Bloqueo: cinco claves para entender un fenómeno que desafía toda lógica

La indefinición política, la falta de jerarquía y el protagonismo de los menores alejan a Blocus de los movimientos sociales tradicionales

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Pillaje en una tienda en el centro de Barcelona durante los disturbios de la semana pasada

BarcelonaUn fenómeno sin una causa compartida, sin líderes identificables y con una lógica de propagación difícil de descifrar. Blocus todavía ofrece muchos interrogantes. El ARA plantea cinco claves para intentar entender cómo se propaga, quién puede haber detrás y qué empuja a jóvenes (muchos de ellos menores) a sumarse.

No comparten una ideología

Ni la defensa de los derechos laborales, ni el acceso a la vivienda, ni la mejora de la educación o la igualdad de género. Tampoco la defensa de una determinada confesión religiosa, los postulados supremacistas o xenófobos o las reivindicaciones anarquistas. Hasta ahora, los Mossos no han identificado ninguna causa ni ideología compartida que explique las convocatorias de Blocus. De hecho, en un mismo mensaje o cartel pueden aparecer simbologías diversas, sin ningún denominador ideológico común o incluso contradictorias entre ellas.

Precisamente porque no parece articularse alrededor de una reivindicación compartida, el fenómeno se aleja del concepto tradicional de movimiento social. Los jóvenes que se suman a ello pueden tener inquietudes sociales o económicas a título individual, evidentemente, pero no se ha identificado que estas sean el motor de los encuentros. Blocus no tiene una ideología desconocida, simplemente, no se puede acreditar que tenga una compartida.

Sin una estructura organizativa jerárquica

Tampoco parece que exista una estructura rígida detrás de Blocus. Hay una organización puntual sobre cómo, dónde y cuándo encontrarse, llegar a más personas y, en caso de conseguir quórum para trasladar los mensajes a la vida real, protagonizar actos vandálicos y cometer saqueos. Algunos participantes ejercen funciones de liderazgo, como si se tratara de un coordinador, que funda los grupos o los canales de comunicación a partir de los cuales se propaga la información.

Pueden tener capacidad para influir, pero, como ocurre siempre en el mundo digital, puede ser efímera. No hay una jerarquía, entendida como un núcleo de fundadores que dirija el conjunto de Blocus. De hecho, los agitadores hasta ahora detenidos –entre los cuales un chico valenciano que se había autoproclamado como líder de Blocus España, pero no se ha verificado que lo sea– no tienen una relación acreditada entre ellos y tampoco comparten ningún denominador ideológico. Tampoco consta que sean expertos informáticos. La mayoría amplifican el mensaje y muchos otros se mueven por un concepto tan conocido actualmente como el FOMO (fear of missing out, es decir, el miedo a perderse algo).

Se propaga a través de las redes

A diferencia de las movilizaciones tradicionales, Blocus se difunde sobre todo mediante TikTok, Telegram y WhatsApp, si bien la presión policial cada vez empuja a estos grupos hacia otras plataformas, como Signal. El fenómeno se aprovecha de su condición de efímero y de la viralización: los llamamientos a salir a la calle aparecen, se replican y desaparecen de las plataformas con una rapidez que dificulta seguir su rastro. Ahora bien, estas virtudes son también su talón de Aquiles, ya que las convocatorias pueden tener una gran difusión y generar mucha expectación sin impulsar una movilización real.

Otro interrogante es qué alimenta esta propagación. En Cataluña, los Mossos investigan si los algoritmos de las plataformas, los chats de videojuegos, el uso de la inteligencia artificial (IA) o la amplificación deliberada por parte de algún actor pueden haber tenido un papel. Tampoco se puede descartar que Blocus esté relacionado con alguna forma de interferencia extranjera o de estrategia de guerra híbrida, es decir, acciones que buscan desestabilizar una sociedad aprovechando las redes, la desinformación o la polarización.

Bebe de una banalización de la violencia

Las convocatorias también escapan de cualquier idea de manifestación o protesta convencional. Hasta ahora se ha visto que o bien son fantasmas –no acaba participando nadie o se ha acabado frenando el encuentro, como sería el caso de este sábado en una decena de ciudades catalanas–, o bien han derivado en altercados, saqueos y enfrentamientos con la policía, como ocurrió el fin de semana pasado en Barcelona. Algunas convocatorias sí que incitan explícitamente a la violencia, pero no todos los participantes van con esa intención.

Ahora bien, las autoridades se fijan en un elemento para entender la viralización del fenómeno: la banalización de la violencia. Es decir, la exposición reiterada a contenidos violentos puede contribuir a normalizar estas conductas entre algunos jóvenes. Los Mossos apuntan que la difusión masiva de vídeos de jóvenes agrediendo a policías o saqueando comercios en París ha podido tener un papel en este proceso. No obstante, Blocus en Francia es una excepción en el diagnóstico policial internacional: allí sí se ha detectado una base reivindicativa, si bien no evita que algunos hayan aprovechado para realizar vandalismo y saqueos.

Interpela a jóvenes y menores de edad

Al menos desde el punto de vista ejecutor, Blocus es un fenómeno protagonizado por gente joven, adolescentes y menores de edad, mucho más fácilmente influenciables a partir de dinámicas de pertenencia, notoriedad e imitación, muy habituales en las redes sociales. Y esto complica muchísimo la tarea policial y sociológica: hasta ahora no son el perfil habitual de la violencia en la calle. Muchos son chicos que estudian o trabajan. De hecho, a estas alturas, ninguno de los identificados por los altercados o detenidos tiene antecedentes por radicalismo ni trayectorias violentas destacables.

Ahora bien, enfrentarse a la policía, destrozar mobiliario urbano, saquear tiendas de lujo o multinacionales o no participar activamente, pero grabarlo todo y subirlo a las redes sociales, puede verse, entre estos adolescentes, como una manera de obtener reconocimiento, ganar visibilidad en las redes, sentirse aceptado dentro de un grupo o evitar el FOMO. Todo ello en una edad en la que cuesta discernir qué peso tiene la presión grupal y cuál la voluntad individual y ser consciente de las consecuencias de sus actos. Entender qué empuja a estos jóvenes a pasar de la pantalla a la calle es una de las grandes incógnitas.

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