La mejor noche de verano

Gerard Quintana: “Una noche de verano de adolescencia me cambió para siempre la vida y la carrera”

En la vida del músico ha habido muchas noches especiales, pero ninguna como aquella del verano de 1977

25/07/2026 - 21:24 h.

En la vida de Gerard Quintana ha habido muchas noches especiales, pero ninguna como aquella del verano de 1977 que, asegura, le “cambió la vida y la carrera para siempre”.

Tenía doce años, a punto de cumplir trece, y sus padres habían alquilado por primera vez un apartamento en la urbanización Mas Olives de Roses, donde Quintana se estrenaba con su primer trabajo: reponedor en un súper. “Fue el verano que lo descubrí casi todo, que la vida no era una mierda, que existía el rock'n'roll y que no todas las chicas me dirían que no”, rememora. Aquel verano, dice, “dejó de ser el chico tímido, introvertido y con tartamudez” para pasar a ser “la semilla” de la persona en la que se convertiría. 

Fue el primer verano, explica el músico, que se vio libre “del control de la madre”, que todo el día se preocupaba por él y no le dejaba hacer “casi nada”. Fue el verano de oír las primeras notas de I wish you were here de Pink Floyd “y seguirlas por la calle como quien sigue un aroma” hasta encontrarse con el equipo de música que unos holandeses habían instalado al lado de la piscina. Fue el verano de enamorarse de Elisabet, una holandesa de otro mundo, de ser correspondido, y “de sentir que todo era mágico y posible”. 

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De entre todas aquellas noches, hubo una que le marcó para siempre. Quintana había empezado a ir con un grupo de chicos mayores que ellos, “unos anarcas que habían ido al Canet Rock de Pau Riba y habían vuelto con todas las novias cambiadas”. “Me explicaban todo lo que habían vivido y a mí me embriagaba la sensación de que nada era como me habían dicho que debía ser”, recuerda. Y, de repente, una de aquellas noches, apareció un personaje de la banda de rock sinfónico gerundense Atila, y que le cambió para siempre. “El Tintin apareció con una bolsa de plástico y de dentro sacó una peluca de pelo largo. Empezó a cantar y yo supe que aquello era lo que yo quería hacer en mi vida: estar poseído por la música”, dice Quintana. Disfrutando del placer de alargar la noche con todas aquellas personas, dice Quintana, decidió que él también “quería y podía” dedicarse a la música. “Fue una noche en la que se me reveló la potencialidad de todo aquello que estaba por venir. Sin aquella noche de verano seguramente no estaría haciendo lo que hago ahora”, asegura. 

También fue el verano, dice, que entendió que todo en la vida es pasajero y que intentar atrapar a una persona, un lugar, un momento, es un esfuerzo fútil. “Parecía que aquello sería para siempre, pero no, fueron solo quince días en la costa”, reflexiona el músico, que concluye: “Debemos ser capaces de amar aquello que no poseemos”.