Marc Biarnés: “Acostumbrado a ir descalzo todo el día, cuando volvía a casa me costaba llevar zapatillas”

El actor añora los veranos que pasó en la mejor playa del mundo

04/08/2026 - 08:01 h.

Tossa de Mar es el lugar preferido de Cataluña del actor Marc Biarnés Sierra, conocido en Instagram como @nosoloviernes2. Veraneó allí desde los 5 hasta los 20 años, en el Camping Pola: “No destaparé ningún secreto, porque los guiris ya han llegado hace mucho tiempo, si digo que cala Pola es maravillosa, una de las mejores playas del mundo”. Para Biarnés, aquel camping, que estaba justo enfrente de la playa, ha perdido su encanto de “costumbrismo catalán” desde que lo han convertido en un super resort. “Ya no es lo que era, lo han hecho para turistas. Antes iba mucha gente de Barcelona, éramos los de siempre y algunos extranjeros”, recuerda.

El actor, autor de Manifiesto de una sociedad en descomposición (Penguin Random House, 2026), explica que cala Pola era una playa donde se podía ir a cualquier momento del día, sin problemas para plantar allí la toalla. Quien quería más ambiente y fiesta iba a Platja d’Aro, y los que elegían Tossa buscaban algo más tranquilo y familiar. Allí es donde Marc hizo la primera pandilla de amigos. Esperaba con ansias que fuera mayo para empezar a verlos los fines de semana, y estar juntos todo el verano hasta septiembre, cuando empezaba la escuela. Por San Juan se instalaban allí la madre, la hermana y él, en la caravana que tenían, y el padre iba los fines de semana hasta que hacía vacaciones.

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Notaba mucho el cambio respecto a Barcelona; las calles eran más pequeñas, había tiendas de toda la vida y el castillo emblemático que se veía desde la playa: “Era como estar en otro mundo, vivíamos en nuestra burbuja. Aprovechando que casi todo el mundo de la pandilla tenía barca, íbamos hasta cala Futadera, donde juntábamos las barcas con nudos marineros. Los padres hacían quintos y nosotros nos bañábamos y nos tirábamos al agua”. Hasta bien entrada la adolescencia estaban todo el día jugando, haciendo cabañas, yendo a la montaña y a la playa. Reconoce que, acostumbrado a ir descalzo todo el día, cuando volvía a casa le costaba llevar zapatillas. Echa de menos aquella sensación de libertad compartida con sus amigos, haciendo lo que querían, desconectados del mundo exterior, yendo por las calas, haciendo snorkel y comiendo a las cuatro de la tarde. Cuando ya eran más mayores, hacia el atardecer se duchaban y se ponían guapos, “bailábamos un poco y hasta las 5 o las 6 de la madrugada nos quedábamos charlando en la playa”. Intentó seguir en contacto con los amigos de la pandilla, pero la vida los fue separando, y entre estudios en el extranjero, trabajos y parejas, fue complicado. Admite que, después de dejar de ir, estuvo casi 10 años que le costaba volver: “Le echaba de menos y me hacía daño, era consciente de que ya era adulto y aquellos veranos no volverían”.