Obituario

Adiós musical al pianista sin techo del Hospital Clínic

Arrels rinde homenaje a Dragomir Atanazov, fallecido prematuramente a los 54 años

BarcelonaNo podía faltar la música y aún menos el piano que le acompañó tantos días para despedir a Dragomir Atanazov, un hombre que conseguía evadirse de las fealdades y tristezas de vivir en la calle y se transformaba cuando tocaba las teclas blancas y negras. Atanazov, elDrago, nació en 1972 en Bulgaria y murió prematuramente este mes de abril en Barcelona, ya no como una persona sin hogar sino en casa de una familia de acogida. En un emotivo acto en el taller-tienda La Troballa, que Arrels Fundació tiene en la calle Ample de la capital catalana, donde él había pasado tantas horas trabajando, seis pianistas han querido rendir un homenaje al pianista de la calle que tocaba en el Hospital Clínic y en el Sant Pau y dejaba a más de uno boquiabierto.

Como Abel Coll, el fundador de Pianos Vius, la entidad responsable de plantar pianos en hospitales o residencias de ancianos para pianistas espontáneos. Coll se ha decidido por el My way, por las conexiones evidentes de la libertad con la que vivió Atanazov. Lo ha calificado de optimista, alegre, de una sensibilidad mayúscula que le transmitió incluso en aquellos primeros vídeos que el público subía a las redes y que le alucinaron. "El Drago me abrió los ojos y me enseñó el poder bestial de la música porque sin el piano yo, seguramente, no me habría acercado a él y me habría apartado", afirma. Con uno de los valses de Chopin y la Danza turca de Mozart, el joven Mauricio ha hecho un retrato del Drago amante de la música clásica, de un tipo superculto, calificativos que desmenuzan estereotipos.

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Es gracias a la pasión de Atanazov que Coll regaló un piano a La Troballa, que ha sido el centro del homenaje. De pianista a pianista, Míriam Vallès ha evocado al Drago como la persona que le enseñó a sonreír. Como el resto de artistas que han tocado, la joven pianista ha explicado el día que lo conoció. Hacía cinco años que ella no tocaba y se armó de valor para entrar al Clínic, sentarse, mover las teclas y volver a salir. Hubo una segunda vez y mientras tocaba y cantaba notó que un hombre con "greñas y dos bolsas de plástico grandes" se paraba a su lado y lo escuchaba atentamente. Acabaron tocando juntos, como con Manuel Agudo Rodríguez, joven estudiante de un máster en la Universidad de Barcelona, con quien repasaba la discografía de los Beatles y se emplazaban a compartir proyectos que nunca llegaron a hacer. "Es una de las lecciones que me deja, vivir sin dejar nada por hacer", ha dicho.

Obsesión con las uñas limpias

A Pilar Martos le ha salido una pieza de la banda sonora de la película

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A Pilar Martos le ha salido una pieza de la banda sonora de la película Interstellar, la odisea de un grupo de astronautas que viajan a través de un agujero negro para encontrar un nuevo lugar para la humanidad. La elección, ha subrayado la pianista, "no es un gesto arbitrario" porque al homenajeado "le salió lejos, se perdió en el vacío, lo atravesó y encontró la manera de devolvernos belleza cuando se sentaba al piano". Dicen que aún tenía "el corazón en Bulgaria".

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El viaje vital de Atanazov, como el de tantos otros, es en cierta manera la historia del piano que suena en el homenaje. "Lo compraron en México, lo llevaron a París y, como el Drago, ha acabado en Barcelona", explicaba Rocío Alonso, la jefa del programa ocupacional de Arrels y la responsable de La Troballa, que ha rememorado el disgusto y la rabia que sintió Atanazov cuando le robaron las bolsas que siempre llevaba encima y donde guardaba el dinero con que soñaba comprarse un teclado para no depender de los pianos comunitarios. "Él decía que no entendía la vida sin estar enamorado y la música era para él ilusión, chispa", recuerda Alonso, que ha dado por concluido el acto con un cinematográfico: "¡Vuelve a tocarla, Drago!".