“Yo era un joven catalanista y después del concierto de Lluís Llach de 1985 era un joven independentista”
El escritor Joan-Lluís Lluís hace memoria sobre sus mejores noches de verano
Una de las noches más especiales en la vida del escritor Joan-Lluís Lluís –“sin contar las más íntimas, claro”–, fue el verano de 1985 en Cerdeña. “Fue un viaje totalmente imprevisto que acabó en una noche de fraternidad ligeramente alcoholizada”, avanza. Antes de entrar a explicar la historia y entender el estado de su espíritu, hay que remontarnos a unos días antes del viaje, a la noche del 6 de julio. “Más de 100.000 personas llenaron el Camp Nou para el concierto de Lluís Llach. Es el concierto más grande de la canción en lengua catalana, creo que en aquel momento fue un récord mundial para un cantante en solitario. Había espectadores de todos los Països Catalans, yo fui desde Perpiñán en autobús. Fue un concierto de dimensiones colosales”, explica el escritor, que añade: “Por decirlo brevemente, entré al concierto y era un joven catalanista y cuando salí era un joven independentista”.
Tres días más tarde, de camino a Cerdeña, “todavía estaba digiriendo el shock emocional”. Llegó a l'Alguer con su compañero de viaje, un amigo alemán atraído por las playas mediterráneas. “Él no hablaba nada de catalán y l'Alguer le importaba un poco igual, a él le interesaba la costa y a mí el interior. Como Cerdeña es una isla relativamente estrecha hacíamos trayectos transversales y así todo el mundo quedaba satisfecho. La idea era recorrer la isla haciendo autoestop, pero enseguida nos dimos cuenta de que los sardos eran muy poco acogedores en este sentido: nadie se paraba”. Optaron por el transporte público y el escritor siguió reflexionando sobre la cultura y la identidad, fijándose en que la isla estaba llena de pintadas de los independentistas sardos.
De repente, durante uno de estos ratos de reflexión, en el vagón de un tren antiguo, la mochila enorme que había guardado en el portaequipajes le cayó encima de la cabeza, y “hizo un poco el ridículo” delante de los pasajeros y del revisor, que justo entraba en la cabina.
La casualidad hizo que el escritor y su amigo se encontraran con aquel mismo revisor en el bar del pueblo perdido al que fueron a parar, Ottana. “Al vernos llegar se echó a reír y nos quiso invitar a una copa. Dijimos que sí, un poco sorprendidos por el contraste con la poca amabilidad de los sardos a la hora de coger autoestopistas”. Aquel hombre, sin embargo, era "extraordinariamente" simpático, y hasta les acabó regalando una foto suya a cada uno. “Nos hicieron probar todos los alcoholes locales, y acabamos apostando sobre quién sería independiente antes, si Cataluña o Cerdeña. La noche acabó con los sardos enseñándoles sus bailes tradicionales. “Yo, que no podía dejarlo sin réplica, les enseñé a bailar sardanas”.