Moda

Vestir la democracia... y dar vergüenza ajena

Una de las imágenes de la campaña
21/07/2026
Analista de Moda i Tendències
3 min

La moda es política. Cuando decidimos ponernos unos zapatos planos en lugar de unos tacones, enfundarnos unos vaqueros rotos o atarnos una corbata, estamos haciendo una declaración sobre cómo queremos situarnos en el mundo. Tal como proclamaron las feministas en los años setenta, recogiendo buena parte del pensamiento contracultural, lo que es personal es político. No es extraño, pues, que a lo largo de la historia instituciones, ideologías y partidos hayan intentado apropiarse del poder simbólico de la ropa para convencer, construir identidades y, a veces, también dominar.El último episodio lo ha protagonizado el gobierno de Pedro Sánchez, que hace pocos días presentó DMOCRACIA, una campaña gráfica construida con todos los códigos de una marca de streetwear, con un lema que no deja margen a la duda: "Cuando te vistes, te posicionas". La iniciativa, enmarcada en los actos de conmemoración de los cincuenta años de democracia, pretende acercar este sistema político a los más jóvenes, con una estética urbana y el acompañamiento de un batallón de influencers. La primera reacción, lo confieso, es mirar alrededor buscando la cámara oculta. Cuesta decidir si estamos ante una campaña institucional o una parodia de proporciones gigantescas. Pero, una vez asumido el despropósito, vale la pena preguntarse: ¿es una extravagancia genuinamente española o vestir los ideales políticos tiene una historia más antigua de lo que parece?El pintor neoclásico Jacques-Louis David, conocido por obras como La muerte de Marat o El juramento de los Horacios, tuvo un papel activo y comprometido en la Revolución Francesa. Convencido de que además de instaurar un nuevo orden político y social también era necesario darle una forma visible, diseñó diversos trajes para definir la apariencia del nuevo ciudadano republicano. Mediante los tres colores de la bandera, referencias a la Roma republicana e inscripciones como Liberté, Égalité o Peuple français, aspiraba a crear un nuevo código visual para una sociedad gobernada por los ideales revolucionarios.Sin embargo, el proyecto no prosperó. La historia ha demostrado que, salvo los regímenes que imponen una determinada apariencia –como en la República Popular de China, donde el traje Zhongshan (traje Mao) se convirtió en indumentaria hegemónica bajo una fuerte presión–, la moda no se adopta por decreto. Las personas no visten simplemente aquello que les prescribe un gobierno, sino aquello que emerge de una compleja red de deseos, identificaciones, aspiraciones y dinámicas sociales. La política puede intentar vestir una ideología, pero no decidir qué se pondrá la sociedad.

Uno de los aspectos más sorprendentes de la iniciativa es que no ha sido concebida por un diseñador de moda, sino por un grafista. Quizás se podría haber aprovechado la ocasión para establecer una alianza con un sector extraordinariamente creativo, reivindicar el talento local y confiar el proyecto a quien conoce de cerca los mecanismos de la moda. En cambio, se ha optado por una fórmula cada vez más habitual: apropiarse de la estética de las marcas nacidas fuera del diseño textil, reduciendo la moda a un logotipo estampado sobre una camiseta o una sudadera. La diferencia es que, en este caso, ni siquiera hay una marca ni una colección: solo la ficción de una marca que convierte la democracia en un logotipo y su significado en un eslogan.Dicho esto, renunciaría encantada a esta alianza con el sector si construir una campaña alrededor de la palabra DEMOCRACIA sirviera realmente para frenar la deriva antidemocrática actual. Pero, ¿de verdad alguien de los que la idearon creía que esto podía pasar? Más bien parece uno de esos intentos desesperados de interpelar a una generación joven hablándole con los códigos que imaginamos que habla. El riesgo es que el único efecto conseguido sea provocar aquello que los mismos jóvenes llaman "cringe": aquella mezcla de vergüenza ajena e incomodidad que aparece cuando un adulto se esfuerza demasiado por parecer joven. Si es así, quizá esta campaña sí que acabará generando un consenso intergeneracional. Lástima que sea alrededor de la vergüenza ajena.

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