No estamos acostumbrados al despliegue de ciudadanos con camiseta de la roja y banderas españolas por las calles de Barcelona con los pertinentes cánticos de ritual. Y resulta chocante cuando te encuentras con ello, aunque sea perfectamente previsible: es la tarde y la noche en que España gana su segundo Mundial de fútbol. Las hegemonías deportivas juegan un papel importante en la economía de las pasiones colectivas y generan a menudo clichés que ocultan la complejidad social. La ausencia de una selección catalana en las competiciones internacionales la ha capitalizado el Barça, atribuyéndose la función de equipo nacional de Cataluña. Con esta lógica de buenos y malos, la religión culé se ha impuesto de tal manera que parece que la ciudad (y el país) sea territorio suyo. Pero he aquí que un día la selección española se proclama campeona del mundo y sales a la calle y te encuentras grupos de ciudadanos con banderas rojigualdas y gritos de entusiasmo patriótico, y se te pone cara de no saber dónde estás. ¿Qué está pasando? Pues sencillamente que las sociedades –y las personas– son más complejas de lo que nos pensamos, que las economías del deseo son enrevesadas, lábiles, y que igual que llevan a la confrontación pueden llevar también a complicidades inesperadas.
Y de pronto la rojigualda marca la agenda incluso en TV3. Y TV3 hace muy bien, porque efectivamente es noticia y porque muchos catalanes se han sentido implicados en esta historia. El juego de buenos y malos a menudo nos hace confundir más que nos enseña. ¿Cómo puede ser que hace cuatro días se creyera la fabulación de que la independencia estaba al caer y ahora el clamor de la roja resuene por todo Barcelona? Pues porque las sociedades tienen muchas más teclas que las propuestas con las que se las intenta encuadrar, y las pulsiones tienen un abanico diverso de decantaciones.
Estas contradicciones son expresiones naturales de la condición humana. Las sociedades son por definición complejas, por mucho que los autoritarismos quieran homogeneizarlas. Y el problema está en las ideologías que se presentan como de estricta observancia: por ejemplo, los nacionalismos, que están fundados en el nosotros y los otros. Si algo es evidente en Barcelona es que no hay un nosotros imperativo, sino la diversidad de una ciudad con ciudadanos de las más variadas procedencias, españoles muchos de ellos, pero también decenas de miles de inmigrantes de todas partes. Y esto es lo que explica que el Barça sea hegemónico pero no único, que incluso el Madrid tenga aquí una amplia clientela y que la rojigualda saque gente a la calle. Y más en un momento como este, en que nueve de los jugadores de la selección española son catalanes (ocho del Barça). Y más aún, solo hay uno –y sobrevenido– del Real Madrid. Lo cual resulta liberador: corear los goles de la selección española deja de ser una traición y pasa a ser una manera de poner en evidencia la debilidad del rival. Y así se ha ido haciendo la suma, y mucha gente se ha sentido atraída por una selección que juega bien. Y obviamente la primera reacción es apropiarse de ella: hacerla marca de la casa. Hemos llegado a oír decir que es el Barça quien ha ganado el Mundial. Las economías del deseo colectivo son así. Y las sociedades también. Y esta vez, apoyar a la selección española expresa un cansancio de la exigencia de compromiso individual, cuando la defensa de las instituciones catalanas es cada vez más escasa.
Es verdad que resulta chocante tanto de ruido patriótico hispánico en la ciudad, donde hace nueve años se votaba un referéndum de independencia. Pero se explica, en parte, por la complejidad de una sociedad que fracasó en aquel intento, que navegaba por encima de la realidad. Y ahora resulta que Cataluña ha ganado el Mundial para España. Somos humanos, es decir, imprevisibles en las maneras de adaptarnos a cada circunstancia.