Malvivir en una masía sin paredes, puertas ni ventanas: "Estamos atrapados"
Una veintena de chicos africanos ocupan una casa a medio construir entre Girona y Salt mientras intentan obtener los papeles y acceder a un trabajo
GironaEntre Girona y Salt, en una masía a medio construir, malviven una veintena de chicos africanos, originarios de países como Gambia, Senegal, Mauritania y Mali. La casa no tiene luz ni agua. Tampoco puertas ni ventanas en las aberturas y, en el interior, solo está la estructura de las paredes maestras. Los jóvenes han improvisado compartimentos con cartones y telas donde duermen con colchones, mantas y tiendas de campaña. En medio del edificio hay una escalera sin paredes ni barandilla, con una caída al vacío muy peligrosa, sobre todo por la noche. Cocinan en una sala con fuego de leña en el suelo o con hornillos de gas, se duchan con garrafas de la fuente y no tienen lavabos.
Todos los residentes tienen historias duras y errantes. Algunos han llegado aquí después de vivir en la calle, otros vienen de centros de menores tutelados. La mayoría son jóvenes con empuje, ganas de trabajar, abiertos y respetuosos. No son focos de problemas, pero tienen un procedimiento judicial de desahucio precario y los cuerpos policiales, hace tres semanas, les tomaron todas las huellas para tenerlos identificados.
Uno de ellos es M., de 26 años, de Gambia. Es espabilado y con iniciativa. Vive en la casa desde hace tres meses después de años de periplo por Cataluña. Habla un catalán perfecto. Está haciendo los trámites para conseguir el padrón y acogerse al proceso de regularización extraordinaria, como la mayoría de sus compañeros. "Estamos aquí por necesidad. No tenemos ningún otro lugar a donde ir. Esto no es una casa en condiciones; estamos aquí porque no tenemos alternativa", explica a el ARA.
"No nos gusta que la gente nos vea viviendo así"
Los jóvenes tienen ganas de explicar y denunciar su situación a todo el mundo que les pueda ayudar, pero, al mismo tiempo, no les resulta nada agradable mostrar las condiciones indignas en las que viven, entre escombros, suciedad, malos olores y bichos. "Da lástima vivir así. Si viene alguien que nos puede echar una mano, lo agradecemos, pero tampoco nos gusta que la gente nos vea viviendo así. Nos da vergüenza", continúa M. Y acaba: "Aquí hay jóvenes con ambición, que quieren salir adelante. Con un poco de ayuda puedes llegar a cumplir tus objetivos, pero tal como está el sistema es muy difícil hacerlo solo. Lo que nos falta son los papeles. Hace muchos años que algunos estamos atrapados en esta situación en la que las empresas no nos pueden contratar. Ahora con la regularización tenemos esperanza". A este joven le gustaría ser camionero: quiere empezar a trabajar en la construcción cuando tenga los permisos y más adelante sacarse el carné para conducir transportes de mercancías.
Otro joven es I., también de Gambia. Llegó en mayo y tiene 19 años. Durante una semana durmió en la estación de tren, en uno de los campamentos improvisados de demandantes de asilo que se han repetido en la ciudad en el último año y medio. La policía les dijo que no podían quedarse allí y acabó encontrando esta opción. "Cuando llegué no tenía confianza, pero ahora formo parte del grupo y nos ayudamos mucho", comenta. Y, en la línea de su compañero, añade: "Aquí hay mucho talento. Gente que quiere trabajar en el campo o jugando al fútbol. Somos personas fuertes", explica. Él querría ser cocinero y habitualmente en la casa cocina arroz o pasta para el grupo.
No es el único que ha llegado a la masía después de pasar por los campamentos intermitentes de africanos en la estación, donde ahora no hay ninguna tienda: "Conocí a otros africanos en la estación y me trajeron aquí. Se vive mejor que en la calle, pero cuando hace frío, tienes que acumular muchas mantas porque las ventanas están abiertas. Lo peor es cuando hace viento", describe otro joven gambiano que habla inglés.
El acompañamiento de voluntarios
Los jóvenes de la casa hacen piña entre ellos, pero no están solos. Diversas entidades gerundenses les acompañan, como Càritas, Cruz Roja, Jokkere Endam o Girona Acull. Los visitan regularmente, les dan material para limpiar, les orientan en los trámites administrativos o les llevan comida. Algunos voluntarios también van una vez por semana, meriendan y comparten un rato de conversación. "Es una lástima que no se aproveche este espacio para generar un proyecto que dignifique a las personas y haga valer todo el talento que hay aquí. Hace falta una mirada comprensiva e inteligente", argumenta Lluís Casas, de Girona Acull.
La masía, de gran valor arquitectónico, es propiedad de una empresa constructora. Las entidades han intermediado para proponer un proyecto de masovería urbana o de cesión de espacios vinculados a la formación en tareas de rehabilitación, pero ninguna iniciativa ha prosperado. La propiedad, que tiene derecho a recuperar la casa, apuesta por desalojarlos y, por lo tanto, la situación de esta veintena de jóvenes no tiene una salida estable a largo plazo. El Ayuntamiento, por su parte, les ofrece servicios básicos y hace seguimiento de cerca del caso para poder ofrecerles una alternativa en caso de que prospere el desahucio.
"Se trata de una vulneración sistemática de derechos: el derecho a la vivienda, al trabajo y a una vida digna. Como ciudad deberíamos preguntarnos cómo es posible que sigamos permitiendo situaciones como esta, marcadas por el racismo y las fronteras. No debemos poner el foco en ellos, sino en nosotros como sociedad. Desalojarlos no resuelve el problema, solo lo desplaza", manifiesta Núria Rodríguez Quesada, también de Girona Acull. Casas y Rodríguez son los impulsores del proyecto Reviu, de acompañamiento integral de jóvenes migrantes en situación de extrema vulnerabilidad. Y Rodríguez, además, trabaja en la Universitat de Girona y está elaborando un estudio de campo sobre jóvenes migrantes en situación de exclusión residencial.
Este no es el único caso de chabolismo o infraviviendas en la ciudad. Al final de la carretera de Barcelona, en la antigua nave Simon, abandonada y en ruinas, malviven decenas de personas sin hogar. En este espacio, donde está previsto construir un instituto, el Ayuntamiento ha pedido autorización judicial para ejecutar un desalojo y ha pedido a los residentes que abandonen voluntariamente el espacio. La voluntad es ofrecer alternativas a las personas más vulnerables, pero también actuar ante la presencia de algunos perfiles vinculados a la delincuencia.