Medio ambiente

¿Ni 'hola' ni 'gracias' al ChatGPT? La ONU cuantifica los riesgos del uso masivo de la IA

Un informe alerta sobre la distribución desigual de los costes y beneficios y el condicionamiento en el acceso a los recursos naturales

BarcelonaLos centros de datos de inteligencia artificial (IA) dispararán el consumo de agua y electricidad y condicionarán la vida de miles de millones de personas en el mundo. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha publicado este miércoles un informe sobre el coste ambiental de esta revolución en 2030 y las proyecciones son preocupantes. Los investigadores para el agua, el medio ambiente y la salud (UNU-INWEH) anticipan un fuerte crecimiento del consumo energético, una intensificación de los conflictos por el agua y una sobreexplotación de los terrenos. Al mismo tiempo, los científicos avisan que la mayor parte del consumo tiene lugar cuando grandes sistemas como ChatGPT o Gemini responden a nuestras consultas e instan a usar el modo conciso: menos palabras, yendo más al grano, para obtener respuestas más cortas y directas, energéticamente más eficientes.

Si bien hace años que se advierte sobre los graves efectos que tienen los centros de datos en las emisiones de gases de efecto invernadero, los científicos de la ONU argumentan que los costes ambientales no se pueden entender sin cuantificar las huellas de agua y tierra. Detrás de la IA hay una enorme infraestructura física –centros de datos, chips, refrigeración, consumo de agua y extracción de minerales– y evaluar la sostenibilidad de la IA a través de una única métrica puede "ocultar compromisos" y "trasladar las cargas ambientales" a zonas que ya se enfrentan a situaciones de estrés hídrico o terrestre.

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En el informe, los investigadores plantean que, en 2030, se podrían consumir 945 TWh anuales, casi el triple del consumo anual que hacen en Pakistán, en Bangladesh y en Nigeria, o aproximadamente el doble del consumo que hizo Francia en 2025. La huella hídrica asociada a la IA –procedente de la refrigeración y la generación de energía– sería idéntica a las necesidades anuales de agua del África subsahariana (9,3 billones de litros), y la terrestre –procedente de la infraestructura energética y las cadenas de suministro– superará los 14.500 kilómetros cuadrados, el doble de la extensión de la demarcación de Barcelona.

El estudio destaca que las tres dimensiones ambientales –energética, hídrica y territorial— no evolucionan necesariamente en la misma dirección. Por ejemplo, cambiar del carbón a la bioenergía puede reducir de media la huella de carbono de la electricidad en un 70%, pero aumenta el coste hídrico más de treinta veces y el terrestre en cien veces. "Esto no resuelve un problema, sino que crea otros, a menudo en lugares que no lo han pedido", advierte la investigadora principal del informe, Miriam Aczel.

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El coste de hablar con la IA

El informe destaca que entre un 80% y un 90% de la energía no se consume durante el entrenamiento de los sistemas, como se creía, sino cuando responden las consultas de los usuarios (la llamada fase de inferencia). Solo ChatGPT procesaría aproximadamente 2.500 millones de peticiones diarias, lo que supone 383 GWh anuales de electricidad para un solo producto –que requeriría una compensación de 2,6 millones de árboles cultivados durante 10 años– y requeriría una superficie equivalente a 800 campos de fútbol y un consumo de agua doméstica similar al de 500.000 personas.

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Pero, ¿por qué? Cada palabra que escribe el usuario y cada palabra que responde el chatbot consume electricidad porque los servidores deben procesar tokens (trozos de texto). Las operaciones más simples, como clasificar un correo como spam o no, requieren muy pocos recursos. Pero cuando pedimos un texto o mantenemos una conversación, el consumo energético puede llegar a ser 200 veces superior. Si lo que queremos es generar una imagen, el gasto se dispara 1.450 veces. Así, reducir el tipo de contenido y la longitud de las interacciones podría tener un impacto energético importante. Si son más cortas –por ejemplo, eliminando las fórmulas de cortesía como hola o gracias o interacciones redundantes–, el consumo por consulta podría bajar aproximadamente un 25%.

El estudio también alerta sobre la distribución desigual de los costes y beneficios de la infraestructura digital. Por ejemplo, en Uruguay, los planes para un centro de datos con un consumo intensivo de agua coincidieron con una sequía en 2023 que agotó las reservas de agua dulce de Montevideo. A esto hay que añadir el aumento previsto de los residuos electrónicos vinculados a la IA, que podrían llegar a los 2,5 millones de toneladas anuales a finales de la década. Sería como llevar 250 torres Eiffel al vertedero cada año.

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"Este informe no va contra la IA", quiere dejar claro el director de la UNU-INWEH (y exiliado iraní), Kaveh Madani, que ha liderado el equipo de investigación. "Es una llamada a utilizarla de manera responsable y abordar sus impactos no deseados de manera proactiva para hacerla sostenible y equitativa", afirma. De hecho, la UNU-INWEH alerta de la concentración geográfica de la capacidad computacional: solo 32 países disponen de centros de datos de IA, pero más del 90% de la infraestructura mundial se sitúa en Estados Unidos y China.

Madani defiende que la revolución se debe hacer "dentro de los límites planetarios" y beneficiando también a las comunidades que proporcionan los minerales críticos para hacerla avanzar y a las que albergan su infraestructura y los residuos electrónicos. Por ello, los autores reclaman una gobernanza global basada en la transparencia, la eficiencia desde el diseño, la equidad y la justicia ambiental, la responsabilidad del ciclo de vida, la cooperación global y el uso sostenible, con responsabilidades específicas asignadas a todo el ecosistema de IA.