El faro de Gaudí

Vivir al lado de un símbolo: la penitencia de los vecinos de la Sagrada Familia

Los vecinos conviven con el impacto sobre el barrio de los millones de visitantes que se acercan cada año al templo

06/06/2026

BarcelonaNo se espera que en la futura capilla de la Penitencia –uno de los espacios de la Sagrada Familia aún pendientes de construir– haya ningún homenaje a los vecinos del templo, pero a fe de Dios que para algunos de los habitantes del barrio la convivencia con la basílica se ha convertido en un sacrificio. Sobre todo en los últimos años. La visita de Benedicto XVI en el año 2010 –la última de un papa a Barcelona– disparó el interés mundial en la obra de Antoni Gaudí. Entre los vecinos existe el temor de que la retransmisión en todo el mundo de la bendición de la torre de Jesús que hará el miércoles el pontífice, León XIV, vuelva a provocar un estallido similar.

La inquietud vecinal tiene fundamentos estadísticos. En el año 2010, el último antes de la cobertura de la nave central y de la dedicación de la basílica a cargo de Benedicto XVI, el templo recibió 2,3 millones de visitantes. El último balance que la Sagrada Familia ha hecho público cifra en 4,9 millones los visitantes que cruzaron las puertas del edificio en 2025. El estallido de la basílica como símbolo turístico global todavía se deja notar más en la calle. Según cálculos del Ayuntamiento, en 2010 los visitantes que se acercaban alrededor de la Sagrada Familia –con independencia de si entraban o solo la admiraban y fotografiaban desde el exterior– eran unos 10 millones. Ahora esta cifra se ha casi duplicado, y se sitúa entre los 18 y los 20 millones de personas cada año.

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Todo ello deriva en una presión muy grande sobre el entorno más cercano. La difícil convivencia entre turistas y vecinos se puede constatar a diario. También en estos días previos a la visita del Papa. Que sirva como prueba el testimonio de Montse y Enric, un matrimonio del barrio que esquiva turistas después de salir del Punto Verde mientras arrastra el carrito de la compra. Llevan muchos años viviendo en la zona, y opinan que ha cambiado mucho. “Antes, en la avenida Gaudí jugaban los niños; hoy, el único ruido que hay es el de las maletas”, lamenta Enric, quien asegura que entre las terrazas y los turistas “ves vecinos que no pueden ni pasar con la silla de ruedas de su madre”.

Un oasis vecinal

En la plaza que hay delante de la fachada del Nacimiento, esta convivencia resignada entre vecinos y turistas se hace aún más evidente. Mientras tres criaturas, ajenas a todo lo que pasa a su alrededor, se mecen en el parque infantil, a pocos metros hay una cola larguísima de personas que esperan para fotografiarse en lo que los guías que les acompañan definen como “la mejor vista de la Sagrada Familia en la zona”. Es una cola que no para de crecer, ya que antes de que todo un grupo haya podido hacerse la foto, ya ha llegado otro grupo sediento de una imagen delante del templo de Gaudí.

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Un poco más arriba hay uno de los pocos oasis vecinales de la zona: el Club de Petanca Plaça Gaudí. Decenas de jubilados del barrio, indiferentes al movimiento constante de su entorno, juegan a la botifarra, a los bolos catalanes o a la petanca. Hasta que una familia desorientada –los preparativos para retransmitir la llegada del Papa hacen aún más difícil la movilidad en la zona– irrumpe en medio de la pista de bolos pensando que es un camino hacia la basílica.

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Lo mira divertido el Jaume, que sigue las partidas de petanca aunque cada poco rato tenga que hacer de guía turístico improvisado a los que le piden cómo se accede al templo. Él hace cuarenta años que vive en el barrio, aunque más arriba, lejos del epicentro de la masificación. Explica que lo que más nota es cómo ha cambiado el paisaje comercial. Las tiendas de toda la vida han ido dejando paso a tiendas de souvenirs, franquicias de comida rápida y supermercados 24 horas. Una tendencia que, dice, cada vez amplía su radio de acción. Coinciden Montse y Enric, que vuelven a poner como ejemplo la avenida Gaudí donde, dicen, cada vez hay más tramos destinados casi exclusivamente al turismo. “Para ir a comprar la carne y el pescado tenemos que hacer kilómetros”, dicen.

Las tiendas y los vecinos

Una vez más, el diagnóstico es fácilmente contrastable con un vistazo a las calles del entorno de la basílica. Es jueves a las 11 de la mañana, y en el tramo de la calle Sicilia entre Mallorca y Provenza solo hay abierto un supermercado 24 horas, un fisioterapeuta y una inmobiliaria. Están cerrados un establecimiento de sushi para llevar, una hamburguesería con los carteles en inglés, el emblemático pub irlandés Michael Collins, una focacceria y una coctelería. En la calle Mallorca, la fila de tiendas de souvenirs solo se interrumpe de vez en cuando por las tiendas del Barça y del Madrid, por un Starbucks y franquicias de las panaderías que en los últimos años han proliferado por toda la ciudad. También hay algún restaurante de comida rápida, si bien estos tienen predilección por la acera de la calle Provenza. Cerca de la salida de un metro que no deja de escupir turistas en ningún momento, se encuentran en pocos metros un McDonalds, un Five Guys, un Taco Bell y un Ben&Jerry’s.

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Pero no solo ha cambiado el comercio. Muchos de los vecinos del barrio que encontró Benedicto XVI y los que encontrará León XIV también son diferentes. Mientras desde el templo surge una versión acampanada del Virolai, el Jaume explica que en su bloque ya solo quedan cuatro propietarios que hace años que están en el barrio. “Ahora casi todo es alquiler y de corta duración”, añade.

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Teniendo en cuenta solo a los vecinos empadronados, los últimos datos disponibles de la Oficina Municipal de Datos (OMD) del Ayuntamiento de Barcelona ponen ciencia a esta mutación. Si en 2010 los nacidos en Barcelona eran un 52% de los vecinos del barrio, hoy son solo un 41%. Por contra, la población nacida en el extranjero ha pasado a ser el 40%, cuando hace quince años representaba solo un 21%. ¿Y de dónde han llegado estos nuevos vecinos? Pues de acuerdo con los datos, principalmente del resto de Europa, pero también de Asia. Los nacidos en este continente ya representan hoy un 19,3% de los vecinos, diez puntos más que el año 2010.

En el barrio, quien más quien menos tiene historias de vecinos que se han marchado a otra zona de Barcelona o directamente fuera de la ciudad. En respuesta a la pregunta de si ellos se han planteado emigrar, Enric y Montse lo tienen claro. “Nosotros no queremos marcharnos, nos gusta mucho Barcelona”, se despiden.