Ciencia

Cómo envejecer mejor aprendiendo idiomas

El Alzheimer, que es más frecuente de lo que pensábamos, podría retrasarse haciendo trabajar el cerebro

Personas jubiladas dando clase de inglés.
15/01/2026
4 min

Hace unas semanas se publicó un artículo sorprendente en Nature que dice mucho sobre el poco conocimiento que tenemos sobre nuestro cerebro. Según un análisis de marcadores en sangre realizado a una población general de Noruega, un 25% de las personas de más de 85 años tienen Alzheimer. Esta cifra pensaba que era de entre un 7% y un 13%, por tanto, el estudio revela que la enfermedad es mucho más frecuente de lo que se creía y que a menudo pasa desapercibida.

Estos datos implican que el envejecimiento anómalo y acelerado del cerebro que asociamos al Alzheimer quizá no sea tan extraño como nos gustaría pensar, y cuanto más siga alargando la esperanza de vida –que en casi todos los países sigue una curva ascendente desde hace más de un siglo–. Por eso es tan importante encontrar formas de retrasar la pérdida de funciones cerebrales, que es típica de esta enfermedad.

La disminución de capacidades intelectuales que vemos con la edad, tanto en personas sanas como en las que acabarán teniendo una demencia, depende principalmente de dos factores. Lo primero es lo rápido que envejece y degenera nuestro cerebro, que es algo que todavía no podemos ni predecir ni medir con exactitud. El segundo es lo que se llama reserva cognitiva, que es la capacidad intelectual que hemos conseguido a lo largo de los años y que, inevitablemente, disminuye en la recta final de la vida. Se podría comparar con el vaciado de una bañera: el tiempo que tardará en quedarse sin agua depende de la rapidez con la que sale por el desagüe (el primer factor), pero también de lo plena que estaba cuando sacamos el tapón (la reserva que teníamos).

Por eso, uno de los elementos que se cree que reduce el riesgo de tener Alzheimer es tener un nivel cultural alto, o sea, haber llenado la bañera al máximo. De hecho, el artículo que citábamos al principio también encontró que las personas con menor grado de escolarización tenían sistemáticamente más elevado uno de los marcadores del Alzheimer, el llamado p-tau217. Pero recordemos que con más educación no es suficiente para evitar la enfermedad: si la bañera se vacía lo suficientemente rápido, no importa que estuviera llena al principio, por eso también grandes sabios han acabado teniendo una demencia.

Hablar más de un idioma es neuroprotector

Otro reciente estudio refuerza esta idea de que hacer trabajar la cabeza puede retrasar los efectos del paso del tiempo pero, inesperadamente, no sólo en el cerebro, sino en todo el cuerpo. El artículo, publicado en la revista Nature Aging por un grupo coordinado por el neurocientífico Agustín Ibáñez, de la Universidad de San Andrés, en Argentina, presenta datos de más de 86.000 personas de 27 países europeos, en principio sanos, a los que se les ha comparado su edad real con una estimación de la edad biológica, medida a partir de diversos parámetros generales. Tras compensar por parámetros como la edad, la exposición a la contaminación –que sabemos que acelera el envejecimiento– y el nivel socioeconómico, se dieron cuenta de que lo que más se asociaba a un envejecimiento saludable –tener una edad biológica igual o por debajo de la cronológica– era hablar más de un idioma. De hecho, cuantas más lenguas se dominaban, mejor salud se tenía, y esto iba más allá de una protección de las funciones del cerebro.

Pese a la dificultad de cuantificar la edad "real" de un organismo –aún no tenemos biomarcadores suficientemente precisos–, este trabajo confirma resultados anteriores, algunos de hace más de veinte años, que ya habían observado que hablar dos o más idiomas, más allá de sus evidentes ventajas culturales y sociales, retrasa la aparición de demencia. Además, por primera vez, el multilingüismo se relaciona con un envejecimiento más saludable de todo el cuerpo, no sólo como estrategia para aumentar la reserva cognitiva, lo que nos proporcionaría una explicación más genérica para la protección contra la neurodegeneración que se había observado antes. Sin embargo, el estudio no diferencia entre el efecto de aprender idiomas en la infancia o en la etapa adulta, ni tampoco qué pasa si una de estas lenguas se deja de utilizar.

Así pues, los que tenemos la suerte o la desgracia de haber crecido en un territorio bilingüe, no sólo tendríamos ya la bañera un poco más llena que los demás, posiblemente debido a todos los esfuerzos que han hecho nuestras neuronas mientras aprendíamos a hablar, sino que también mejoraría nuestro envejecimiento. Esto podría servir de argumento –por si se necesita más– contra la estrategia de los estados que, para reforzar sus veleidades nacionalistas, quieren imponer un monocultivo lingüístico.

Aparte de asegurar que las lenguas minorizadas sobreviven, una buena inversión de salud pública a largo plazo sería fomentar el aprendizaje de idiomas adicionales, quizás sobre todo durante las edades que es más fácil hacerlo, cuando el cerebro todavía se está desarrollando. Sería más barato y transversal que intervenir en otros factores modificables del estilo de vida, como la dieta o el ejercicio. Nada de esto sustituirá a la necesidad de seguir invirtiendo en investigación para poder encontrar tratamientos que frenen el envejecimiento, pero todo ayuda.

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