izquierda se sumaron a los de la derecha sin pestañear para aplaudir el discurso de un líder religioso que les decía a la cara que sus leyes eran inmorales. Por no hablar de la decisión de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona de colgar las banderas del Vaticano en sus fachadas. ¿Se haría lo mismo con cualquier otro líder religioso en pro de la pretendida neutralidad del Estado?

Demostración de fuerza

Bajo las formas exquisitas y educadas de Robert Prevost, y la fuerza visual de las multitudes de creyentes en la calle, lo que hemos presenciado estos días es una gran victoria de la Iglesia, una demostración de fuerza de quien es un auténtico poder fáctico, y que se protege de esta manera de cara a posibles intentos futuros de restarle una parte de los enormes privilegios de que goza.

Porque ¿quién osará después de lo que hemos visto cuestionar el concordato con el Vaticano de 1953 (y validado en 1979) que blinda la enseñanza religiosa en el Estado? ¿Quién querrá hurgar en las inmatriculaciones de la Iglesia o en el pago del IBI? Detrás de la sonrisa beatífica de Prevost lo que se esconde es una organización con una gran potencia de intimidación sobre los poderes públicos, que temen su influencia sobre el electorado.

Desengañémonos. España no es un estado aconfesional al estilo de Gran Bretaña. Y menos aún uno laico como Francia. Es un estado que no es neutral, donde los católicos gozan de una especial protección y la jerarquía eclesiástica tiene poderosas palancas (económicas, mediáticas, etc.) para defender sus intereses. La actuación de los poderes públicos no ha sido, como defiende Salvador Illa, compatible con la aconfesionalidad del Estado. Ha sido propia de un estado que se considera católico.

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