Antonio Alonso: "La clave eran las toallas"
Genetista forense, autor de 'La huella invisible'
BarcelonaSus manos extrajeron el ADN de Lasa y Zabala, de los terroristas del 11-M y de las víctimas de la Guerra Civil enterradas en Cuelgamuros. Antonio Alonso es un testigo privilegiado de la historia criminal y de la medicina forense en España. Genetista forense, dirigió entre 2019 y 2024 el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses. Jubilado, ahora recoge en el libro La huella invisible (Crítica) cómo el ADN ha cambiado la historia de la justicia en España.
Identificó los cuerpos de Lasa y Zabala, las primeras víctimas de los GAL. Y dice que se sintió roto.
— Podías ver mordeduras en las tiras adhesivas, las vendas en los ojos que ya se habían aflojado… y claro, me conmocionó aquella visión.
Fue un hito para la medicina forense.
— Los restos habían aparecido en el año 1985 en Alicante y no se sabía de quién eran. No se pudieron analizar hasta 10 años después, porque no existía una herramienta como el ADN. El gran médico forense Paco Etxeberría fue quien conectó los casos y quien dijo que los cuerpos de Alicante podían ser los dos jóvenes de ETA desaparecidos. Lo confirmamos, y se abrió una ventana para cosas que hoy se consideran rutinarias.
La cal viva ayudó a conservar los cuerpos.
— En aquel momento no lo sabíamos, pero la reacción de calor que se produce cuando la cal viva entra en contacto con los tejidos hace que se sequen, inhibe el crecimiento bacteriano y, por lo tanto, retrasa la descomposición. Fue clave para preservar los restos e identificarlos, y también como firma de los que lo habían hecho. Para poder conectar las muertes con los GAL.
¿Qué pensó al ver las consecuencias políticas de su trabajo?
— Que en general, pero especialmente en los casos que tienen mucha repercusión, no solo es importante la visión del científico, sino también la de los jueces y de la sociedad en general. Muchos especialistas que trabajamos en el caso no entendemos que no se condenara por delitos de tortura, cuando parecía que había indicios bastante claros.
¿Sobre la revolución del ADN, qué supone el caso Pitchfork?
— Fue la primera vez que se utilizó el ADN en un caso criminal. Dos chicas fueron violadas y asesinadas en el Reino Unido, y la policía decidió utilizar una técnica nueva, y para ello pidió muestras de sangre o saliva a miles de hombres de la zona para comparar su ADN con el del asesino.
¿Y el asesino se presentó?
— No, se hicieron cinco mil pruebas pero no se encontró a nadie. Pero la realidad siempre supera la ficción. Una mujer oyó tiempo después en un pub cómo un chico presumía de haberse presentado con un pasaporte falso y haber ganado dinero. Siguieron la pista y resultó que quien le había pagado era Colin Pitchfork. Le hicieron las pruebas y se descubrió que era el asesino.
El ADN nos identifica a nosotros, pero también a nuestros familiares, ¿verdad? Lo vemos en el caso Inmaculada Arteaga.
— Nuestro primer apellido viene del padre, y el cromosoma Y también se transmite de padres a hijos. Inmaculada Arteaga fue una chica asesinada en Ciudad Real. El caso estuvo años sin resolverse. Pero finalmente se encontró ADN de un hombre con datos genéticos similares pero no iguales. Tirando del apellido, encontramos al individuo cuyo perfil de cromosoma Y era idéntico al que habíamos obtenido en los restos.
El 11-M es lo peor que le ha tocado vivir?
— Sí, la noche más difícil. Pienso que yo no soy médico forense, no practico autopsias, trabajo en un laboratorio. Y fue de las primeras veces que me tuve que enfrentar directamente a la muerte, y en este caso directamente a la atrocidad de un número elevadísimo de personas en unas condiciones que ningún profesional espera.
El libro admite un error.
— Se ha de tener en cuenta que es la primera vez que en España nos enfrentábamos a un atentado de esta magnitud. Y hicimos la identificación dactilarmente, pero, claro, después era difícil reasignar las partes desmembradas, necesitas tener ADN de todo el mundo. Es una de las cosas que se pusieron de manifiesto en las revisiones posteriores que se hicieron, y de aquí salió un protocolo de coordinación para casos de grandes catástrofes.
Identificaron también los culpables.
— El primer lugar de donde obtuvimos pruebas fue la furgoneta Kangoo, y esto fue lo que permitió seguir teléfonos que se habían utilizado y poder llegar hasta domicilios. Después de que los terroristas se inmolaran en Leganés, analizamos sus restos para poder identificar a cada uno, y esto también nos permitió trazar los lugares donde habían estado antes. Todo fue muy importante para la sentencia final.
Un caso muy difícil es el del Yak-42. Lo titula como la historia de una indignidad. ¿Cómo pudo pasar?
— Nunca debió haber pasado. Eran militares que volvían a España después de haber estado en Afganistán. De los 62 que tuvieron el accidente, 30 no fueron identificados. No estoy diciendo que se hiciera mal, digo que se pusieron los ataúdes al azar y se escribió en ellos los nombres sin haber identificado quién había dentro. Lo hicieron un general, un comandante y un capitán sobre sus propios compañeros. ¿Qué prisa había? Y tampoco se puede entender la ocultación del gobierno del PP para evitar que las familias supieran la verdad. Seguramente no lo habrían sabido nunca si no hubiera pasado el 11-M.
¿Por qué?
— Porque hay un cambio de gobierno después de los atentados y se revisó la información. En algunos ataúdes había restos de tres personas diferentes.
El ADN también tiene límites.
— El ADN por sí solo no resuelve delitos, el contexto es fundamental.
Se ve en el crimen de Almonte.
— Es el asesinato de un hombre y su hija de 8 años. La mujer, que se llamaba Marianela, había comenzado una relación con otra persona, a quien se detuvo como culpable del crimen. Había ADN suyo en las toallas de la casa, pero no quedaba claro en qué momento había llegado. Y la clave eran las toallas.
¿Las toallas?
— El problema fundamental es que si pones en marcha una lavadora con muestras manchadas de semen o fluido vaginal con tejidos que están limpios, y después los analizas ambos, ves que hay transferencia. De manera que esta transferencia de ADN se podría haber producido en la lavadora. Y cualquier perito que sea honesto debe decir, ante un jurado, que no puede descartar que haya habido contaminación en la lavadora. Cada vez es más fácil decir de quién proviene una muestra, pero es mucho más difícil decir cómo y cuándo llegó allí. Los mecanismos de transferencia del ADN primaria o secundaria son múltiples.
¿Dónde puede haber ADN nuestro?
— En una persona con quien nos hemos tocado la mano, con quien nos hemos abrazado o incluso con quien hemos hablado de cerca y lleva nuestros restos celulares. Por lo tanto, nuestro ADN puede estar en un lugar sin que nosotros hayamos estado allí. Por eso es fundamental tener el contexto para entender cómo se ha producido la transferencia.
¿Es un peso muy grande saber que puedes estar metiendo a alguien en la cárcel?
— Claro, pero hay un principio penal que es que en caso de duda se debe dictaminar a favor del acusado. De manera que si hay dudas no entrará en prisión. En todo caso, la interpretación final la hacen los jueces, los tribunales, las opiniones en el ámbito forense no tienen valor. Tienen valor los datos y los hechos que se pueden probar.
¿Qué significa para usted la caja 198?
— Hablar de memoria y de la Guerra Civil. Hay alrededor de 33.000 restos óseos en Cuelgamuros. Nosotros fuimos allí a trabajar buscando la caja 198, que contenía restos óseos de Aldeaseca y Fuente el Saúz. Son dos pueblos de Ávila donde en el año 1959 el franquismo abrió las fosas y llevó los huesos al entonces inaugurado Valle de los Caídos.
Y repite que no importa el bando.
— La ciencia humanitaria no entiende de bandos sino de personas que han sido vulneradas. En muchos casos la guerra cogió a mucha gente donde la cogió y tuvo que luchar por el bando de turno. Y la dignidad humana y la necesidad que todos tenemos de enterrar a nuestros muertos y hacer un duelo es fundamental.
¿Qué se oye cuando se identifica a alguien?
— En el ámbito forense, cada vez que obtenemos el ADN de una víctima desaparecida o identificamos el ADN de un presunto criminal –como que es un momento eureka– existe la sensación de haber descubierto y aportado algo importante. Y la mejor recompensa que puedes tener es que un familiar celebre tu trabajo.