Jugar y descubrir dejan huella en el cerebro de los niños

Las experiencias tempranas en la vida modelan de manera duradera la biología cerebral

Un niño juega con burbujas de jabón
15/05/2026
3 min

Hay quien piensa que la infancia es solo una etapa de juegos y risas, sin más trascendencia. O, contrariamente, también hay quien cree que hay que aprovechar la primera infancia para transmitir a los niños tantos conocimientos como sea posible, introduciéndolos por ejemplo en la lectoescritura tan pronto como se pueda, si puede ser con tres años mejor que con cuatro. Un equipo de científicos liderados por el investigador Ángel Barco, experto en epigenética del cerebro y director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Miguel Hernández de Alicante, ha publicado un trabajo en Nature Communications en que se muestra por primera vez de qué manera las experiencias tempranas modelan de manera duradera la biología del cerebro, a través de mecanismos moleculares precisos.Este descubrimiento no solo confirma una intuición de hace años, sino que también abre nuevas puertas para la comprensión del aprendizaje y, potencialmente, de terapias futuras. Como dicen los autores del trabajo, “esta etapa es mucho más que diversión: es una ventana crítica en la que el entorno actúa como un escultor invisible de nuestro cerebro, programando circuitos neuronales que devendrán cruciales para la memoria y el aprendizaje.”

Para explorar este fenómeno, los científicos utilizaron ratones, dada la gran semejanza genética que tienen con la especie humana, de un 95%. Criaron estos roedores en tres tipos de entorno diferentes durante las primeras etapas de vida, que corresponderían a la primera infancia humana, entre el nacimiento y los 3 o 4 años: en entorno enriquecido, lleno de objetos que previamente no conocían, juegos, ruedas para hacer ejercicio y con muchas posibilidades de interacción social; un entorno estándar, similar al que reciben la mayoría de animales de laboratorio, sin objetos diversos, juegos ni rueda para hacer ejercicio, y donde las interacciones sociales están muy limitadas a su progenitora y a sus hermanos y hermanas; y un entorno empobrecido, con aislamiento social y ausencia de cualquier tipo de estímulo interactivo. En cuanto al comportamiento y al desarrollo de sus capacidades cognitivas, los resultados fueron tan claros como inspiradores. Los ratones criados en entornos enriquecidos mostraron una mayor capacidad en las pruebas de memoria y aprendizaje, mientras que los criados en entornos empobrecidos obtuvieron rendimientos claramente inferiores. Trasladado a las personas, este resultado corrobora lo que, de hecho, ya se sabía: la experiencia, la curiosidad y la interacción social no son “lujos” infantiles, sino fundamentos biológicos indispensables para el desarrollo del cerebro humano.

Efecto de por vida

Ahora bien, ¿qué pasa dentro del cerebro para que estas diferencias se mantengan en el transcurso de la vida? Barco y sus colaboradores han demostrado que una proteína llamada AP-1, que actúa de factor de transcripción, tiene la clave de estas diferencias. Un factor de transcripción es una proteína que se une al ADN y que regula la expresión de otros genes. Esta molécula funciona como un interruptor que regula cientos de genes implicados en plasticidad neuronal, es decir, en la capacidad de las neuronas para conectarse entre ellas en respuesta a los estímulos externos.

Cuando los ratones viven en un entorno estimulante, AP-1 se activa y pone en marcha programas genéticos que refuerzan la conexión neuronal y, en consecuencia, facilitan el aprendizaje. En cambio, cuando el entorno es pobre, este interruptor permanece inactivo, y el cerebro no se prepara tan eficientemente para adquirir y consolidar recuerdos en el futuro. Además, también se ha visto que no todas las neuronas responden igual a la presencia de AP-1, según si están implicadas en la formación de recuerdos espaciales o sirven para distinguir patrones y contextos, hecho que indica que el ambiente no afecta a todo el cerebro de la misma manera, sino que genera patrones específicos de respuesta según la función de cada tipo neuronal. Dicho de otra manera, en palabras de los investigadores, “el cerebro no solo se transforma por estímulos, sino que distribuye el impacto según las necesidades y potencialidades de cada circuito neuronal”.Si bien este estudio se ha realizado en ratones, los mecanismos moleculares descubiertos también están presentes en las personas, lo que permite entender mejor los trastornos neurológicos del desarrollo, como el autismo o las dificultades de aprendizaje, desarrollar terapias que imiten los efectos de un entorno enriquecido, especialmente útiles cuando no se puede proporcionar este entorno de manera natural, y de manera absolutamente general y transversal replantear la forma en que enfocamos la educación y la salud cerebral infantil, y valorar aún más la riqueza de experiencias sensoriales y sociales.

El juego espontáneo y la curiosidad infantil no son aspectos lúdicos o decorativos, sino estructurales de la condición humana. Es un mensaje tan científico como humano: dejar que los niños se sientan estimulados, que exploren el entorno e interaccionen con el mundo y las otras personas movidos por su curiosidad interna no solo hace que estén mejor, una sensación que tiende a prolongarse toda la vida, sino que también los hace más inteligentes, con un cerebro más resiliente y capaz de crecer.

Fundador de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1ST
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