La mejor noche de verano

"Olvídate de Cadaqués, a mí dame el oeste de Cataluña, que todavía es libre y allí pasan cosas auténticas"

La chef Ada Parellada nos habla sobre sus mejores noches de verano

12/08/2026 - 20:02 h.

A Ada Parellada no le interesan en absoluto las noches de verano “en los pueblos de la costa catalana convertidos en centros comerciales”. “Olvídate de Cadaqués, a mí dame el oeste de Cataluña, que todavía es libre y todavía pasan cosas auténticas”, reivindica. “Tú coges y te vas a las Garrigues y allí todavía encuentras autenticidad, las puertas que no se cierran con llave, el silencio sepulcral de las tres de la tarde porque todo el mundo está en casa haciendo la siesta, el vecino que llega y aparca en medio de la calle mayor, y el par de niños que desafían el sol inclemente y juegan al fútbol”.

Uno de estos pueblos “realmente auténticos” que tanto ama la chef es Fulleda, en las Garrigues, donde cada verano pasa una de las mejores noches del año. “Nadie va a Fulleda por casualidad. Es un pueblo de final de trayecto, tienes que querer ir”, asegura. Ella fue porque una amiga la invitó y desde entonces ella y su marido van cada año.

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Alrededor de agosto se celebra una verbena que para Parellada resume una manera de entender la vida en los pueblos y las noches de verano que “se está acabando”. “Una bodega pone las mesas y el vino, y cada uno se trae la silla y la cena de casa. Va todo el pueblo y también gente de los pueblos de alrededor. Me alucina que cada año se haga el mismo espectáculo: un vecino que se calza unos zapatos de tacón y canta grandes éxitos, de nombre Conxi, y que hace enloquecer a las masas con sus chistes picantes”.

Los veranos de infancia, recuerda la cocinera del Semproniana, también transcurrieron un poco fuera del mapa. La más pequeña de ocho hermanos pasó los primeros veranos en una casa aislada en Aiguafreda, sin agua ni luz, solo con un generador pequeño. Los padres trabajaban en la fonda y los cuidaba una mujer que, según dice, “no ejercía mucha autoridad”. Podían llegar a ser quince niños y jóvenes, entre hermanos, primos y amigos, pasando el día en el río o en la piscina con bañador, camiseta y chanclas. “Creo que podía pasar perfectamente todo el verano con la misma braguita de bikini y sin ni una sola ducha”, recuerda.

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Por la noche, cuando el generador empezaba a fallar, la televisión pequeña se apagaba a media película. Entonces empezaban las cartas, el parchís y las historias de los hermanos mayores. “Yo lo recuerdo como un cuento. Nadie me obligaba a ir a dormir y me fascinaba compartir rato con los hermanos mayores”, explica.

Después, en la adolescencia, vendrían las amigas, las noches de pintarse “como un mono” y salir a ver “qué pescábamos”, las playas y los primeros amores que siempre acababan viendo salir el sol. “No nos engañemos, el objetivo no era ver el sol, era acabar revolcándonos con alguien en la arena”, dice riendo.

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