Nerea Pérez de las Heras: "Lo peor de perder una pierna, más que el dolor, es la burocracia"
periodista y comunicadora
Una persona en silla de ruedas levanta un fusil. Es la imagen que Nerea Pérez de las Heras (Madrid, 1982) tiene en WhatsApp y que es, en realidad, el logo de un grupo terrorista de ficción que agrupaba a personas con discapacidad. Se lo inventó Álex de la Iglesia en la película Acción Mutante. Ella ya tenía una mirada combativa antes del verano de 2023. Había llenado teatros con el monólogo Feminismo para torpes, que se acabaría convirtiendo en libro; escribía en diferentes publicaciones y copresentaba los pódcasts –que continúan hoy– Saldremos Mejores e Lo Normal. Ya había estrenado los 40 y estaba con un grupo de amigas en una cala de Menorca a la que solo se accede a pie o en embarcación. Era el julio de hace 3 años. Aquel día estrenaba bañador. La hélice de un velero le seccionó la pierna derecha, que le amputaron después de tres operaciones. Lo explica en el libro Fantasma (Alfaguara), donde huye de las narrativas de superación para combinar la narración íntima con un ensayo que transita por el amor, la discapacidad, la vivienda y una defensa férrea de la sanidad pública.
Era 23 de julio, el día de las elecciones generales.
— Y pregunté por el resultado. Por un pequeño momento volví a mí misma y recordé lo que me preocupaba justo antes del accidente.
Se puede pensar: qué tontería las elecciones ante lo que te había pasado.
— Tuve claro bastante rápido que la pierna estaba perdida, a pesar de que intentaran salvarla. Y es mucho más difícil ser discapacitada en un país de derechas donde se privatiza la sanidad. Es un error decir que las cosas estructurales no son importantes cuando nos pasa algo. Es lo contrario: lo que es estructural se hace importante precisamente cuando tú eres vulnerable.
Narras con precisión cómo te haces un torniquete, cómo llegáis a la ambulancia… y cómo funciona el cuerpo para protegerte del dolor.
— Es cierto que me defendió en una situación de supervivencia, sí. Pero también he aprendido que el dolor tiene dos mecanismos opuestos, y el sistema nervioso puede ser refractario a los tratamientos. Hay personas que han tenido lesiones graves… y tienen dolor después sin causa aparente.
¿Qué te viene a la cabeza si piensas en la habitación 225 del hospital Son Espases?
— Alivio y alegría. Fíjate qué cosa más loca. Yo había cuidado a mis padres en hospitales, siempre en habitaciones compartidas. Y cuando me tocó la individual… No sabes la suerte que fue poder tener intimidad en un momento tan horrible.
Las amigas llegaron deprisa.
— Y lo primero que pensé fue: ¿pero están locas? Han cogido un billete hasta aquí, en temporada alta, qué dineral. Y ahora no encontrarán sitio donde dormir. O sea que para mí, en mi alienación, era como que no era para tanto. Porque me podría haber muerto y ante eso, cualquier cosa parecía menos grave. Y entonces nos abrazamos, lloramos… y sí, sí que era para tanto.
Tardaron mucho en quejarse de algo ante ti.
— Me estaban cuidando. Consideraban que no se podían quejar porque sus problemas no tenían importancia después de lo que me había pasado. Después esa conciencia se te va. No te puedes convertir en tu herida, en tu discapacidad.
¿Te preocupaba mucho preocupar?
— Mucho. Sobre todo con mis padres, que ya eran mayores, frágiles, no me podían cuidar y no les quería poner en una situación en la cual yo estuviera vulnerable. Y no sé, a veces cuando te pones la máscara de la fortaleza para no preocupar, a base de fingir fortaleza, te acaba surgiendo la fortaleza de verdad. Fake it till you make it dicen. A mis padres no les dije lo que había pasado hasta semanas después, cuando ya estaba en Madrid y los pude ir a ver con mis hermanos.
Dices una cosa preciosa de tu madre.
— Que ella entendió, mucho antes que yo, que todo lo importante estaba intacto. No ve mucho, pero se acercó, me tocó, me abrazó y dijo: estás viva, me da igual el resto. Y mi padre, en cambio, estaba horrorizado, horrorizado. Lo comparo con salir del armario, hay que dejar que la gente gestione las cosas como buenamente pueda.
Sentías que no habías sido capaz de mantener su creación. ¿Por qué?
— He tenido la suerte de que me han querido mucho desde pequeña y, como soy la pequeña de cinco hermanos, siempre he sido un juguete, he tenido conciencia de juguete, y sentía que lo había roto. Que era una decepción. Por eso también lo oculté, no era capaz de sostener su malestar.
Detrás de historias como la tuya hay narrativas de superación. ¿Hoy eres mejor persona?
— Lo que tenía que aprender sobre el espacio público y el país donde vivo ya lo sabía. Lo que me sorprende es la inconsciencia del resto. ¿Por qué tú no lo sabes? ¿Eres una persona adulta y no te ha pasado nada? ¿Ni a ti ni a nadie que conozcas? ¿No has ido nunca a urgencias sin ni un euro en el bolsillo y te han atendido? ¿Consideras que tiene que pasar algo así para tener conciencia del estado del bienestar?
Pero quizás sí que alguna cosa te ha sorprendido de todo el proceso.
— La fiscalización de la discapacidad. Que tenga que pasar por un tribunal, que no exista un mínimo que pueda recibir sin tramitar papeles, ¡que me lo revisen como si fuera a crecer! Peor que el dolor, ha sido la burocracia, te hace sentiridiota. Ha sido un calvario acceder a lo que necesito, que es poco: una tarjeta de aparcamiento que utilizo cada dos meses. Pero la gente con discapacidades más grandes tiene que hacer una lucha exagerada.
Tuviste que recurrir a una clínica privada en un momento de mucho dolor en el muñón.
— Una de las listas de espera más dilatadas en la Comunidad de Madrid es la de cirugía plástica, que yo necesitaba. Y esperar era mínimo un año más en silla de ruedas, perder masa muscular. Vacié la hucha. Me gasté los ahorros buscando la solución al dolor en todos los lugares donde podía. La sanidad pública te salva, pero después no tiene recursos para garantizar calidad de vida.
Volviste a escribir deprisa, porque una editora que no sabía que habías tenido el accidente te pide un artículo sobre Rubiales y la polémica después del Mundial de fútbol femenino.
— Creo que lo necesitaba, me dio un punto de normalidad, de sentir que la vida continuaba. Pero sobre todo, me angustiaba el dinero. Volví a trabajar a toda hostia, ahora a veces me echo las manos a la cabeza. Pero soy autónoma, trabajo con medios tradicionales y con su traslado a las redes. Y allí no puedes desaparecer tan fácilmente dos meses.
Es en redes donde lo haces público un mes después del accidente. Y acabas en el Hola.
— Ya no me puede faltar nada más. A Anna y a mí nos encanta, porque el artículo tenía ese lenguaje propio de la revista, engolado y cursi, siempre reflejando un amor romántico tipo Disney, pero en este caso entre lesbianas.
Todavía no hemos hablado de Anna. ¿Qué ha significado en este proceso?
— Todo. Hemos estado casi simbióticas. Me di cuenta subiendo y bajando las escaleras del quinto piso donde vivimos. Yo subía y bajaba con muletas y ella llevaba la silla, siempre acompañándome porque estábamos acojonadas de que me cayera. Y como las luces se apagaban porque eran automáticas nos asustábamos y teníamos pequeñas taquicardias. Sincronizadas. Ahora, afortunadamente, ya subimos y bajamos escaleras tranquilas. Pero ella no se separó de mí en el hospital, y ha tenido su propio viaje.
Desde el principio te tocaba, te abrazaba… ¿Has tenido conflicto con el cuerpo?
— Para nosotros esto no ha sido un tema. Pero muchas mujeres que pierden un miembro no se sienten a gusto con el cuerpo. Una académica me explicó que muchas ya no se sienten femeninas. No se me pasó ni por la cabeza. Pero sí que me sentía afortunada de tenerla.
De hecho, lo que más te molesta es la lástima. ¿Has sentido mucha?
— Sí, de desconocidos. Me molesta mucho porque creo que dan por hecho que su vida es mejor que la mía. O la gente que dice: ahora veo que mis problemas son pequeños. Y yo siempre pienso: o no, quizás tu vida es una mierda. Pero la mía está bien. Las discapacitadas a veces tienen vidas de mierda sobre todo por el contexto: las salidas, la burocracia, las aceras... Pero hay de todo.
Por eso te gustan las estilistas.
— Tienen una manera de ver el cuerpo que también me divierte, juegan contigo como si fueras un objeto. Cuando hacían la prueba para un evento, una de las estilistas me dijo: claro, tú eres morena, tonalidad de invierno, pero ahora llevas también plata. Tenemos que combinar el metal con la pulsera… Y era liberador. No había ninguna mirada de extrañeza. Esto es lo que hay, y punto.
Y puedes poner tacón.
— 6 centímetros como máximo. Le dije que no podía llevar más, porque no lo permite la prótesis. Y me dijo: ni tú ni nadie, querida.
Hablemos del fantasma.
— La mayoría de las personas que han perdido un miembro relatan que lo sienten todavía. No quiero hacer spoilers de cosas que están al final del libro, pero cuando yo tocaba un punto de la rodilla –el lado interno hacia donde habían dirigido la piel para hacer el muñón–, sentía un punto en el aire, en el vacío. Es extrañísimo, pero el cerebro tiene un mapa corporal del cual no se olvida fácilmente. Hay gente que convive con ello toda la vida, como un fantasma. Es real y poético.
Dices que hemos venido al mundo a perder.
— Claro que sí, creces y pierdes: amigos, amores, colágeno… La vida no es una curva ascendente que después empeora con la vejez. En todo caso una sierra, con pérdidas, picos, de todo. Una de las cosas que debemos aceptar es que en este mundo de la propaganda de los ganadores hemos venido a ir perdiendo cosas.
¿Y aquello que nos salva es el amor? ¿O eso es cursilería barata?
— Nos salva el amor, pero no el romántico. Nos salva el amor en el sentido de ser capaz de ponerte en la piel del otro. Nos salvan los otros, que también nos destruyen.