Laura Freixas: "Siempre me he situado a la izquierda con dudas y críticas, pero a la izquierda"
Escritora
Laura Freixas acaba de publicar Mi madre en el espejo (Tres Hermanas, 2026), un retrato familiar y personal. En la esfera íntima se forjó su amor por la cultura y una rebeldía que no acepta la pasividad: una se hace feminista cuando ve la injusticia y quiere cambiarla. Sus posiciones firmes en el movimiento le han traído quebraderos de cabeza, y de esto hablamos en esta charla para conocer a la escritora y sus anhelos.El libro comienza con una frase de Annie Ernaux que dice: "Revivirlo todo pero sin el dolor, eso no existe más que en la escritura". Yo no creo que hayas hecho este camino sin el dolor, a pesar de la escritura.
— Hay dolor, pero es el mismo que cuando te desinfectas una herida. Es un dolor que te lleva a la curación. El otro, el dolor sin palabras, es el que es muy difícil de soportar. Es el peor. Y yo tengo dolores sin palabras y el psicoanálisis, que ha sido muy importante para mí, me ha servido para ponerle palabras, entenderlo e ir liberándome. Eso es también el proceso de escritura, poner palabras a aquello que no tiene.
La familia es el campo donde florece la imposibilidad de decir las cosas claramente hasta crear un malentendido monumental.
— La primera relación es intensísima, lo marca todo. Poner las cosas en palabras no creo que sea posible; hay demasiadas cosas no resueltas. Hace falta mucha voluntad, mucho trabajo. Con mi madre sí que servía poner las cosas en palabras. Con mi padre era imposible por una imposibilidad emocional. Nunca tendremos aquello que soñábamos de jóvenes progres de abolir la familia y de relaciones más igualitarias y basadas en la voluntad.
Esto es muy ambicioso. Hablo solo del hecho de que no sea siempre una película que acaba mal.
— Yo no diría eso, simplemente es de una intensidad insoportable.
Y por eso decides, como cuentas en el libro, tomar distancia. ¿Sabes que ahora hay una corriente que va justo de eso: de romper con la familia?
— No lo sabía, creo que va en la línea de esta expresión que se ha puesto de moda: las "relaciones tóxicas". Creo que es ilusoria la división entre relaciones tóxicas y no tóxicas. Lo que hay es toda una gama de relaciones ambivalentes y complejas.
¿Qué pasó cuando diste este paso?
— Cuando rompí con mis padres lo pasé fatal. Estuve muy sola, aunque ahora lo veo como una etapa necesaria. De todas formas, nunca puedes romper, no rompes internamente. Evolucionar y cambiar, sí, romper, no. Puedes decidir alejarte y no verlos ni por Navidad, pero hay un dolor dentro que no se va.
El juicio constante sobre la apariencia, como el de mi madre, parece un tema menor, pero se te mete bajo la piel. Es el reflejo de una sociedad que no para de juzgar a las mujeres.
— La sociedad y la familia son muy invasivas y controladoras con las mujeres. Lo viví con mis padres, y con mi madre con la contradicción de que ella era muy crítica respecto a la desigualdad. Se nos juzga: lo que llevas, si te queda bien, el peso, si te depilas, el cabello... Intenté desactivarlo diciéndole a mi madre que sus comentarios sobre mi apariencia me molestaban. No hubo manera.
¿Por qué era importante? ¿Qué representaba para ella?
— Hay más lecturas, pero una es la rivalidad. A mi madre le parecía bien que yo tuviera éxito en los estudios o el trabajo, ni rivalizábamos por el padre-marido: le parecía bien que mi padre se interesara por mí porque la dejaba en paz. Pero había un terreno en el que ella quería ser la única mujer. Todos queremos que nos acepten y nos quieran. Su manera de conseguirlo era sentirse femenina, guapa y elegante. Se sentía en falta como ama de casa y como madre. Donde se encontraba a gusto era en el reino de la belleza, que a mí no me interesaba nada, de manera que no debería haber habido rivalidad, pero ella necesitaba recalcar no solo que ella era muy elegante, sino que la elegancia importaba… y que yo no estaba a la altura. Y esta manía de juzgarme en este ámbito me sacaba de quicio.
¿Te parece pertinente la comparación en el plano social?
— Te coloca en un lugar de objeto y los demás se atribuyen el poder de juzgarte. Esto mina la seguridad, y no pasa lo mismo con los hombres. La dominación de las mujeres tiene un componente de imposición subrepticia: "Te imponemos esto y no puedes protestar porque estamos de acuerdo en que no tiene ninguna importancia… pero te lo imponemos". Gran parte de nuestra vida se va en cosas sobre las cuales ni siquiera podemos protestar porque se supone que no son importantes. Lo mismo pasa con los chistes machistas: enseguida te dicen que no tienes sentido del humor. Sí, es importante y hay un significado en ello.
¿Y qué tal la autocensura? Supongo que has considerado mejor no explicar algunas cosas. En concreto te pregunto por la educación no igualitaria.
— Sí, hay algo de eso. De los cuatro de la familia, quedamos mi hermano y yo y no es culpa suya. No tengo nada que reprocharle a él.
¿Crees que ha cambiado, esto? El machismo de las mujeres ha hecho mucho daño al feminismo en este terreno.
— Es inevitable asimilar el machismo: te arrancas una capa de patriarcado y aparece otra debajo. Es inconsciente, una "preferencia adaptativa", como decía Martha Nussbaum. Un ejemplo: ¿es machista decirle a tu hija que no salga sola o que vigile la bebida? Es un reflejo para protegerla del machismo ambiental. Yo tenía claro que se lo tenía que decir y lo hice. Después ella me lo ha reprochado.
¿Y la solución?
— Le he dicho que lo volvería a hacer igual y ella que la tendría que haber apuntado a autodefensa; no se me había ocurrido. Mi madre me decía que los hombres hacían lo que les daba la gana, iban de prostitutas, pero que para casarse las buscaban vírgenes. Prueba de que no eran convicciones suyas sino advertencias de cómo era la sociedad: cuando las nietas han llegado a la casa de verano con un novio y han compartido habitación y, al verano siguiente, tenían otro, a mi madre le parecía de primera. Ella sabía que aquella sociedad era así.
Quizás incluso tenía envidia de las chicas…
— Lo tenía. Lo decía abiertamente, que ella había tenido la mala suerte de nacer cuando nació.
Uno de los capítulos narra una escena de abuso por parte de tu padre. Ilustra hasta qué punto los hombres creían, y creen, que nosotras las mujeres les pertenecemos como un objeto.
— "¡Eres mía!", decía, tan convencido de que yo le pertenecía. Me tocaba, flirteaba y hacía alusiones sexuales. Un ambiente incestuoso y una amenaza constante de ir a más que me provocaba una gran angustia.
¿Tu madre no te defendió? Quizás entendía que tú también eras suya…
— Mi madre estaba agotada de pelearse con mi padre. Sabía que él era impermeable e insensible a cualquier crítica. En parte por ser una persona neurótica, con dificultades para ver realmente al otro. Quería mucho, pero era incapaz de querer si querer es tener en cuenta a la otra persona y renunciar a cosas. Por un lado, estaba eso, y por otro el hecho de ser hombre, burgués, viviendo en su tierra, con éxito… Tenía la convicción de que todo lo que hacía era correcto; con mi madre por ser mujer y charnega, y con nosotros por ser niños. Era incapaz de entenderlo. Si le hubiera dicho: "Tú me tocabas, y eso me traumatizó", le habría parecido una exageración. Era exasperante saber que lo podía expresar, pero que sería recibido con la más absoluta incomprensión y enfado. Es angustiante.
Hablando de las formas de amar y del afecto, la abuela aparece como la figura de la supermadre: amor y entrega incondicionales y casi sin vida propia. ¿No es esto lo que cuestionamos ahora y queremos cambiar?
— Desde luego. Mi abuela lo daba todo por nosotros, pero lo que no nos podía dar era ejemplo. Era una madre y abuela ideal que vivía para los demás, pero al mismo tiempo tuvo una vida de mierda, éramos su único consuelo. Yo nunca, por más amorosa que fuera, consideré que su modelo fuera preferible al de mi madre, que decía: "Los niños me cansan y me aburren", y fue una buena madre. Los hombres no tienen este dilema.
Después de toda una vida, hay momentos realmente de mucha ternura. Uno es al final, ya en los cuidados, en la vejez más terrible. Me pareció que aquí pasa una cosa muy difícil y es que uno gira, abandona la posición desde la cual siempre ha visto las cosas, lo ve de otra manera y lo entiende todo. ¿En qué momento haces tú este giro?
— Cuando mi madre ya ha perdido el poder, ha cambiado la relación. Aquí la puedes querer como no lo podías hacer antes. Y incluso con mi padre. Hay una escena, una conversación en el lecho de muerte. Hablamos sobre música y me dijo unas cosas… Me parecía un hombre muy interesante y muy original. Eso es lo difícil de estas relaciones de amor-odio. Odio cuando recuerdo cómo abusaba de su poder y cómo me tocaba… Y, al mismo tiempo, le admiras y le quieres… Todavía a veces sueño con él, que le abrazo, tenemos una conversación sin angustia y que lo hemos superado todo.
¿Lo has superado todo?
— Estoy contenta. Tuve la suerte de que mis padres fueran lo suficientemente longevos para haber podido cerrar el círculo. He escrito el libro porque sabía que lo tenía que escribir. Lo que no sabía era cuándo. Pensaba que no lo podría publicar hasta que ellos hubieran muerto... Ahora pienso que tampoco lo habría podido escribir hasta que ellos hubieran muerto, necesitaba que se cerrara la historia y que pasara un cierto tiempo.
Tu madre y tú compartíais diagnósticos sobre los hombres, pero tu madre no veía soluciones y tú pasas a la acción: la conquista de tu feminismo. ¿La de la generación siguiente?
— Diría que la libertad amoroso-sexual, pero tampoco sé hasta qué punto la han conquistado o la han recibido. Yo iba avanzada sobre la libertad de tener novio, una cosa que ellas ya tienen asimilada, como la suerte de crecer con anticonceptivos y aborto legal. La iniciación sexual de las mujeres se ha hecho bajo tres espadas de Damocles: el embarazo no deseado —miedo ya superado—, la doble moral y la amenaza de violencia sexual, que continúa y quizás ha aumentado. Ahora el gran enemigo es la hipersexualización (prostitución, pornografía, OnlyFans). La desigualdad pasa por el sexo; de aquí el repunte de una prostitución que creíamos que desaparecería y que se ha multiplicado. La lucha actual es desmantelar el discurso que vende esta hipersexualización como libertad y empoderamiento.
Me gustaría preguntar cómo va la división del feminismo entre el de la diversidad o queer y el clásico, abolicionista y binario. ¿Crees que hay o puede haber algún punto de acuerdo entre ambos?
— Habrá un reencuentro cuando se vea el callejón sin salida del concepto de identidad de género, pero el precio será una generación sacrificada. Me dan pena los adolescentes que, creyendo que pueden cambiar de sexo, se someten a procedimientos médicos con una factura enorme para la salud. Muchos se arrepentirán y habrá juicios y reclamaciones. También se entenderá la injusticia de tener hombres feminicidas en prisiones de mujeres o compitiendo en los deportes. Eventualmente se sabrá, pero mientras tanto esta ideología habrá favorecido a la derecha, cosa que lamento profundamente.
¿Qué sientes cuando oyes la expresión "ideología de género"?
— A ver, ideología de género es una especie de saco donde cada uno pone lo que quiere. Es la expresión que utiliza la gente que no sabe muy bien de qué va esto, sirve para rechazar en bloque tanto el feminismo como la identidad de género o la teoría queer que se presenta como feminista, pero para mí no es feminista.
Judith Butler el otro día decía lo contrario…
— Este es el discurso de Judith Butler, que para mí no es feminista, como tampoco lo es defender la legalización de la prostitución y de los vientres de alquiler. Los derechos conquistados por las mujeres se vacían de contenido si consideramos que solo importa la identidad de género. El sexo es una realidad material importante que siempre tendrá consecuencias. Siempre habrá una diferencia, pero no tiene por qué ser jerárquica. Este sistema de subordinación frente al poder es el género: una organización social basada en el sexo, no una identidad individual o elegible. Es el lugar que la sociedad te asigna, las posibilidades y los límites que se te dan en función de tu sexo, no de tus sentimientos o voluntad.
¿Cuál es el lugar que el feminismo que tú defiendes y representas deja a las personas trans que existen?
— Les deseo lo mejor. Que vivan como quieran. Que puedan acceder a los tratamientos médicos que deseen cuando sean mayores de edad y haya información veraz sobre sus consecuencias –que ahora mismo creo que no existe, porque la ideología interfiere con los datos. Que se vistan como les parezca, que se relacionen con quien quieran... Pero que se reconozca la realidad del sexo biológico. Creer que porque un hombre adopte estereotipos asociados a las mujeres es una mujer, es profundamente sexista. Lo que es progresista es aceptar que un hombre puede ponerse medias de rejilla si le gusta y no por ello dejar de ser un hombre.
Dos casillas, pues…
— Dos casillas, sí. Tratarlos como mujeres en los deportes es injusto: pone a las mujeres en peligro y falsea el juego limpio. Y en las estadísticas, igual: no puedes acabar con los sesgos en la investigación médica si no sabes el sexo de los sujetos. Considerar a las personas trans como miembros del otro sexo presupone que no tendrá consecuencias porque son pocos casos, pero si lo permites para uno, lo tienes que permitir para un millón. Para incluirlas, tienes que cambiar la definición de hombre o de mujer. Si ser mujer no tiene nada que ver con la biología, ¿para qué hacer políticas contra la discriminación por maternidad? Nos acusan de «transexcluyentes», pero no es verdad. Acogemos a todos los aliados, pero son aliados: no han vivido la misma experiencia. Si nos reunimos sin hombres es como en los sindicatos, donde hay empleados y no empresarios. Para ser aliados tienen que compartir la agenda feminista, y el transactivismo no comparte nuestras ideas ni reivindicaciones. Estoy abierta a discutirlo todo, pero no a que me amordacen, me insulten o me descalifiquen tratándome de tránsfoba y de extrema derecha. Utilizan mi frase "me da más miedo la ley trans que Vox" como si fuera de verdad, cuando es una boutade. Cualquiera sabe que siempre me he situado a la izquierda, con dudas y críticas, pero a la izquierda. No tolero que me nieguen la libertad de expresión y de conciencia, que me obliguen a creer que se puede cambiar de sexo y que, si desobedezco, me traten de hereje.