"Me quedaban tres meses de vida": la ciencia que ha transformado la salud en Cataluña

En 20 años el país se ha convertido en una de las biorregiones europeas de referencia en investigación biomédica, innovación y ensayos clínicos

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Laura Soucek fotografiada en el laboratorio.
01/11/2026 - 08:02 h

“Me dijeron que me quedaban tres meses de vida”. En 2016 Elena Madorell tenía 49 años, muchas ganas de vivir y un diagnóstico funesto de cáncer metastásico. Unos meses antes se había encontrado un bulto en la ingle izquierda y una biopsia había revelado que se trataba de un melanoma, a pesar de que ella no tenía ninguna lesión en la piel. Se sometió a una intervención quirúrgica para extirpar los ganglios afectados, pero medio año más tarde el cáncer se había extendido por pulmones e hígado.

“Pensé que se habían equivocado, que no podía ser porque yo me encontraba bien”, recuerda. Sin embargo, su oncólogo le confirmó que la enfermedad estaba en un estadio muy avanzado y que el pronóstico era muy malo. Estaba desahuciada.

Sin embargo, el análisis genómico de su tumor reveló que tenía una característica que le abrió una rendija de esperanza: una mutación en el gen BRAF. En aquel momento el Vall d’Hebron Instituto de Oncología (VHIO) había puesto en marcha un ensayo clínico para evaluar la efectividad de combinar dos estrategias terapéuticas para combatir tumores con este marcador: una dirigida contra la mutación y otra de inmunoterapia.

“Lo primero que pensé era que haría de conejillo de Indias –admite Madorell–. Pero por supuesto dije que sí. Eso fue un viernes a las 2, el lunes por la mañana ya me llamaban del Vall d’Hebron y el martes estaba en la consulta de Eva Muñoz-Couselo. Me salvaron la vida”.

Madorell, una paciente que en argot médico se denomina Lázaro, en alusión al personaje bíblico que retorna de entre los muertos, “tuvo una respuesta espectacular”, valora su oncóloga, Muñoz-Couselo, jefa del grupo de melanoma y otros tumores cutáneos del VHIO. Seis meses después de empezar el tratamiento las metástasis habían remitido, y ahora mismo, una década más tarde, continúa en remisión total, sin tomar ninguna medicación.

“Fue duro, tuve muchos efectos secundarios graves, como una pancreatitis”, afirma Madorell, y añade: “Si esto hubiera pasado cinco años antes yo no estaría ahora aquí”. Y su oncóloga asiente. Como ella, el 70% de los pacientes que participaron en aquel ensayo clínico tuvieron una buena respuesta y el 25% también hicieron una remisión completa.

El caso de esta mujer ayuda a entender la importancia capital de que la investigación biomédica llegue a la clínica. Y es también un ejemplo que encarna cómo Cataluña se ha transformado en las dos últimas décadas y se ha convertido en una región líder en Europa y en el mundo en biomedicina y salud.

“No tenemos ni petróleo, ni materias primas, pero sí talento y conocimiento”, reflexiona Manel Balcells, consejero de Universidades, Investigación y Sociedad de la Información en el gobierno de Pasqual Maragall en 2006 y posteriormente consejero de Salud en el gobierno de Pere Aragonès.

Generar un ecosistema potente

Esta transformación se empezó a cocinar hace 20 años. Entonces existía la intuición de que hospitales, centros de investigación y empresas podían convertirse en una plataforma de referencia en el sur de Europa. “Hacía falta, sin embargo, que dejaran de funcionar como actores aislados y que el país se presentara al mundo con una voz propia”, señala Balcells.

Y con este objetivo en 2006 la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona impulsaron Biocat, una entidad público-privada que impulsa y coordina el ecosistema de las ciencias de la vida y la salud en Cataluña.

Montserrat Vendrell, que fue su directora general, recuerda que entonces había que construir algunas de las piezas básicas del ecosistema, como impulsar el emprendimiento, facilitar el acceso a la financiación y conectar la investigación con el tejido empresarial. “También se tenía que crear comunidad –afirma– y blindar la continuidad de Biocat a lo largo de diferentes gobiernos para consolidar la biomedicina como una apuesta estratégica de país”. Y después de una breve pausa, añade, con orgullo: “Y lo conseguimos”.

Los datos permiten medir la escala de esta transformación: el número de empresas vinculadas a las ciencias de la vida y la salud ha pasado de 856 a 1.650 –entre 2006 y 2025 se han creado 1.234, casi una por semana–, y el de instituciones de investigación, de 67 a 94. Este sector representa hoy el 7,6% del PIB catalán y el 7,3% de la población ocupada.

La investigación también ha ganado dimensión, como lo demuestra el hecho de que Cataluña es la cuarta biorregión europea en captación de ayudas del Consejo Europeo de Investigación (ERC) por habitante en ciencias de la vida y la salud, con ocho ayudas por millón de habitantes entre 2020 y 2024. Y la investigación clínica ha dado un salto aún más evidente: los ensayos clínicos se han multiplicado por seis y Cataluña es, además, la sexta región europea en número de ensayos clínicos oncológicos.

No es solo una cuestión de prestigio: participar en ensayos puede permitir que algunos pacientes accedan a tratamientos innovadores antes de que estén disponibles de manera generalizada.

“Todo lo que tenemos hoy es gracias a la investigación biomédica y clínica que hemos hecho en los últimos 20 años, y a un esfuerzo por coordinar a todos los actores del sector biomédico”, valora Josep Tabernero, director del VHIO y presidente del comité científico del CaixaResearch Institute (CRI), el nuevo centro de investigación especializado en inmunología impulsado por la Fundación La Caixa.

“Hoy Cataluña es una referencia internacional en salud”, dice, y destaca el despliegue de los institutos de investigación vinculados a los hospitales públicos, la apuesta por la creación de nuevos centros de investigación –como el Centro de Regulación Genómica, el Instituto de Bioingeniería de Cataluña y el Instituto de Investigación Biomédica–, que han contribuido, en opinión de Tabernero, a acercar el laboratorio a la consulta.

“La investigación traslacional, que busca convertir los descubrimientos en nuevas herramientas de diagnóstico y tratamiento, se ha consolidado como una de las fortalezas del sistema”, apunta este oncólogo.

Más emprendimiento

Para Ana Maiques, al frente de Neuroelectrics, una biotecnológica 100% catalana que fabrica dispositivos de neuromodulación para tratar trastornos como la depresión y la epilepsia, una de las transformaciones más significativas en Cataluña en el siglo XXI ha sido la aparición de una cultura emprendedora alrededor de la ciencia. “Hace 25 años crear una empresa surgida de un laboratorio era casi una rareza. Cuando empezamos nos veían como unos locos, los emprendedores en salud éramos poquísimos”, recuerda.  

Ahora, en cambio, dice, los emprendedores están más dispuestos a asumir riesgos y “a pensar en grande”, y este cambio de mentalidad ha ido acompañado de una mayor llegada de fondos de capital, que durante años fue un cuello de botella. “El recorrido hasta convertir una idea científica en un negocio viable es largo y se necesita financiación en todas las fases del proyecto”, recuerda.

Cuando Laura Soucek, investigadora Icrea en el VHIO, impulsó Peptomyc para desarrollar una molécula contra un oncogén, “había muy pocos fondos de capital riesgo locales", dice. "Ahora, en cambio, los inversores han aprendido a ver el potencial de las empresas de salud y las inversiones son más elevadas”, añade. Los datos, nuevamente, confirman esta percepción: la inversión acumulada en empresas emergentes catalanas llega a cerca de 3.000 millones de euros entre el 2006 y el 2026. Solo en 2025 se captaron 517 millones, una cifra récord.

“Cataluña somos un país de emprendedores y de creadores. Nos falta escalar, con valores de futuro y de sociedad democrática, y hacernos un hueco en el mundo donde se toman las decisiones importantes”, reclama Maiques.

El reto de dar el salto

La consolidación del ecosistema no significa, sin embargo, que el trabajo esté hecho. El reto ahora es conseguir que más empresas superen las primeras fases de desarrollo, se hagan grandes y puedan competir internacionalmente. También hace falta retener y atraer talento: las condiciones salariales y las oportunidades de carrera, especialmente en el ámbito público, siguen dificultando el retorno de investigadores formados en el extranjero.

Para Tabernero el futuro pasa también por mantener la inversión pública y privada, reforzar la prevención y garantizar que los avances lleguen a los pacientes con equidad y sostenibilidad.

Aun así, Robert Fabregat, director general de Biocat, destaca que “a pesar de las dificultades actuales, como las listas de espera, hace 25 años algunos tratamientos solo estaban disponibles en los Estados Unidos y hoy en día nadie se plantea ir a un hospital extranjero a tratarse, porque sabe que la mejor atención la recibirá en el sistema público”.

Elena Madorell no necesita mucha teoría para explicar qué significa este cambio. Cuando entró en el ensayo clínico no sabía si el tratamiento funcionaría ni cuánto tiempo duraría el efecto. Diez años después, continúa en remisión completa. Su historia recuerda que detrás de las cifras, las empresas y las inversiones hay personas que pueden tener una segunda oportunidad. Y que el reto de la bioregión y Biocat, después de veinte años construyendo el ecosistema, es conseguir que estas oportunidades lleguen cada vez a más gente.

Laura Soucek, la bióloga que desafió a la proteína "intocable" del cáncer

Investigadora Icrea en el Vall d’Hebron Instituto de Oncología (VHIO) y directora científica de Peptomyc

Si alguna cosa define a Laura Soucek es la persistencia y el convencimiento de que nada es imposible. Cuando era estudiante de biología en Italia, decidió enfrentarse a un dogma de la biología: la proteína MYC, implicada en el desarrollo del 70% de los cánceres humanos, era intocable. Veinticinco años más tarde, esta investigadora Icrea, al frente de un grupo de investigación del Vall d'Hebron Instituto de Oncología (VHIO), ha contribuido decisivamente a abrir la puerta a bloquear su actividad.

MYC es esencial para que las células se dividan. En las sanas, se activa durante unos veinte minutos y después se apaga. En las tumorales, en cambio, el interruptor queda encendido permanentemente y las células se vuelven adictas: les proporciona nutrientes, les ayuda a esquivar el sistema inmunitario y las hace proliferar. El problema es que MYC cambia de forma constantemente, lo que dificulta el diseño de fármacos para actuar sobre ella. “Como italiana que soy, me gusta compararla con un espagueti, que cada vez que lo pones en el plato se dobla de manera diferente”, explica Soucek.

Por eso ella optó por una estrategia diferente. MYC necesita una pareja, la proteína MAX, para formar una estructura que se una al ADN. Lo que hizo Soucek fue diseñar una miniproteína, Omomyc, un Max falso que interfiere en esta unión e impide su actividad. En 2008, un estudio publicado en Nature demostró en animales que inhibiendo MYC de esta manera podía hacer desaparecer tumores con efectos secundarios mínimos.

El paso siguiente fue convertir aquel hallazgo en un tratamiento que llegara a los pacientes. Así nació OMO-103, una formulación de Omomyc para administrar por vía intravenosa. En un primer ensayo clínico de fase 1, con resultados publicados en 2022, confirmó su seguridad y detectó señales de actividad antitumoral en pacientes con tumores sólidos avanzados que ya habían agotado las terapias estándar. En aproximadamente la mitad, la enfermedad se estabilizó. Además, un caso excepcional, el de un paciente con cáncer de páncreas metastásico que experimentó una reducción del 49% de la carga tumoral, la inspiró para realizar nuevos estudios.

De hecho, ahora se están llevando a cabo tres ensayos clínicos más con este fármaco: uno contra cáncer de páncreas metastásico y otro contra osteosarcoma, un tumor pediátrico. También se estudia en Estados Unidos en pacientes con cáncer de páncreas que esperan una intervención quirúrgica.

Para acercar el descubrimiento a los pacientes, Soucek cofundó con Marie-Eve Beaulieu en 2014 Peptomyc, una empresa spin-off del VHIO e Icrea, y asumió la dirección ejecutiva durante una década. Ahora, como directora científica, busca alianzas con grandes farmacéuticas para ampliar los ensayos. "Mi sueño es que este fármaco llegue a más pacientes", afirma esperanzada.

Italiana de nacimiento, en 2011 dejó la Universidad de California en San Francisco para incorporarse al VHIO, seducida por el proyecto de investigación traslacional que impulsaba el oncólogo Josep Baselga. El centro apenas comenzaba y tenía pocos laboratorios. “Me dijeron que era una decisión irresponsable, que estaba loca porque no había ninguna mujer al frente de un laboratorio ni ningún extranjero. Pero yo vi una oportunidad: si alguien no empieza, no pasará nunca”, concluye con convencimiento.

Ana Maiques, de procesar datos del espacio a tratar la epilepsia y la depresión

Economista y CEO de Neuroelectrics

“Teníamos que elegir entre la pastilla roja o la azul: convertirnos en emprendedores o marcharnos a casa, sin trabajo”, recuerda con humor Ana Maiques en alusión a Matrix. Eligieron la roja y 26 años más tarde Neuroelectrics es pionera y un referente mundial en neurotecnología.

Todo empezó cuando quebró Starlab, la empresa belga donde Maiques, economista; Giulio Ruffini, físico y matemático, y Manel Adell como socio, desarrollaban tecnología espacial para la Agencia Espacial Europea. Sin experiencia emprendedora, decidieron continuar con la filial que acababan de abrir en Barcelona con el apoyo moral del entonces consejero Andreu Mas-Colell. La entrada en neurociencia fue casual: un investigador de la Universidad de Barcelona les pidió que procesaran señales cerebrales de personas con alcoholismo y sin él. “Las capacidades que hacían falta eran las mismas que para procesar datos satelitales y nos lanzamos a ello”, explica Maiques. En 2011 creaban Neuroelectrics, una spin-off de Starlab dedicada íntegramente a la neurociencia.

La empresa desarrolló un dispositivo inalámbrico para captar la actividad neuronal: se parece a un casquete de waterpolo y se fabrica íntegramente en el sótano de la sede barcelonesa, en el Tibidabo. “Casi todos los materiales son de proveedores locales y vendemos más de 600 cada año en 75 países”, explica Maiques. Ya tiene la aprobación de la agencia estadounidense del medicamento (FDA) como herramienta diagnóstica y se utiliza, por ejemplo, en las UCI de los hospitales para monitorizar a pacientes en coma, con crisis epilépticas o en recuperación de un ictus.

El siguiente paso fue intentar modular la actividad cerebral con terapias no invasivas. De momento se han centrado en la epilepsia –han hecho un estudio con 150 pacientes y 15 hospitales españoles– y en la depresión profunda. Y, con el fin de personalizar los tratamientos, han creado Neurotwins, una tecnologíaque incorpora inteligencia artificial. Sus modelos calculan dónde y cómo aplicar la estimulación eléctrica para excitar o inhibir determinadas neuronas para cada paciente. “Con Neurotwins en pocas horas sabemos cuánta electricidad hace falta aplicar en cada zona con el objetivo de estimular circuitos y redes neuronales específicas, con cuántos electrodos, para excitar las neuronas –en el caso de la depresión– o inhibirlas –en caso de epilepsia–”, explica Maiques.

Pero transformar una idea científica en una tecnología que pueda llegar a los pacientes exige mucho más que talento y conocimiento. “Una de las lecciones que hemos aprendido de hacer la transferencia de ciencia a tecnología deep tech es que hace falta mucho capital, tiempo y capacidad para asumir riesgos”, reconoce Maiques.

Carolina Aguilar: “Competimos con Elon Musk en neurotecnología”

Neurocientífica y CEO de Inbrain

Una de las complicaciones de las operaciones para extirpar tumores cerebrales es evitar dañar áreas vinculadas al lenguaje, a la marcha, a la cognición. Inbrain Neuroelectronics, una spin-off del Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2), desarrolla electrodos de grafeno que permiten escuchar las neuronas para distinguir el tejido tumoral del sano e identificar las zonas que hay que preservar. “Con nuestros dispositivos competimos con la empresa Neuralink, de Elon Musk, y otras que han salido de Neuralink”, afirma con orgullo.

El grafeno, un material formado por una sola capa de átomos, permite fabricar sensores minúsculos y de alta resolución capaces de leer las señales neuronales y también modularlas. “Podemos leerlas con mucha precisión y también escribir en ellas: modificar los circuitos de los pacientes para aliviar sus síntomas de manera personalizada y, en el futuro, automática”, explica Carolina Aguilar, CEO y cofundadora de Inbrain. Es lo que se llama “medicina autónoma”, apunta.

La trayectoria de esta neurocientífica une investigación e industria. Después de investigar el efecto que tienen los pesticidas en enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer en la Universidad Virginia Tech (EE. UU.), pasó 13 años en Medtronic, la compañía más grande de dispositivos médicos, con sede en Suiza. Entonces conoció a José Garrido, investigador Icrea y subdirector del ICN2, que llevaba más de 15 años estudiando materiales como el grafeno, y decidieron fundar Inbrain.

La compañía catalana también trabaja con un dispositivo implantable para tratar el Parkinson, que quiere adaptar la estimulación cerebral a los síntomas de cada paciente. “Con inteligencia artificial lo ajustaremos automáticamente, para reducir temblores, por ejemplo, sin que el paciente tenga que pasar por el neurólogo”, explica Aguilar. En el futuro el dispositivo podría servir para tratar ictus, depresión y declive cognitivo, entre otros. Además, desarrollan un tercer dispositivo con la farmacéutica Merck para modular la actividad del nervio vago y tratar la hipertensión.

Para Aguilar, “en Europa hemos puesto mucho el foco en la investigación, pero no hemos invertido lo suficiente en el desarrollo, la comercialización y el tejido industrial para llevar los avances a los hospitales”. En este sentido, Inbrain ha contribuido a impulsar las certificaciones de calidad necesarias para fabricar dispositivos médicos en el Centro Nacional de Microelectrónica, ubicado en Cerdanyola del Vallès. También han impulsado la creación de una fábrica de chips en Cataluña, InnoFab. “Estamos aportando capacidad competitiva a Cataluña y a Europa, porque el reto es que estas tecnologías se desarrollen y se fabriquen aquí, para no acabar dependiendo de fuera”, concluye.

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