Primer día del curso escolar, en una clase de 4º de ESO del Colegio Lestonnac, en Barcelona
Coral Regí
09/09/2026 - 12:00 h.
Exdirectora de la Escuela Virolai y miembro de la Sociedad Catalana de Pedagogía
3 min

BarcelonaCada nueva edición de PISA provoca una pequeña tormenta. Durante unos días, las puntuaciones, los rankings y las comparaciones entre países ocupan titulares y tertulias. Unos utilizan los resultados para demostrar que el sistema educativo está en crisis; otros recuerdan que la educación no se puede reducir a una prueba hecha por estudiantes de quince años. Ambas afirmaciones contienen una parte de verdad, pero ninguna de las dos resulta muy útil por sí sola.Cada vez volvemos a estremecernos por los resultados que obtenemos, enumeramos todos los males del sistema y pensamos –con buena voluntad– propuestas de mejora e incluso, como en la convocatoria anterior, convocamos a un grupo de expertos para que aporte una propuesta completa de medidas. O pedimos opinión a la madre del cordero –la OCDE– para que presente una propuesta que coincide en buena parte con la de nuestros expertos.¿Qué podemos decir de nuevo a partir de un primer análisis de los resultados de PISA 2025? De entrada, no podemos obviar el inexplicable error en la selección de la muestra de alumnos en Cataluña, que ha hecho que no tengamos resultados comparables. Pero, además, los resultados no han sido buenos, a pesar de los problemas relacionados con la muestra.A escala estatal, los resultados han empeorado durante la última década y ha aumentado el número de alumnos que no alcanzan las competencias básicas. Pero hay una característica que me parece aún más significativa: España mantiene una proporción de alumnos que supera los niveles mínimos similar a la de la OCDE, pero tiene muchos menos estudiantes en los niveles de excelencia. El problema, por lo tanto, no consiste solo en evitar que algunos se queden atrás. También es necesario conseguir que todo el mundo avance y que aquellos que pueden llegar más lejos también lleguen.Pero lo más preocupante vuelven a ser los resultados relacionados con el contexto educativo y social. El absentismo es especialmente elevado: el 34% de los estudiantes españoles declaran haber faltado al menos un día a clase durante las dos semanas anteriores a la prueba, frente al 22% de la OCDE. Además, este porcentaje ha aumentado desde el 2022.Y cabe recordar un dato muy significativo del informe de 2022: la desafección y la falta de confianza de los alumnos hacia la escuela. Hay que tener muy presente que, en los últimos estudios de la OCDE sobre calidad docente, se señala la importancia del clima de aula y de la vinculación socioafectiva como dos aspectos clave para un buen aprendizaje.Otro cambio que estudia PISA es la irrupción de la inteligencia artificial. El 54% de los estudiantes españoles utilizan chatbots de IA para aprender al menos una vez por semana, frente al 46% de la media de la OCDE. Los usan para buscar información, resumir textos e incluso redactar trabajos. La cuestión educativa ya no es, por tanto, si los alumnos utilizarán la IA, sino cómo enseñarles a hacer uso de ella sin delegar en ella el pensamiento. Negar el problema no lo resuelve, sino que lo agrava.¿Qué haría, pues, después de PISA 2025? Menos reformas exprés y más continuidad: reforzar la lectura, las matemáticas y el razonamiento científico; actuar sobre el absentismo y el clima de aula; trabajar en el aula para hacer un buen uso de la IA, y evaluar rigurosamente las políticas que se aplican.Necesitamos, por encima de todo, asumir los problemas sin buscar excusas y evitar utilizar PISA como un arma política, en una dirección o en la otra. Los datos no deberían servir para confirmar aquello que cada uno ya pensaba antes de verlos.La solución educativa en nuestro país pasa –y no nos cansaremos de decirlo– por consensuar políticas educativas que vayan más allá de los ciclos electorales. Nuestro sistema educativo necesita estabilidad y tiempo; necesita pactos globales y generosidad. En ningún caso deberíamos utilizar la educación como un arma electoral ni convertirla en el escenario de peleas sobre metodologías.Cabe recordar que las preguntas de PISA son competenciales: no valoran contenidos aislados, sino la capacidad de nuestros alumnos para aplicar conocimientos y resolver situaciones nuevas. Por eso también debemos avanzar hacia un aprendizaje más competencial y relevante.Quizás esta es la lección más importante. El objetivo no es subir unos cuantos puestos en el próximo PISA. Es mucho más ambicioso y relevante: conseguir que menos alumnos se queden atrás, que muchos más lleguen lejos y que todos salgan de la escuela más preparados y con confianza para pensar por sí mismos.

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