Neurociencia

¿Qué le pasa al cerebro cuando nos sentimos bien?

Felicidad, bienestar y bien-estar son cosas diferentes y saber diferenciarlos es esencial para un equilibrio emocional y salud mental duraderos

Felicidad.
30/03/2026
3 min

BarcelonaLa “felicidad” es un estado intenso e inmediato de alegría, placer o euforia, que hace que nos “sintamos bien”. Por eso, cuando hablamos de manera coloquial, a menudo utilizamos los términos felicidad y bienestar como si fueran sinónimos. Pero cerebralmente, estos conceptos son diferentes y tienen implicaciones diversas sobre nuestra salud y calidad de vida. Comprender la distinción entre felicidad y bienestar no solo es interesante desde un punto de vista académico, sino que también es esencial para promover un equilibrio emocional sostenible y una salud mental duradera.

Neurológicamente, la felicidad está asociada principalmente con el neurotransmisor dopamina, que está implicado en la motivación y las sensaciones de recompensa. Cuando experimentamos felicidad, diversas regiones cerebrales como el núcleo accumbens y el estriado ventral se activan, generando una sensación de gratificación profunda. Esta activación y las descargas de dopamina son tan intensas que, después de un pico de felicidad, los receptores neuronales encargados de gestionar dopamina se saturan y necesitan tiempo para recuperarse. Por eso, la felicidad, a pesar de las sensaciones placenteras que genera, es efímera y no se puede mantener indefinidamente sin riesgo de sobrecarga neuronal. Después de un momento de felicidad intensa, es natural que experimentemos un cierto descenso del estado de ánimo. Esta oscilación no es un defecto, sino una respuesta fisiológica normal y necesaria que permite que el cerebro mantenga el equilibrio y su capacidad de respuesta a futuros estímulos gratificantes.

El bienestar, en cambio, es un estado mental y fisiológico más sutil, pero a la vez más estable y duradero. También implica sensaciones de gratificación y placer, pero más moderadas y, por tanto, más fáciles de controlar. Neurológicamente, el bienestar combina descargas moderadas de dopamina con una activación del neurotransmisor serotonina, que está vinculado a la regulación del estado de ánimo y a la sensación de calma. Al ser más moderadas, los receptores de dopamina no llegan a saturarse, y por eso el bienestar, a diferencia de la felicidad, se puede mantener indefinidamente.

La corteza prefrontal, que permite gestionar las emociones y actuar con reflexividad, juega un papel clave en el mantenimiento del bienestar, ya que permite regular las emociones y tomar decisiones coherentes con los propios valores. Además, a diferencia de la felicidad, el bienestar puede coexistir con emociones incómodas como la tristeza, la frustración o la envidia, que actúan como señales de alerta. Estos indicadores emocionales no rompen el estado de bienestar, sino que lo refuerzan, ya que nos motivan a corregir situaciones que no funcionan bien y a mantener nuestra salud mental a largo plazo. La felicidad, en cambio, no las admite. Cuando se genera una emoción incómoda como las mencionadas, el estado de felicidad se acaba de golpe. Dicho de otra manera, para sentirse bien no hay que buscar la felicidad, ya llegará de vez en cuando a cuentagotas. Hay que favorecer el bienestar.

El bienestar o propósito vital

Sin embargo, hay que ir todavía un paso más allá, hacia el bien-ser. Inspirado en la filosofía y la psicología positiva, el concepto de bien-ser integra en el bienestar un sentido profundo de coherencia interna, de plenitud y de propósito vital. Neurológicamente, se relaciona con la integración de diversas redes cerebrales, entre las que destacan la corteza prefrontal medial, implicada en la introspección y el sentido de uno mismo, y la corteza parietal posterior, vinculada a la percepción del “yo” en relación con los demás. A nivel neurohormonal, el bien-ser se acompaña de niveles equilibrados de dopamina y serotonina y con poca actividad de la amígdala, lo que indica menos reactividad ante situaciones estresantes o conflictivas. Las personas que viven con coherencia y tienen un propósito vital muestran más actividad en estas regiones de la corteza y una mejor regulación emocional de la amígdala, hecho que se traduce en una salud mental más sólida y en una capacidad mayor de disfrutar del día a día sin depender de picos intensos de felicidad.

Este conocimiento tiene implicaciones prácticas muy claras. La sociedad actual tiende a exaltar la felicidad como un objetivo constante y comercializable, haciéndonos creer que deberíamos ser felices todo el tiempo. Neurológicamente, esto es imposible: el cerebro necesita oscilaciones naturales de dopamina y períodos de recuperación después de momentos de gran excitación. En cambio, promover el bienestar y el bien-ser permite establecer una base emocional estable que sostiene la salud mental a largo plazo.

Es importante subrayar que bienestar y bien-ser no implican conformismo. Mantenerse razonablemente a gusto con uno mismo no significa aceptar pasivamente circunstancias injustas o insatisfactorias. Al contrario, permite reconocer las emociones incómodas y utilizarlas como motor de cambio y crecimiento. Esta capacidad de transformar situaciones desfavorables y de buscar coherencia con los propios valores es lo que diferencia el bien-ser de un simple estado de confort. En definitiva, la felicidad, el bienestar y el bien-ser son tres dimensiones complementarias de nuestro estado emocional.

Profesor e investigador de la UB, especialista en genética y neurociencia y divulgador científico
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