El Papa visita "la gente más 'chunga' del barrio"

La visita de León XIV a un centro de Cáritas pone en el foco la situación de las personas en riesgo de exclusión

León XIV durante su visita al Centro CEDIA de Cáritas Madrid
Olha Kosova
Act. hace 2 min
5 min

MadridOlha Kosova es una periodista que también es usuaria del centro de acogida de Cáritas Madrid visitado por León XIV.La imagen del Papa aparece de repente en la pantalla del televisor. Aplausos y exclamaciones de alegría recorren la sala. El comedor, escenario habitual de nuestras conversaciones y encuentros cotidianos, se convierte durante unos minutos en uno de los espacios incluidos en el recorrido de la visita papal a Madrid. Cuando el pontífice entra en la sala y comienza a saludar a los presentes, muchos se acercan para intentar verlo de cerca. Algunos no pueden contener las lágrimas.

A pesar de un día a día complicado, esta semana el ambiente en el centro de acogida para personas sin hogar gestionado por Cáritas Diocesana de Madrid (Cedia) ha sido de expectación, casi de fiesta: la visita del Papa ha contagiado incluso a los que no creen en él.

Cedia es un pequeño mundo en sí mismo. A veces recuerda un campamento infantil, aunque para adultos con problemas reales y, a menudo, con historias profundamente trágicas. La visita de León XIV se convierte en una ocasión para volver a mirar aquel otro mundo que convive con el nuestro y que a menudo preferimos no ver: el de las personas que no tienen hogar.

En una habitación, una mujer de unos 50 años levanta la mirada hacia una pequeña ventana, la única fuente de luz. Tiene los ojos llenos de lágrimas. En silencio, reza y pide protección para su hijo. Años atrás, el joven –después de ver en TikTok vídeos sobre una vida idealizada en Europa, muy populares en Argelia–, y en un intento de desafiar a su padre, lo dejó todo para viajar a España. La realidad resultó muy diferente: un centro de menores, la soledad y el desfase entre expectativas y realidad lo empujaron hacia una depresión profunda.

No era aquel el futuro que Keltum había imaginado para su hijo. Tiempo antes, y a pesar de la oposición de su familia, ella misma se matriculó, a los 37 años, en una carrera de filología francesa porque creía que la educación abría puertas. También intentó abrirlas a su hijo: clases de inglés y francés, jujitsu, apoyo constante, la promesa de una vida mejor. "Él es el sentido de mi vida", dice. La miro y pienso en las vidas que han ido llegando a Cedia.

A pesar de los estigmas –el alcoholismo, las malas decisiones, la supuesta responsabilidad individual–, la realidad es más compleja. Años de paciencia y un divorcio fallido pueden ser suficientes para que un coche se convierta en un hogar, mientras los restos de una vida anterior acaban en un trastero en las afueras de la ciudad. La falta de afecto en la infancia, el abuso, el abandono de los estudios, una discusión familiar. A veces el punto de ruptura llega cuando no hay trabajo ni posibilidad de pagar un alquiler. Un préstamo mal entendido, la falta de formación y la depresión pueden desembocar en años de vida errante entre hostales baratos.

Una cadena de arreglos

Decimos "de Madrid al cielo" porque para muchos es una ciudad de oportunidades. Tardes en el Teatro Real, exposiciones, galerías, conciertos, planes infinitos... Pero caer es igual de fácil. Empresarios sin escrúpulos, enfermedades, adicciones, rupturas, soledad, problemas de salud mental… El mundo de la calle en Madrid está más cerca de lo que parece.

El camarero que te sonríe con educación en una de las terrazas más caras de la ciudad quizá duerme en un contenedor de ropa alquilado en Vallecas por 100 euros al mes, y su camisa perfectamente planchada es el resultado de una cadena de arreglos improvisados. Lavanderías de barrio. Horas de plancha en casa de amigos.

El albañil que te viene a casa puede que viva en una furgoneta prestada, mientras un amigo le da las sobras de un restaurante para que pueda comer. El repartidor de Glovo quizá vuelve, después de una jornada agotadora, a Cedia porque no tiene ningún otro lugar adonde ir. O el posible pretendiente de tu hija, políglota y educado, que habla de compromisos urgentes, tal vez solo calcula el tiempo para volver antes de las 21 h al albergue.

Muchas de estas historias pasan sin dejar casi rastro. La calle no confía en los desconocidos, se avergüenza de los refugios y a veces desconfía de las instituciones. Al final, lo único que tienen en común es la indiferencia: no hacer suficiente daño para ser vistos a tiempo.

En 2016, el director británico Ken Loach estrenó Yo, Daniel Blake, Palma de Oro en Cannes, una película en la que un carpintero que sufre un infarto queda atrapado en un sistema de ayudas que no consigue comprender ni atravesar. La película retrata cómo la burocracia convierte a las personas en expedientes. Los servicios sociales, saturados, a veces no llegan a darles respuesta. Mientras tanto, la vida queda suspendida en un limbo burocrático.

Sin embargo, si el protagonista hubiera llegado a Cedia, el desenlace no tendría por qué ser necesariamente el mismo. Incluso antes de obtener plaza, ya se le habría facilitado una lista de comedores sociales. Le ayudarían a redactar un currículum, recibiría apoyo económico para ropa, un teléfono y medicamentos no cubiertos, y acompañamiento para la búsqueda de empleo.

"No es fácil reconocer a un sintecho"

En Cedia también hay una red de apoyo horizontal, hecha de gestos mínimos. "¿Como no traes nada? Siempre tienes que tener algo en la cuenta", me dice uno de los residentes, que es albañil. Remueve dentro de la cartera y saca 10 euros. Me los ofrece con insistencia, aunque los rechazo. "Te hemos hecho una lista... la leche dorada ayuda a aliviar el dolor de las articulaciones", explica otra compañera mientras lee los ingredientes: canela y cúrcuma.

Mis compañeras me lavan la ropa cuando no me toca, me ayudan con las tareas del centro, cargan mi mochila, comparten consejos para sobrevivir en una ciudad que de repente se ha vuelto ajena, una ciudad en la que la soledad se siente de otra manera. "La línea 6 es buena para dormir durante el día porque no se para", "en la biblioteca del metro de Pacífico no miran mucho", "en el Retiro se puede dormir en el césped si está seco", "la Gran Vía era el lugar más seguro para mí para dormir en la calle".

De la estigmatización exterior, aquí también se bromea. "No te preocupes, no te robaré el móvil", dice riendo uno de los compañeros. "Vigila", advierte una mujer a mi compañera al salir del metro, señalando el móvil que le sobresale del bolso. "Esta zona no es muy buena". "Tranquila, somos la gente más chungo del barrio", respondo yo. Reímos de los estereotipos.

En este pequeño mundo, todo el mundo sabe que no es fácil reconocer a una persona sin hogar a simple vista. En cualquier caso, Cedia es solo una etapa intermedia, una "piedra de apoyo", como reza uno de sus lemas. Después, todo dependerá de la persona. O del destino. Algunos consiguen recomenzar; otros, inevitablemente, vuelven a la calle.

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