Manifestarse contra Cercanías ya no es lo que era

BarcelonaDía ventoso de una claridad descolocada después de tanta lluvia; temperatura excelente para manifestarse. Bajo hacia Urquinaona en la mani de la mañana y, después de tantos años, sé que la falta de hormigueo significa que no me encontraré la muchedumbre típica de las Diades. El ambiente es más fácil de definir por lo que no es que por lo que es. Ha desaparecido la presión para escenificar sonrisas de los años del Proceso, pero tampoco existe el rencor cainito que se respiraba en los momentos más oscuros tras el derrumbe. Asimismo, no se percibe nada parecido a la rabia efervescente del catalán cabreado del 2007, que necesitará un efecto de novedad y sorpresa incompatible con el eterno retorno del atraco de Cercanías.

Yo diría que el sentimiento que impera es una mezcla de lucidez y rocosidad. Por un lado, la catástrofe ferroviaria hace de pegamento emocional entre todos los manifestantes y justifica el diagnóstico y las soluciones del independentismo: flota un "nosotros ya lo decíamos" que da base y dirección a la cosa. Por otro lado, la pérdida de credibilidad de los partidos del Proceso hace que no pueda haber esa vibración de urgencia y posibilidad de cambios a corto plazo que infundía energía en el pasado. Lo resume bien una señora que dice: "Yo estaba convencida de que la vería [la independencia], y ahora creo que quizás no". Pero lo expresa tan militante y poco resignada que parece más un llamamiento a perseverar que desesperar. La principal novedad es la presencia de jóvenes que se hacen sentir bramando "Puta Renfe, y puta España" sin que se rompa ningún tabú. Aparte del infalible grito de independencia, afloran novedades como "Si queremos llegar a la hora, España tenemos que echar", que no acaba de funcionar, pero me gusta, y "Fuera Renfe, y fuera España" o "Fuera España, de Catalunya", que sí levantan quórum. Llegados a la plaza Sant Jaume, también detecto que una de las palabras que mejor funciona en el aplaudímetro del discurso de Lluís Llach es este "fuera", un fuera que no va asociado a un objetivo ni a una estrategia política clara, pero que responde bien a la sensación de ocupación física que hacen los trenes de la Renfe.

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La marcha de la tarde también termina en Sant Jaume, por lo que facilita su comparación. Hay bastante menos gente –media plaza contra más de tres cuartos–, y mucho menos de oficio manifestaire. La sonorización es desastrosa y pasados ​​pocos metros no se siente absolutamente nada de lo que dice Anna Gómez, la portavoz de Dignidad en las Vías, que, comparada con Llach, hace un discurso mucho más basado en la desesperación personal –"Estamos muy jodidos"– que en las causas políticas estructurales. Pese a que hayan aparecido un puñado de banderas con el símbolo de Comisiones Obreras, la estelada gana por goleada a cualquier otra bandera, al tiempo que los manifestantes independentistas no hacen ningún intento de robar el protagonismo. La falta de un enemigo político definido desciende mucho el voltaje de todo ello, porque Renfe y Adif, aunque son enviados numerosas veces "a cagar en la vía", son entidades demasiado abstractas para encender ninguna llama política. La proclama oficial, "Sin trenes, no hay futuro" también parece más hecha para no molestar que para pasar a la ofensiva, y cuando se llama no consigue ningún revuelo emocional. Se acaban los parlamentos y la gente está claramente contenta de manifestarse contra una injusticia, pero es imposible no interpretar el bajo tono general sin pensar en la sombra que proyecta la historia del independentismo sobre cualquier movimiento social. Volver a creer después de una revolución fallida es un problema que toca el tuétano del país, seas o no seas indepe, como Cercanías.