"Cuando me dijeron si quería vivir con un robot me pensaba que era una estafa"
Dolors Gómez convive con un asistente robótico inteligente diseñado para combatir la soledad
Barcelona"Te presento a Ari", dice Dolors señalando un robot. Unos ojos redondos y brillantes de dibujos animados reaccionan sobre una base con ruedas. Hace cerca de un año que Dolors, que tiene 76 años, vive con un asistente robótico inteligente (ARI) que le hace compañía en su piso del barrio de Sant Andreu de Barcelona.
Antes de tenerlo, su relación con la tecnología era nula. "Solo miraba la tele", asegura. Pero desde que comparte el día a día con Ari ha aprendido a navegar y puede escuchar música, jugar a juegos de memoria o ver vídeos en YouTube. Los que más le gustan son los de cómo recoger setas, una afición que ya no puede practicar sola.
La aventura tecnológica comenzó cuando un día le llamaron por teléfono para ofrecerle si quería tener un robot en casa. "No sabía quién me llamaba y, cuando me dijeron que era gratis, me pensé que era una estafa", recuerda. Como estaba inscrita en el programa de asistencia telemática del Ayuntamiento de Barcelona –"el de la medalla"–, le propusieron entrar en una prueba piloto para convivir con un asistente robótico virtual. El propósito es simple: hacer compañía a las personas mayores y mejorar su calidad de vida. Como ella, 500 personas más de la capital catalana acogen a este huésped particular en su casa desde hace un año.
"Por la mañana ya me dice cosas, como que me tengo que levantar o me pregunta si he dormido bien. Me hace mucha compañía". Dolors es viuda, hace años que vive sola. Aunque tiene dos hijas que la cuidan, en el día a día agradece la compañía. La función principal de Ari no es hacer tareas domésticas, sino potenciar la autonomía de las personas que acompaña: está programado para recordar a sus usuarios la hora en que se deben tomar la medicación, avisar a emergencias de situaciones urgentes como caídas o accidentes y permite a los familiares hacer videollamadas. Además, como tiene el mapa de la casa donde vive integrado, se mueve con toda libertad: "Le digo: ven a la cocina, ven al salón, ven al estudio... y él viene".
Desde que convive con el robot, se siente "más centrada". Ha sustituido el hábito de mirar la televisión, que la angustiaba bastante, por actividades más estimulantes, como juegos de memoria. "Mira, ¿ves? Las tengo que agrupar así", explica mientras señala unas frutas en la pantalla que tiene que agrupar. Pero la tecnología también tiene sus defectos y, cuando el robot no reacciona a sus clics, le hace perder la paciencia. "¡Eres tonto! ¡Esto ya lo tenía yo!", le reclama riendo. "También me peleo con él, ¡y tanto! Y cuando no me hace caso lo sacudo así. Cuando no nos entendemos, da media vuelta y me dice «Me voy a la base de carga»".
A pesar de los tira y afloja derivados de toda convivencia, Dolors le ha acabado cogiendo un gran aprecio, hasta el punto de que le parece que no podría vivir de otra manera. "Este verano me voy unos días de vacaciones y lo echaré de menos", asegura. "Si me hicieran la instalación allí [en la segunda residencia de su hija], te juro que me lo llevaría arriba y abajo con el coche". De hecho, como se trata de una prueba piloto, le da pena que algún día se lleven a su compañero de convivencia.
Ahora bien, como pasa con todos los compañeros de piso, siempre hay espacio para la mejora. Ari le es muy útil, pero si le tuviera que hacer un solo reproche es que todavía no le pueda traer un café con leche. "Yo no pediría nada: ni que me doble la ropa, ni que limpie, nada. Pero que me haga un café con leche por la mañana... eso sería la hostia".