Trastorno de conducta: de la rebelión adolescente al problema grave

Las desigualdades sociales, la pandemia y la falta de límites complican la salud mental de niños y jóvenes

BarcelonaLa adolescencia no ha sido nunca una etapa fácil y el contexto actual todavía la hace algo más complicada. La crisis económica de 2008 ya demostró que, cuanto más crece la pobreza, más crece también el número de niños y jóvenes que acaban pidiendo ayuda porque sufren problemas de salud mental. La pandemia, en la gran mayoría de los casos, también ha hecho más difícil la vida de este colectivo y, además, ha vuelto a hacer aumentar las desigualdades sociales. En el departamento de Salud ya saben cuál será la consecuencia: más trastornos de conducta. En las urgencias de los hospitales ya se nota. Además, hay un problema añadido: en muchos países desarrollados los chicos de estas edades sufren una "protección excesiva" de los padres, que va acompañada de una "falta de límites", avisa Àurea Autet, psiquiatra y jefa de la división de salud mental de Althaia. Esta manera de educar complica todavía más la capacidad de los chicos de recoger los conflictos asociados a esta etapa de la vida y los que vendrán más adelante. En la mayoría de los casos, por suerte, después de diferentes conflictos e incluso con alguna crisis incluida, el problema se soluciona con relativa facilidad, pero hay otros que se complican y de las malas palabras se pasa a la agresividad, al consumo de drogas y al aislamiento. La primera víctima es el propio adolescente, pero la familia y el entorno más próximo también pagan un precio muy alto. La situación es preocupante porque cada vez afecta a más chicos y chicas y porque, a corto plazo, no hay solución.

El concepto de trastorno de conducta incluye un amplio abanico de perfiles. Algunos ni siquiera pueden tener un diagnóstico y otros pueden llegar derivados de problemas graves. "Pueden ser sintomáticos otros trastornos de base: por ejemplo, la sintomatología que presenta un cuadro depresivo en niños y adolescentes no es la que aparece en los libros de medicina. Su manera de expresar el malestar es con alteraciones de conducta. Provoca que estén irritables, menos tolerantes y que aparezcan alteraciones de conducta en casa, en la escuela o en la calle", explica María Martín, psiquiatra y coordinadora del área de adolescentes del complejo asistencial en salud mental Benito Menni. Además de las que no tienen diagnóstico y de las depresiones, las alteraciones de conducta también pueden venir derivadas por un déficit de atención con hiperactividad (TDAH), por un trastorno negativista desafiante, por autismo, Asperger y otros trastornos. Los expertos consultados destacan la importancia de una detección precoz para poder afrontar el problema cuanto antes mejor. Teniendo en cuenta que en la adolescencia casi siempre hay problemas de comportamiento, la pregunta es: ¿cuándo nos tenemos que empezar a preocupar?

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Cuándo hay que buscar ayuda

"Cuando los trastornos de conducta empiezan en menores de 12 años y se perpetúan en la adolescencia y son cada vez más intensos, puede empezar a ser grave", explica María Martín. Este sería uno de las señales para buscar ayuda. "La intensidad de la agresión [verbal o física] es muy importante", dice también. Àurea Autet da más pistas para empezar a preocuparse: "Si hay una disminución del rendimiento académico, si todo el día está dormido o, al contrario, muy alterado, y deja de hacer el trabajo que le corresponde o está todo el día encerrado en la habitación".

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Si se detecta alguno de estos comportamientos, hay que visitar al pediatra o al médico de cabecera del CAP. Será él quien estudiará el caso y decidirá si hay que enviar el paciente a un médico especialista o si hay que derivarlo a un Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil (CESMIJ), donde contará con el apoyo de profesionales, desde psicólogos hasta trabajadores sociales, según explica Aina Plaza, directora general de Planificación en Salud. Si, durante el proceso, el chico sufre alguna crisis, se activan los equipos que atienden a domicilio y que pueden hacer "un abordaje intensivo" con unas dos o tres visitas cada semana. "El objetivo es atender esta crisis más aguda y después volver al CESMIJ para evitar crear dependencia. Se trata de empoderarlos", dice.

Si todo esto falla, porque el caso se ha detectado tarde o porque esconde un problema más grave, se activa uno de los diez equipos guía que funcionan en Catalunya desde el año pasado. Este nuevo recurso se centra en los chicos de entre 12 y 24 años, y cada equipo atiende unos veinticinco casos durante un plazo de entre seis meses y dos años. Lo forman un psiquiatra, un psicólogo clínico, un trabajador social y un educador social. Autet es la responsable de uno de ellos. "Se da un acompañamiento muy estrecho en unos casos con alteraciones de conductas que suelen ir acompañadas de consumo de tóxicos", explica. "Empoderamos a las familias y los chicos para que puedan volver al circuito habitual". Pero el camino es muy complicado. Suele haber un enfrentamiento con los padres, que ya acumulan infinitas decepciones y han tenido que sentir mil mentiras y quizás incluso agresiones. No tienen ninguna tolerancia por las normas y si el consumo de drogas ya hace tiempos que dura, además de la adicción, también deja secuelas. En algunos casos ya ha habido también algún intento de suicidio.

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Esta manera de funcionar es relativamente nueva y, de hecho, los equipos de los CESMIJ se están acabando de desplegar por el país. Muchas de las familias que ahora sufren este problema no tuvieron acceso y tuvieron que buscar clínicas privadas, que pueden costar unos 4.000 euros mensuales.

No hay ninguna fórmula mágica para evitar estos trastornos, sobre todo los que tienen un diagnóstico psiquiátrico, pero Autet da algunas claves: "Hay un factor protector que es la comunicación con los padres y el apoyo social. Y también es importante no minimizar el consumo de tóxicos".