Hablan los marroquíes catalanes: "Allí no hay ninguna oportunidad"
L'ARA conversa con inmigrantes e hijos de inmigrantes a raíz de la crisis migratoria de Ceuta
Barcelona“Viven de este imaginario, de la prima que ha estudiado en una escuela pública y ahora trabaja de lo que quiere”, dice Àsia. Tiene 24 años, ha nacido en Cataluña y es hija de marroquíes. A menudo visitan a la familia, sobre todo en verano. “¿Qué te dicen?”, le pregunto. “Pues que yo puedo escoger y hacer lo que quiero”, me responde. Hace poco que se ha graduado en derecho, y está haciendo prácticas en un despacho de abogados al mismo tiempo que estudia el máster de abogacía.
Allí, los jóvenes de su edad, explica Àsia, tienen la mirada puesta en salir del país. Hace unas semanas que mira menos noticias e intenta no entrar en las redes sociales porque le cuesta ver las imágenes de lo que está pasando en Ceuta. “Siento tristeza e indignación”. Un sentimiento que comparte Fatiha, que, a través de la reagrupación familiar, llegó el año 2000 a Cataluña, el lugar donde han crecido sus tres hijos. “Lo que ha pasado en Ceuta es la injusticia que caracteriza el mundo, donde una parte de la población mundial tiene el privilegio de coger el pasaporte, mirar el vuelo más barato e ir a Tailandia, a Senegal o a donde quieran, mientras los pobres del sur global solo pueden salir forzando las fronteras para buscar otras oportunidades”.
A su lado la escucha Mustafà, que llegó a Cataluña en 2000, en pleno boom de la construcción y muchas ofertas de trabajo y se pudo regularizar –ironías del destino– gracias al gobierno de José María Aznar. “Europa no quiere saber lo que pasa en Marruecos”, sentencia. Afirma que no es un país estable, que no hay futuro ni margen de crítica. Es precisamente para entender la realidad que se vive en Marruecos y los motivos que empujan a sus ciudadanos a marcharse, a menudo incluso jugándose la vida en el intento, que el ARA conversa con Àsia, Fatiha y Mustafà.
Las huidas y el beneplácito europeo
“El Marruecos que yo dejé no tiene nada que ver con el actual”, lamenta Fatiha, que abandonó su país cuando tenía 26 años. Ella estudió en la escuela pública y después consiguió una beca para ir a la universidad, también pública, para estudiar economía. Hoy, dice, la escuela privada cada vez tiene más peso, aglutina a la mayoría de alumnos, y “la escuela pública ha quedado para los pobres de los pobres”. Afirma que se ha implantado de manera salvaje el capitalismo en la gestión económica del país, que el Estado no invierte en los servicios básicos y, lo que es más peligroso, que la gente no confía en ningún cambio a corto y medio plazo. “Por eso buscan soluciones fuera, han perdido toda la confianza en la política”, asegura.
Mustafá añade que el salario mínimo no se ha movido en veinte años y no pasa de los 300 euros, y que la ciudadanía está abocada a “muchísima pobreza, incertidumbre y explotación laboral”. Defiende que la situación en Marruecos cuenta con el visto bueno de los países europeos. “Este es el grueso del problema: a Europa no le interesa que nosotros disfrutemos de derechos ni de libertad. Europa está muy a favor de la política actual del régimen marroquí, y la prueba de ello es el acuerdo de la Unión Europea con Marruecos para proteger la frontera sur”, argumenta.
Mustafá también opina que “si se celebraran elecciones libres y transparentes en Marruecos, podrían ganar opciones que pusieran restricciones a los intereses europeos en África”. Cita como ejemplo el caso de Argelia, donde en el año 1991 la victoria del Frente Islámico de Salvación (FIS) y su plan para nacionalizar el gas acabó provocando un golpe de estado impulsado por la negativa de Francia a perder los beneficios de sus empresas. Defiende que a Europa le interesa mantener el statu quo. Fatiha añade que Marruecos es hoy el “gendarme” de la Unión Europea: le hace el “trabajo sucio” a cambio de silencio, dice.
El imaginario de la mujer marroquí
“La gente ve frustrado el sueño de progresar y salen para buscar un futuro. Y se encuentran con racismo y deshumanización”, dice Mustafá. “¿Qué os encontrasteis vosotros?”, pregunto. Fatiha explica que tuvo que lidiar con un imaginario construido sobre Marruecos, y concretamente sobre la mujer marroquí. “Un imaginario que no se corresponde con la realidad diversa de Marruecos: se nos dibuja como mujeres sin capacidad de decidir, sin estudios y sometidas a los hombres”. Ella ya trabajaba en Marruecos cuando vino a Cataluña para reencontrarse con el marido, que hacía un tiempo que estaba aquí trabajando. La vía del reagrupamiento le daba una tarjeta para residir, pero no para trabajar. “Por ley, me tenía que dedicar a responder precisamente a este imaginario: cuidar a los hijos y al marido, lo que quería la ley de extranjería”. Es un imaginario, dice, que no se corrige.
“Yo no recibo el racismo de ellos, pero también me preguntan de dónde soy. Y respondo que soy catalana. Entonces me dicen: «Ya, ya, pero ¿de dónde, realmente?»”, explica Asia. Conoce a muchos jóvenes que, a pesar de que, como ella, hayan nacido aquí, dicen que son de Marruecos. “Si no te hacen sentir de aquí, se crea el efecto gueto de los barrios. La gente va donde hay gente que se te parece, donde sientes que puedes formar parte de un grupo”.
Afirma que la situación ha empeorado, que el racismo se muestra más abiertamente, hasta el punto de que su padre le llegó a decir que quizás también ella tendría que acabar migrando: “Vigila que no es lo mismo que antes, la respuesta de esta sociedad da miedo”.
Racismo institucional
“Lo que a mí me preocupa es el racismo institucional”, dice Mustafà, que asegura que lo detecta, por ejemplo, en las instituciones de acogida de menores. “Y en la ley de extranjería –replica Fatiha–. No te permite trabajar, no te permite votar, aunque los de Vox piensen que al día siguiente de la residencia ya lo puedes hacer. Llegas aquí y quizás tienes la nacionalidad al cabo de quince años”. Recuerda que cuando su marido llegó para estudiar, le era imposible encontrar piso o trabajo, y tuvo que vivir en una barraca en las afueras de Mataró hasta que encontró trabajo durante los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y asegura que ahora el racismo se ha “desenmascarado”. Pero deja claro que es mucho más problemático el racismo estructural que los comentarios en las redes. “El gran problema de las personas inmigrantes es no poder tener vivienda a pesar de tener nómina y trabajo fijo. Mucho más que un comentario en las redes, que lo hacen porque se ven legitimados a hablar de esta manera porque saben que, a escala institucional y estructural, este tipo de racismo está protegido”. Y todavía añade que “hace más daño que los otros padres lleven a los niños a una escuela concertada si ven que hay muchos hijos de inmigrantes en una pública” que según qué comentarios en redes.
Mustafà remarca que el racismo es inherente al continente europeo y tiene sus raíces históricas en la época de Isabel la Católica. En este sentido, considera que España y Cataluña deberían evitar modelos de integración fracasados como el francés, el belga o el alemán, y mirar hacia el modelo de los Países Bajos, basado en barrios compartidos para evitar la segregación.
La crisis migratoria y humanitaria en Ceuta, sumada a la inacción de las administraciones, ha sido un caldo de cultivo para los discursos de odio de la extrema derecha, que ha instrumentalizado para sus propios intereses la situación que se vive en la ciudad.
El auge reaccionario en toda Europa impacta de manera directa en el día a día de personas como Àsia, Mustafà y Fatiha, marroquíes catalanes que sufren diferentes formas de discriminación por su origen o el origen de sus padres. Àsia lo relaciona con las redadas racistas que se han visto este último año en Estados Unidos por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y se pregunta si estas imágenes no se pueden replicar en la Europa del futuro, cada vez más virada hacia la derecha: “Me preocupa que nos encontremos en una situación similar”.